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16.01.24

Biología e innovación en las organizaciones

Principios biológicos aplicados al negocio

  • ¿Cómo poner en marcha iniciativas y diseños para una evolución más justa?
  • ¿Cómo ha influido el concepto de competitividad en las relaciones dentro y fuera de las organizaciones?
  • ¿Cómo podemos reconstruir nuestros modelos para un nuevo tipo de convivencia que aspire a la resiliencia y el equilibrio a largo plazo?

 

La supervivencia o sostenibilidad de las organizaciones, tiene mucho más que ver con la colaboración que con la competencia. Por eso creo que en el ámbito organizacional, estos términos tan acuñados en la la biología nos ofrecen una perspectiva interesante y creativa para comprender conceptos fundamentales como la innovación, la competitividad, la diversidad y la cultura dentro de las organizaciones  y aplicar principios biológicos a la dinámica empresarial.

El estudio de la interconexión entre la energía, la evolución y la biología, permite a las empresas extraer ideas que no sólo contribuyan a la gestión ecológica, sino que también como fuente de inspiración estratégicas para el éxito a largo plazo en un mercado en constante evolución. La mayoría de las empresas, sociedades y comunidades se comportan de forma muy parecida a los ecosistemas reales en términos de uso de la energía, evolución, relaciones mutuamente beneficiosas, complejidad, interactividad y competencia.  Y por supuesto a la supervivencia.

No podemos negar que el ser humano, como muchas otras especies, ha sobrevivido y se ha adaptado a lo largo de muchos miles de años, favorecido por la selección natural y cultural. Sabemos que sin capacidad de adaptación no estaríamos hoy aquí, y por eso lo que llamamos “sostenibilidad” se ha convertido y sigue siendo uno de nuestros mayores retos. Hay una razón por la que tantos esfuerzos de innovación se centran en este ámbito: la sostenibilidad no es un imperativo abstracto, sino fundamental para el objetivo primordial de nuestra especie —y de todas las especies—: sobrevivir el mayor tiempo posible.

Esto nos ha costado mucha energía y nos ha llevado a competir por los recursos con muchas otras especies, lo que ha dado lugar a un escenario en el que nos encontramos hoy en donde somos una especie que ha terminado con muchas otras al competir a tal escala, favoreciendo el aumento de población, la demanda cada vez mayor de energía y también de recursos.

Esto ha posicionado al ser humano como una especie superior que ya no está en equilibrio con el resto de la biosfera y las comunidades ecológicas que la componen. Pero no podemos olvidar que, independientemente de nuestra mayor capacidad competitiva en cuanto a recursos, los humanos seguimos formando parte de un ecosistema (Gaia), y al eliminar esta diversidad, reducimos nuestras posibilidades energéticas y evolutivas, tanto cultural como biológicamente y también empresarialmente. Es importante darse cuenta de que la homogeneización tan presente en nuestra realidad global reduce las posibilidades de resiliencia y adaptación, ya que la experiencia de todas las especies y de todas las culturas es mucho más importante que la experiencia de una cultura unificada. Nuestra evolución cultural —que también se aplica a las culturas organizativas— debe ser integradora con respecto a la diversidad, ya que esto es lo que genera resiliencia y aumenta el conocimiento global.

Frente a las teorías de la evolución de Darwin, que establecieron la narrativa de competitividad y supervivencia que sigue rigiéndonos mental, social y culturalmente hasta nuestros días; existen teorías alternativas a la evolución humana, como la teoría Gaia, planteada como alternativa por el químico británico James Lovelock en la década de 1970. Lovelock sugiere que la Tierra, como sistema complejo, puede considerarse un organismo vivo autorregulado, en el que la vida y los procesos geofísicos interactúan para mantener unas condiciones óptimas para la vida. Esto contrasta con la visión tradicional de la evolución centrada en la competencia entre especies y afecta también a la forma en que se utiliza la energía en los sistemas complejos. Se centra más en la auto-regulación y colaboración que en la competitividad.

Comprender e incorporar a nuestras organizaciones conceptos biológicos como la competitividad puede impulsar la innovación y la eficiencia, al tiempo que pone de relieve la interconexión de los diversos componentes de un ecosistema, reflejo de las complejas relaciones entre empresas, industrias y mercados mundiales. Reconocer los paralelismos entre los sistemas biológicos y los negocios fomenta un enfoque holístico de la estrategia, animando a las empresas a considerar el impacto de sus acciones en el ecosistema en el que operan, así como en comunidades específicas y en el planeta en su conjunto. Estas ideas conducen a prácticas más sostenibles, una mayor resistencia y la conciencia de la necesidad de equilibrio, contribuyendo en última instancia al éxito a largo plazo de las empresas y a su adaptabilidad en un panorama económico en constante evolución. Además, la competitividad empresarial depende no sólo de la eficiencia operativa, sino también de la capacidad de gestionar la diversidad, tanto en términos de talento como de perspectivas. La diversidad humana y la toma de decisiones no sólo es un imperativo ético, sino que también aporta una variedad de ideas y enfoques que pueden mejorar la resolución creativa de problemas, aumentar la resiliencia y reforzar la posición competitiva de una empresa en un mundo empresarial cada vez más complejo y globalizado.

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Leonor Ruiz

Research & Strategy