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21.02.24

Culturas humanistas vs. Culturas buenistas

Veo con frecuencia cómo los términos «humanismo» y «buenismo» se mezclan y se tergiversan en muchas organizaciones.

Tendemos a pensar que una «Cultura humanista» es lo mismo que una «Cultura buenista». Esta confusión genera una creencia cada vez más extendida que crea un imaginario donde ser humanista se relaciona directamente con ser buena persona. «En nuestra empresa somos demasiado humanos, nos pasamos de buenos», escucho a algunos directivos. «Hay mucho paternalismo», «tenemos que ser más exigentes», «esto del humanismo está bien pero ojo con el negocio».

Y aquí surgen las primeras interpretaciones erróneas y las primeras preguntas. ¿Por qué lo humano se interpreta como ser paternal?, ¿es malo ser demasiado humano?, ¿significa entonces que cuando uno es menos humano es más exigente? Acaso, ¿hay algo más exigente que ser humano en todo su potencial? y, ¿por qué el humanismo va a perjudicar al negocio si es su principal activo?

Supongo que como muchas otras veces, y en muchos otros temas, lo fácil es simplificar la realidad. Y por eso terminamos confundiendo conceptos que están relacionados, pero que también presentan diferencias muy significativas, tanto en forma como en fondo.

Espero conseguir a lo largo de este breve texto aportar claridad, profundidad y riqueza de matices. Aunque pido de antemano disculpas, porque el tema es tan profundo que daría para todo un ensayo. Aún así, trataré de exponer unas ideas principales para aportar un poco más de luz.

Parto de la premisa que, aunque parecidos, humanismo y buenismo no son lo mismo. Me atrevería a decir que tienen muy poco que ver. El humanismo es exigente, es valiente, es comprometido, es complejo. El buenismo es cómodo, es no enfrentarse al conflicto, a la responsabilidad, es simple. El buenismo no nos ayuda a avanzar. El humanismo sí.

En las «Culturas buenistas» es muy curioso porque lo que suele suceder es que lo humano se reduce a su mínima expresión. Nos importan las personas, por supuesto. Pero como son muy complejas, preferimos eludir interacciones que vayan más allá de lo profesional.

En las «Culturas buenistas» el conflicto no mola. Se evita siempre que se puede, y cuando se tiene que enfrentar lo hacemos con poca convicción y compromiso.

Me suelo encontrar con equipos que llevan trabajando juntos muchos años y no se conocen.
Lo personal, que es tremendamente humano, preferimos que se quede fuera de la ecuación. Esto genera relaciones débiles. Cuando no te conoces es muy difícil comprender al otro. Y si no comprendes al otro es muy poco probable que construyas cosas interesantes de manera sostenida en el tiempo. Esto no es humanismo.

En las «Culturas buenistas» el conflicto no mola. Se evita siempre que se puede, y cuando se tiene que enfrentar lo hacemos con poca convicción y compromiso. «A mí no me pagan por esto», decimos. Como si el componente más estratégico que tiene una compañía, que son las relaciones entre las personas, quedara fuera de nuestro ámbito de responsabilidad. «Mejor sin malos rollos». Esto no es humanismo.

En las «Culturas buenistas» creamos entornos de excesiva sobreprotección. Como cuando un padre le da a su hijo todo lo que le pide, sin pensar en si le está haciendo crecer o no. Esto suele suceder porque algunas personas piensan que ser buena gente es sinónimo de cargarse la mochila y evitar que los demás resuelvan sus problemas. Esto no es humanismo.

Los ejemplos son infinitos, y la conclusión a la que se llega tras favorecer, consentir y trabajar desde esta «humanidad mal entendida» es injusta.

El humanismo no tiene nada que ver con eludir nuestra responsabilidad como líderes para implicarnos a nivel personal, construir relaciones afectivas, atravesar los conflictos o exigir el mayor nivel de excelencia de las personas con las que trabajamos.

Pero entonces, ¿qué es el humanismo? A lo largo de la historia, los seres humanos hemos acumulado la experiencia que nos sirve para vivir humanamente. Ese depósito, fundamentalmente inmaterial, es la «cultura». Cultura, que viene del latín y que significa «cultivo».

