Soulsight
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7.11.23

Una narrativa sobre la narrativa

Foto de Ethan Hu en Unsplash

Lo primero que me viene a la cabeza al ponerme a escribir un texto sobre narrativa son palabras, pero no solo palabras.

Veo niños sentados de piernas cruzadas alrededor de una hoguera mientras escuchan historias fantásticas a la luz de la luna. A sabios griegos con sus discípulos buscando la verdad mientras pasean bajo el sol. A rudos marineros en tabernas de mala muerte contando historias de piratas y naufragios. Veo a Moisés abriendo las aguas del mar Rojo. Veo catedrales con hermosas vidrieras de colores infinitos. Veo héroes y antihéroes, ballenas gigantes y cucarachas, campos de batalla y de centeno… y también veo a mi abuela, en el comedor de una casa que ya no existe, contándonos cómo su padre llegó por primera vez a Cuba y con mucho esfuerzo y trabajo logró crear un próspero negocio llamado «El palacio de cristal». Veo a mi abuelo y a mis hermanos pequeños tumbados con él en su cama los domingos por la mañana, escuchando una y otra vez, con fascinación casi obsesiva, el cuento de «Peporro», un niño que por mentir a sus padres, fue castigado por un mago a pasarse la vida tirándose pedos.

También me veo a mí mismo en esos maravillosos días en los que la vida parecía no ir en serio, soñando despierto con Mark Twain a través de ediciones baratas de bolsillo compradas en librerías de viejo. Libros con las hojas amarillas por el paso del tiempo, con firmas y dedicatorias de sus antiguos dueños, billetes de autobús, de tren, tarjetas de visita de negocios y a veces, fotos y flores secas…

La narrativa me lleva al pasado

A un tiempo donde hasta el mismo tiempo era otro. A un tiempo de maestros y aprendizajes vitales. A un tiempo en el que las historias nos unían como comunidad y nos daban una dirección y un sentido. Un tiempo de relatos que nos ayudaban a entender y habitar el mundo… nos enseñaban el valor del esfuerzo, la necesidad del respeto y la ética, el valor de la verdad, nos ayudaban a surcar mares peligrosos y a distinguir entre bien y el mal (reconozco que a lo largo de mi vida he mentido muchas veces a mis padres, pero también, que la primera vez que lo hice después de escuchar el cuento de «Peporro» sentí un gran alivio al ver que no se me escapaba ningún pedo).

La narrativa me lleva al presente

Hoy el mundo es otro. Y aunque estemos más informados que nunca, también estamos más perdidos que nunca. Y esto es así, entre otras cosas, porque hemos dejado de narrarnos.

Hemos dejado de contarnos porque hemos dejado de escucharnos. No da tiempo. No es productivo. Hemos cambiado al sabio por el dato, la narración por el storytelling, la comunidad real por una anónima, deshumanizada y mal llamada «comunidad» digital.

Narrar necesita tiempo, atención y escucha… y esto parece que es pedirle demasiado al ahora. Al tiempo del ya, del tan cuestionado scroll infinito. No hay nada menos narrativo que lo infinito.

Esto hace que me reafirme aún más en el gran poder y necesidad que tiene la narrativa en el mundo actual y aún más, en el mundo de las organizaciones.

La narrativa nos lleva al futuro

Como afirma el filósofo Byung-Chul Han en su último libro La crisis de la narración: «La mano que toca ejerce el mismo efecto curativo que la voz que narra».

El mundo necesita curarse recuperando el poder mágico de la narración.
Empecemos por sanar el relato de las organizaciones. El relato imperante del rendimiento por encima de todo. Esa historia que todos nos hemos creído de que todos competimos contra todos en un mundo hostil, que el ser humano es un bien al servicio de las empresas y no al revés, que solo lo económico tiene sentido.

Las organizaciones son fundamentales para cambiar el mundo. La narrativa es indispensable para ayudar a las organizaciones a encontrar su verdadera comunidad, a compartir con ella sentido y a construir su verdadera historia.

Una organización que busque su verdad, escuchándose hacia adentro y le cuente su relato al mundo con emoción, verdad y empatía.

Como un abuelo que quiere enseñarle a sus nietos la importancia de no mentir a través de la historia de Peporro o una abuela que los empodera contándoles que los frutos del esfuerzo esperan siempre en un maravilloso palacio de cristal.

Porque como dice Byung-Chul Han, «la narrativa es lo único que abre el futuro, al permitirnos albergar esperanzas».