Uno de los conceptos que más recuerdo de Foucault (seguramente porque sea de los pocos que he entendido) y que más me ha acompañado a lo largo de mi vida (sin ser yo filósofo) es el que desarrolla en «Discurso y verdad en la antigua Grecia», la parresía. Un tipo particular de discurso que se caracteriza por la franqueza, el riesgo y el compromiso con la verdad.
Y es que decir la verdad siempre es un riesgo. Da miedo decirnos la verdad a nosotros mismos. A veces asusta decir la verdad a nuestros amigos, familia, pareja… ¿y en los entornos corporativos? Decir la verdad nos hace temblar, muchas veces literalmente.
En la antigua Grecia, parresía significaba literalmente «decirlo todo» o «hablar con franqueza».
Pero cuando hablamos de «decirlo todo», la parresía es más un «todo decir» en el sentido de ponerlo todo en el decir, que en el de pretender decirlo todo.
«Ponerlo todo en el decir» implica hablar con franqueza, libertad y con el valor que permite decir lo que ha de decirse, cuando haya de decirse, en la forma en que se considere conveniente decirlo.
Para los griegos, no se trataba simplemente de expresarse abiertamente, sino de un acto de coraje moral. A través de la parresía, el hablante se comprometía con la verdad y lo hacía sin ocultar o adornar lo que decía, aunque pudiera ser peligroso o impopular.
Un compromiso con la verdad que trasciende la dimensión discursiva y se convierte en un compromiso vital con uno mismo y con los demás.
Y es que la parresía es más un modo de vida que una doctrina filosófica, y así fue entendida por los cínicos, los epicúreos y los estoicos. Una forma de cuidado de sí mismo y del otro en aras de alcanzar una vida buena, digna y verdadera.
Como vemos, la parresía tiene una dimensión personal y ética: la habilidad de decirse a uno mismo la verdad y actuar en consonancia con ella. Esto es lo que Foucault llamó «el cuidado de sí», donde la parresía se convierte en una forma de autogobierno, imprescindible para una vida ética.
Para Foucault, la parresía tiene 3 aspectos clave:
- La franqueza: El parresiasta (quien practica la parresía) dice lo que realmente cree sin reservas ni ambigüedades. Es archiconocida la anécdota del cínico Diógenes cuando le pidió a Alejandro Magno que se alejase de su lado porque le estaba quitando el sol.
- El riesgo personal: Decir la verdad puede implicar un riesgo significativo, incluso la propia vida. En la Grecia antigua, este riesgo solía estar asociado con decirle la verdad al poder… que se lo digan a Sócrates cuyo compromiso con la verdad lo llevó a un juicio y, finalmente, a la condena a muerte. Sócrates representaba el modelo clásico del parresiasta que, a pesar de las consecuencias personales, se sentía obligado a confrontar a la sociedad con verdades incómodas.
- El deber moral: La parresía no es simplemente una opción retórica; es un imperativo moral. El parresiasta está motivado por un sentido de responsabilidad ética hacia la verdad y la comunidad.
Atreverse a decirlo todo aunque lo que se diga sea una verdad incómoda, relacionarse con el otro (superior jerárquicamente) con franqueza, arriesgarse a perderlo todo por decir lo que el otro no quiere escuchar, tener un sentido de responsabilidad ética con la verdad y la comunidad… ¿no se os está empezando a revolver algo por dentro?
El link entre la sabiduría de los pensadores griegos y el presente sigue teniendo vigencia… y urgencia.
Porque vivimos en un tiempo en el que la verdad brilla por su ausencia y triunfa una retórica de fuegos artificiales vacía de contenido. Porque nos escondemos en el anonimato de las redes al calor de los discursos dominantes. Porque nos rendimos a la dictadura de lo políticamente correcto, agarrándonos como podemos a nuestras sillas (quien aún la tenga). Porque nos autocensuramos por miedo a que sean otros quienes nos censuren. Porque nos ponemos a temblar solo con pensar en la palabra «cancelación», tal vez la cicuta del siglo XXI. Si Sócrates viviese hoy, seguramente ya se habría autocancelado.
Hoy, más que nunca necesitamos decir lo que hay que decir… y decirlo muy alto. Primero a nosotros mismos y después a los demás.
Recuperar nuestro poder para retar al poder. Porque todo está en juego y lo que nos jugamos es mucho. Las instituciones se tambalean. Los valores se resquebrajan. La democracia está herida de muerte. Los Estados pierden poder y legitimidad frente a las corporaciones.
Necesitamos menos gurús, menos influencers, menos burócratas, menos tertulianos y más Epicuros, más Diógenes, más Sócrates.
Pero sobre todo, necesitamos más líderes valientes, abiertos a descubrir nuevas miradas, a colocarse en lugares incómodos y con el coraje necesario para escuchar verdades dolorosas. Necesitamos líderes que no se den la vuelta cuando se les diga que su cultura corporativa es tóxica porque está fundada en la falta de confianza y el control y no deja espacio para el desarrollo de las personas. Necesitamos líderes sensibles, con el valor suficiente para entender que esa oportunidad de negocio que tienen sobre la mesa puede traer muchos beneficios económicos a corto plazo para la empresa, pero ninguno para la sociedad. Líderes que no miren para otro lado cuando se les argumente que esa estrategia que han diseñado es puro green washing. Necesitamos CEOs de compañías valientes, éticos y comprometidos con la verdad, para que cuando alguien tenga el valor de decirles eso que todos piensan pero que ellos no quieren escuchar su respuesta no sea «que le corten la cabeza», y sí «¿cuándo empezamos?».