El humanismo consiste justamente en mantener vivo el sentido humanizador y personal de querer aprender, comprender, descubrir, conectar, relacionarse… nos habla del cultivo del ser humano.

Cultivarse como persona es muy exigente. Tanto que en este momento donde todo nos invita a desconectar y entretenernos se convierte en una tarea impracticable y de dudosa utilidad. ¿Por qué voy a querer mirar dentro de mí, con todo lo que está pasando fuera? ¿Para qué es necesario cultivarse?

El humanismo implica un trabajo potente de reflexión a nivel individual y colectivo. Un compromiso veraz con la búsqueda de la virtud y la sabiduría. No vale con conocer por conocer. El humanista quiere conocer para crecer como ser humano. Sabe que es su responsabilidad, y eso impacta en todas las dimensiones de su vida.

No se trata de ser buena gente, se trata de un compromiso con llegar a ser tu mejor versión y con crear desde las organizaciones espacios para que otros también lo puedan llegar a ser, en su faceta profesional y humana. Porque ambas atañen a la empresa.

El humanismo implica un trabajo potente de reflexión a nivel individual y colectivo. Un compromiso veraz con la búsqueda de la virtud y la sabiduría.

Por eso, las «Culturas humanistas» están enfocadas en desplegar la originalidad de cada una de las personas que configuran el equipo. Y se centran en desplegar el potencial creativo yendo más allá de sus propios límites, creencias y sesgos, porque comprenden que el ser humano es complejo y un universo de posibilidades. Sus líderes son valientes, no quieren encajar en un marco diseñado por otra organización de éxito y copiar lo que ha funcionado sin pensar en si tiene sentido en su realidad. Por eso crean el suyo. Son artesanos de lo humano.

En las «Culturas humanistas» lo personal es importante, no se deja tras una puerta. Se apuesta por crear relaciones honestas y confiables a largo plazo, y para ello todo el mundo tiene que exponerse, abrirse y compartir. El conflicto es bienvenido, se entiende como un tensor creativo y una oportunidad de crecimiento para todas las partes implicadas. La honestidad y el amor son fundamentales para crear estos espacios de intercambio. Sus líderes lo saben, y son los primeros en dar ejemplo.

En las «Culturas humanistas» la confianza es capital. Existe un compromiso real con el crecimiento de las personas. Existe una conciencia de que la única forma de crecer es desde el ejercicio de la libertad y la responsabilidad. Se guía, se apoya, se ayuda. Pero cada persona contribuye y aporta lo que le corresponde sin echar balones fuera. Se hacen responsables, hay límites. Sus líderes impulsan, dejan hacer y dan el espacio para que cada uno contribuya de la mejor manera.

Crear «Culturas humanistas» tiene un montón de beneficios para un negocio, desde la construcción de sentido, de relaciones fuertes, de autonomía y responsabilidad por parte de los equipos, hasta temas absolutamente estratégicos como el aporte de criterio, creatividad y solidez en las decisiones.

No soy capaz de ver alguna inversión más segura a largo plazo para una organización que lo humano, lo radicalmente humano. Profundizar en su naturaleza a través de los diferentes saberes es invertir en crecimiento personal, económico y social.

Como el poeta francés Max Jacob, no tengo ninguna duda, por eso decía: «Yo abriría una escuela de vida interior, y escribiría en la puerta: “Escuela de Arte”».

«En todo lo verdaderamente humano hay arte: “Es de hombres ligeros —escribe Cicerón— el afirmar que para las grandes cosas no hay arte, cuando de él no carecen ni las más pequeñas. Se aprende a ser hombre; no es el fruto de una casualidad: el cuerpo crece, pero el espíritu se cultiva. No se nace hecho —dice Gracián— cada día se va perfeccionando la persona en el empleo. Estas “artes humanas” son como la musculatura del alma. En ellas se juega la calidad de la persona humana. En ellas se juega su relación con la verdad, la belleza, el bien, la justicia y el amor».
— Juan Luis Lorda.