La mayéutica es el método empleado por Sócrates en el que conducía a sus alumnos hacia el conocimiento a través de grandes preguntas. Este término provenía del mundo de la obstetricia, y se refería al “arte de hacer nacer a una persona en un parto”. Queriendo Sócrates hacer una analogía con el mundo médico, dotó de un nuevo significado este término para el mundo de la filosofía. Así la mayéutica se comenzó a entender como “el arte de dar a luz al humano pensador”.
Casi como un deporte, este método tenía su parte de exigencia. Se basaba en hacer pensar a los demás mediante preguntas poderosas que les sacasen de su realidad conocida y abrieran puertas a reflexionar en entornos menos transitados. Para ello había que querer hacer un viaje más allá de lo conocido por uno mismo, de la experiencia y las percepciones que construyen nuestra realidad consabida. Se necesitaba de cierta predisposición de las personas hacia el descubrimiento, de una actitud abierta, reflexiva y de escucha.
Relacionarnos con el mundo a través de las preguntas es hacerlo alimentando el asombro, es una búsqueda constante hacia lo desconocido, incentivar una curiosidad insaciable pero ante todo, una persecución de la verdad.
Pero, ¿cómo entendemos el mundo hoy?, ¿qué papel tienen las preguntas en nuestra manera de entender la realidad?, ¿cómo es de importante cuestionarnos en nuestro día a día?, ¿cómo nos ayudan las peguntas a pensar?.
Vivimos momentos convulsos, llenos de injusticia, falta de perspectiva y egoísmo. Las voces de la información son tantas como quieras escuchar y sus argumentos tan diversos como la cantidad de seres vivos que formamos el planeta. Y sin embargo, no existe una sensación unánime de conocer con certeza lo que ocurre ni tan siquiera a unas calles de tu casa.
El cuestionamiento tal y como lo entendemos hoy, es más una falta de credibilidad que una búsqueda de la verdad auténtica. Lo hemos convertido en un arma de defensa que nos aleja de bulos y mentiras que pueden herir sensibilidades.
Y no digo que no haya que cuestionarse las cosas antes que darlas por sentado, sino que el cuestionamiento actual funciona como un refugio ante una masificación informativa que en muchos casos pervierte y transforma la información según su necesidad, en lugar de ser una palanca de cambio, un camino hacia el descubrimiento y hacia el crecimiento personal y profesional de las personas y de la sociedad.
Los significados han cambiado. Se escucha hablar de pensamiento critico y las empresas lo abanderan como si se tratara de una nueva tendencia. No es algo nuevo, no nació ayer. Desarrollar el pensamiento crítico debería ser tan natural como ayudar a un bebé en que día a día vaya fortaleciendo su cuerpo para conseguir caminar. Los seres humanos somos seres pensantes, tenemos esa cualidad, pero no siempre sabemos desarrollar nuestras capacidades de la mejor manera. También somos seres erráticos.
Desarrollar el pensamiento crítico implica esfuerzo, tiempo de calidad y espacio para la pausa.
¿Qué pasaría entonces si las empresas se convirtieran en espacios para pensar? , ¿en lugares en los que desarrollar nuestras habilidades innatas para ofrecer al mundo nuevas posibilidades?, ¿acaso no es ese el sentido más profundo de su existencia?…
Desarrollar el pensamiento crítico implica esfuerzo, tiempo de calidad y espacio para la pausa. Pensar no sabe seguirle el ritmo ligero al reloj, marca sus propias reglas. Requiere de un análisis y evaluación de la información existente con un fin: el de esclarecer la veracidad de la misma. Pero a su vez hay que incluir una segunda variante que suelen ser los grandes protagonistas en este espacio: nuestros sesgos.
Creencias que nos construyen. Con las que hemos crecido y que nos han hecho comprender la realidad en la que vivimos de una manera muy concreta. En ocasiones creencias buenas, en otras limitantes. Estas últimas, prejuicios y sesgos que nuestro cerebro crea y sobre los que solemos tomar las decisiones de nuestro día a día. Damos por hecho que nuestra percepción de las cosas es la realidad de lo sucedido. ¡Trampas al solitario!.
Si antes hemos aceptado que pensar requiere de esfuerzo y exigencia, también es importante mencionar que la tendencia natural del cerebro ante una realidad compleja, es la de simplificar y dosificar energías. De ahí que necesite encontrar esquemas simples sobre los que ir dotando de significado lo que percibimos para lograr entender.
De nuevo otro mecanismo de defensa: Pensar es agotador.
¿Y es que a caso no lo es un parto?, entiendo un poco mejor a Sócrates y su analogía con la mayéutica comprendiendo el acto de pensar como algo que conlleva esfuerzo y tiempo, que no es hacer preguntas sin más o cuestionar por cuestionar, sino que persigue un fin último que es el de aportar claridad, “dar a luz” aquello que estaba en la sombra. Y para ello hay que saber indagar, profundizar.
Esto cobra aún más sentido en “la sociedad del cansancio” en la que vivimos. La complejidad no ayuda, la aceleración no ayuda y tampoco lo hace la incertidumbre, pero es con lo que contamos.
Lo fácil es no pensar, o hacerlo a medias (si es que se puede).
También es lo más peligroso.
Cristina Bucero
Estrategia e innovación en Soulsight