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14.05.24

La rentabilidad de la ética empresarial

En el ámbito empresarial contemporáneo, la ética se ha convertido en un tema de discusión cada vez más relevante y complejo. Las organizaciones ya no solo buscan ser eficientes y productivas, sino también actuar de manera moral y ética. Este desafío lleva a cuestionar qué significa realmente la ética en el entorno empresarial y cómo puede ser efectivamente articulada y practicada.

¿Cómo se transforma la ética individual en una colectiva?

Partiendo de esta realidad, la pregunta que debemos plantearnos es si somos conscientes de la ética que impera a la hora de tomar decisiones en nuestra compañía: si es una ética utilitarista, que piensa en el beneficio antes que en las personas; o si, por el contrario, es una ética del cuidado, que busca balancear el bienestar de las personas y los resultados económicos.

Al decir que estamos éticamente predispuestos de manera biológica, y, a su vez, pensamos como animales sociales; podemos inferir que la intuición moral no se realiza sin comunidad, sin espacios donde se dialogue y combine. Por tanto, no se trata de establecer un conjunto de normas a seguir, de imponer una ética colectiva; sino de fomentar una cultura donde la ética sea un elemento vivo y dinámico, integrado en el día a día de la empresa a través de todas esas iniciativas, rituales o proyectos que dan vida a la cultura de la organización y que, a su vez, dan respuesta al propósito de la misma. Donde se logre un conjunto de valores y principios compartidos a través de espacios de reflexión. Donde la ética empresarial sea una práctica vivida, una reflexión constante sobre cómo las acciones y decisiones empresariales afectan a los individuos, la sociedad y el medio ambiente.

La realidad con la que cuentan las grandes compañías es la falta de espacios para reflexionar sobre la ética colectiva. La gran cantidad de empleados y las estructuras de gobernanza hacen que se disuelvan esos espacios que persiguen el encuentro. La intersección se hace imposible, y las personas se desligan de los valores de la empresa porque no se han construido de manera conjunta, sino que se les han impuesto: se crea, así, una desconexión entre lo que se proclama y lo que se practica y, por tanto, entre la empresa y sus trabajadores. Cuando esto sucede y el propósito no está en la raíz, en la estrategia de la compañía, la coherencia y consistencia dentro de la cultura se desploman y el propósito pierde todo su potencial.

Además, otro de los problemas a los que se enfrenta la ética empresarial es la ética instrumental que, históricamente, muchas empresas han adoptado, centrada exclusivamente en la eficiencia, la productividad y la inmediatez. En el contexto actual, sin embargo, donde los desafíos sociales y ambientales exigen una respuesta real por parte de las organizaciones, se requiere de un enfoque más holístico y se condena esta moralidad instrumental. Las organizaciones comienzan a darse cuenta de que deben ir más allá de los valores tradicionales y adoptar una ética que considere realmente el bienestar colectivo, la sostenibilidad y la responsabilidad social. Que deben estar alineadas con las exigencias y la moralidad demandada por la sociedad, pero en muchos casos caen en el washing, en ese falso activismo que solo se preocupa por mantener una imagen positiva. Y que, si no quieren esconderse tras esta falsa estrategia de marketing, deben estar dispuestas a tomar decisiones que pueden no ser populares o rentables, pero que, tomadas desde una ética encarnada y arraigada, reflejan un compromiso auténtico con prácticas responsables y sostenibles.

Si queremos una nueva generación de empresas más humanas, de empresas más reales, necesitamos un cambio de mirada. Uno que no vea la ética empresarial como un conjunto de reglas impuestas, sino como una práctica vivida, una reflexión constante que sólo es posible cuando emerge de espacios de diálogo y escucha; cuando se transmite a través del amor, del cuidado. Uno que revise el propósito de vez en cuando para asegurarse de que sigue dando respuesta a las necesidades de nuestro tiempo. Y uno que incorpore una preocupación real por el Bien y la Belleza en nuestros equipos, nuestras empresas y nuestros proyectos.

Sólo desde una ética arraigada en nuestras reflexiones, conversaciones y decisiones diarias podremos dar respuesta a lo que nuestro tiempo demanda.

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Ana Jara

Cultura e Innovación