Aprender es saborear, este es el título que le hemos querido dar a este artículo. Si nos vamos a la definición de lo que es saborear encontraremos lo siguiente: apreciar detenidamente y con deleite una cosa grata. La palabra que destaco en esta definición que nos proporciona la RAE es la de detenimiento: percibir con detenimiento. ¿En cuántas cosas de las que hacemos a día de hoy se nos exige detenimiento?, si pensamos en nuestro día a día, nuestros trabajos, yo diría que pocas. Si algo se nos pide, constantemente, es ser rápidos, muy rápidos, y en esa rapidez, llegar a los mejores resultados. Se podrían comentar muchas cosas del porque corremos, aunque existen dos que asaltan, o al menos a mí, con mayor fuerza: la competición y el cambio.
La competición. Luchamos por llegar los primeros, por ser los más influyentes, los más conocidos, por ser los más, en general. Tenemos herramientas que nos permiten medir nuestra popularidad, saber hasta qué punto somos los primeros: recurrencia, seguidores, evolución en los resultados o beneficios, etc. Datos que vienen con fórmulas que nos dicen lo que debemos hacer para mejorarlos: desde informes de consultoría, hasta normas de un algoritmo o principios de diseño.
Voy a dejar aquí un pensamiento para que lo vayamos meditando con detenimiento: todos seguimos las mismas fórmulas. ¿Quiere esto decir que simplemente se trata de ser el primero en seguirlas? ¿el más rápido?
El cambio. Vivimos en un mundo cambiante: un mundo que parece obligarnos a actuar rápido y a corto plazo. Vamos dando respuesta a lo inmediato, desde lo inmediato. A veces parece que es imposible hacerlo de otra manera: nos da miedo tomar decisiones que no tengan relevancia para el momento en que salgan a la luz. Es curioso porque esto suele suceder, además, en lugares en los que es difícil actuar con velocidad, ya que el funcionamiento interno requiere de demasiada burocracia.
Voy a dejar un segundo pensamiento: ¿hasta qué punto somos capaces de pensar en el impacto a largo plazo, cosa de la que oímos hablar mucho ahora, si nuestras estrategias no son capaces de llegar tan lejos?
Al final, no sé si tendréis la misma impresión, pero parece que en la batalla por ser los mejores, cada vez nos parecemos más los unos a los otros, cada vez nos cuesta más diferenciarnos: el algoritmo nos lleva a todos por el mismo sitio. Además, queremos correr para ser relevantes en el ahora, pero nos cuesta correr porque no estamos del todo preparados para hacerlo y, el miedo de no ser relevantes en el futuro nos impide pensar en el impacto que tendremos entonces.
No quiero dar la impresión de juzgar todo lo actual como erróneo, ni de querer señalar la máquina como el mayor de nuestros males. Sin embargo, si creo que necesitamos encontrar una forma diferente de pensarnos y presentarnos frente al mundo: más allá del número. Yo creo fervientemente en eso que decía Aristóteles, que todos conocemos, de que la virtud es una disposición voluntaria adquirida, que consiste en un término medio entre dos extremos malos, el uno por exceso y el otro por defecto. Diría que ya hemos explorado uno de los extremos, y que ahora debemos disponernos a explorar el otro, el de la colaboración y el largo plazo, para así conseguir el equilibrio. Necesitamos exploradores que estén preparados para esta aventura, personas que sepan saborear: mirar con detenimiento y disfrutar del camino que nos propone este entorno de cambio y de la incertidumbre.
A la sociedad actual, que tiene tanto de técnica de poderío industrial, que domina a nivel cognitivo el planeta, le falta el corazón. Es decir, estamos fracasando como sociedad, nunca ha habido tantas guerras, tantos muertos, tantos millones de desplazados. Nunca ha habido tantos problemas sociales que emergen de ninguna parte, porque los está generando el propio sistema. Nunca ha habido un fracaso moral tan grande en el desarrollo humano. No es un fracaso cognitivo, y entonces, ¿Por qué la escuela sigue empeñada en hacer todo de aquello en que no tenemos problema y no hacer nada de aquello en que tenemos problemas? — Pablo del Río
Como bien adelanta esta frase de Pablo del Río, la apuesta está en la formación, en generar caminos de crecimiento que nos permitan explorar más allá del dato, descubrir la magia de la colaboración y del largo plazo, del impacto que ambas cosas pueden tener en nuestras vidas y en nuestras formas de hacer. Tenemos que aprender a pensar de manera diferente, a complementar al algoritmo y enseñarle nuevas rutas que él no conoce.
RODEEMONOS DE PERSONAS CAPACES DE SABOREAR.
Hay una imagen que a mí me ayuda cuando intento modelar mi propia actitud ante las cosas, la imagen del eterno aprendiz. Muy rápido queremos ser expertos y abandonar nuestro camino de aprendices, parece que es lo que se valora, ser experto. En este camino de exploración de nuevos territorios necesitamos de muchos aprendices, con mas o menos experiencia, capaces de mirar con curiosidad todo lo que les rodea y con ansia por saborear todo lo que les queda por descubrir.
Estamos rodeados de información, de contenidos por consumir: si nuestra respuesta a ese contenido es memorizarlo y repetirlo como papagayos no conseguiremos entender que es aquello diferente que podemos aportar en un entorno de colaboración. Para la colaboración se necesita de la originalidad de cada uno, por lo tanto, los exploradores que sumemos a nuestro viaje tendrán que ser personas que busquen en su interior, que tengan una forma auténtica de mirar y que, más allá de tener opiniones cerradas, puedan re-visitar contenidos en búsqueda de nuevas resonancias.
Es difícil, en un mundo en el que siempre pensamos en cantidad, pasar a darle importancia a la calidad, la amplitud y la profundidad. Cuando imaginamos a nuestros aprendices capaces de saborear, pensamos en personas que no se dejen llevar por la ansiedad de la producción, que no les importe decir que no saben algo, pero que lo que saben lo sepan desde sus carnes: personas cuyo conocimiento parte de la vivencia. Personas cultivadas que construyen desde lo profundo de la experiencia: no piensan en la cantidad, si no en la fertilidad.
La instrucción, como tal, no tiene diferencias de nivel (o se sabe o no se sabe), mientras que la cultura es susceptible de una profundización indefinida. Por ejemplo: saber de memoria un verso de Radne es del campo de la instrucción, mientras que meditar sobre ese verso y encontrar en él cada vez nuevas resonancias interiores corresponde a la cultura. — Gustave Thibon
Es difícil perseguir este tipo de personas en un mundo en el que la formación va dirigida a transmitir conocimientos de manera rápida y con una tasa éxito concreta y cuantificable: conviértete en el mejor data analyst en tan sólo dos semanas, el puesto de tus sueños a dos meses de distancia, etc. Parece que el sistema basado en las fórmulas a permeado todas las capas de nuestra sociedad, incluida nuestra educación. Catherine L’Ecuyer, en su libro Educar en el asombro, nos advierte de que seguimos educando a los niños a través de hitos, cosas que deben cumplir para ser útiles para nuestra sociedad en el futuro. El problema que encontramos, explica Catherine, es que a día de hoy no tenemos claro como será esa sociedad del futuro: no sabemos para qué nos tienen que servir.
En el entorno educativo de niños y adolescentes cada vez nacen más corrientes de cambio que apuestan por una educación más centrada en el alumno, en que sea capaz de cultivarse, de convertirse en un aprendiz que saborea. Pero, ¿y en el mundo de los adultos?, ¿qué estamos haciendo?, necesitamos de aprendices capaces de saborear, de mirar a su alrededor con detenimiento, buscando la profundidad del pensamiento. Personas capaces de pensar de manera diferente y original, que sepan colaborar y adaptarse al cambio con un pensamiento a largo plazo: personas que entiendan que no se trata de impactar y quedarse en el olvido, sino de conseguir cambios relevantes para la persona y para la sociedad.
Si nos rodeamos de este tipo de aprendices, seremos capaces de dejar de seguir a las masas detrás de los algoritmos y trabajar, en colaboración con estos, para diseñar nuestra propia forma de hacer: pensando en quiénes queremos ser, a largo plazo, y en cómo queremos participar de la evolución de nuestra sociedad.
EN BUSCA DE APRENDICES.
Estos aprendices son difíciles de encontrar. En el fondo, están o podrían estar dentro de cada uno de nosotros, el reto está en cómo podemos hacer para sacarlos a la luz. Como ya hemos hablado, es un proceso que requiere de detenimiento, de ser capaces de disfrutar del recorrido y no solo del propio resultado. Necesitamos exponernos al aprendizaje, buscar oportunidades de crecimiento personal y de ampliación de nuestra mirada.
Repasando la historia de los grandes descubrimientos e invenciones comprobamos que casi siempre se dieron a partir de una inmensa acumulación previa de experiencia. Toda fantasía parte igualmente de esa experiencia acumulada: cuanto más rica sea esta, y permaneciendo constantes las otras circunstancias, más abundante será la fantasía. — Lev Vygotski
Es importante tratar de vivir la realidad observando aquello que descansa detrás de lo obvio, buscar que las experiencias que tengamos nos construyan. Juntarnos con otras personas que nos acompañen en el camino, nos enriquezcan con su mirada y nos aporten desde su diversidad. Encontrar referentes, personas que han pensado antes que nosotros y que nos pueden guiar en el proceso de desarrollo de nuestro propio pensamiento. Es un camino largo, pero que puede ir acompañado de mucho disfrute: un proceso en el que saborear todo lo que descubramos.
Todo esto escrito con los dedos de una simple aprendiz que quiere aprender a asombrarse con la belleza que le rodea y comprometerse con la realidad en la que vive.
Victoria Gómez Barredo
Estrategia e innovación en Soulsight