Si el lenguaje crea realidad, ¿qué tipo de realidad estamos perdiendo la oportunidad de crear en los entornos corporativos cuando excluimos determinadas palabras?
Si solo hablamos desde la frialdad de los Kpis, objetivos, métricas, eficiencia… ¿Qué aspectos fundamentales del ser humano nos estamos dejando en la puerta de las organizaciones?
Y es que hay palabras que todavía incomodan, que hacen que miremos hacia otro lado o que cambiemos de tema ruborizados en las salas de reuniones.
Una de esas palabras es amor. Así, sin anestesia. Con todo su potencial transformador. Y hoy, más que nunca, con toda su urgencia.
En CERTEZAS, nuestro último encuentro anual con líderes de grandes organizaciones, Manuel Tresanchez, Director General del Banco Sabadell, aceptó la invitación para hablar de amor. Sin eufemismos y sin el disfraz de palabras como el engagement o el employee experience. Amor, con todas sus letras. Con toda su profundidad.
Nos hemos convencido de que somos seres racionales
Que la empresa es un conjunto de procesos y que las personas somos piezas funcionales dentro de él. Que las emociones se aparcan a la entrada de la oficina («de casa se viene llorado», cuántos miles de millones de veces habremos oído esa expresión que aceptamos sin cuestionar y hoy suena a discurso de legionario trasnochado ) y que lo que se nos exige como buenos profesionales es ser racionales, eficientes y orientados a resultados.
Pero Manuel lo dijo alto y claro, nuestro rendimiento depende mucho más de nuestro estado emocional que de nuestra capacidad intelectual para resolver un problema.
La eficiencia, decía citando el Diccionario del que duda, es una virtud de segundo orden. Hacer las cosas bien es mejor que hacerlas mal, sí. Pero elegir qué cosas hacer es lo que importa. Y cuando convertimos la eficiencia en el argumento que lo justifica todo, lo que hacemos es empequeñecernos. Convertir al otro en instrumento. Reducir las relaciones humanas a meras relaciones instrumentales.
Decía Manuel durante la charla que «si las emociones cotizaran en bolsa, el amor sería el más caro». Y si en la empresa, las emociones no tienen espacio, y el amor es la emoción más costosa de todas, lo lógico es que sea también la primera en desaparecer…y no estamos dispuestos a que lo haga.
Cuidar al otro es una forma de amor
El impulso del cuidado. Todos lo tenemos. De hecho, el cuidado del otro es uno de los actos que nos constituye como sociedad. Somos criaturas inacabadas. Que no imperfectas. Siempre susceptibles de recibir algo del otro que nos complete. Y paradójicamente, esa incompletitud es lo que crea el espacio para la relación. Lo que nos hace necesitarnos. Lo que hace posible que un equipo sea algo más que una suma de funciones.
Mostrarse vulnerable es la condición bajo la cual los demás también pueden mostrarse. Un líder que espera que su equipo pida ayuda mientras él se mantiene impermeable no genera, precisamente, confianza.
Y entonces llega la pregunta que hace que te revuelvas en el asiento.
¿Estoy haciendo mi parte?
O simplemente estoy metido en la rueda de la competitividad, con la mirada puesta en los resultados, tratando de ganar una batalla en la que ni siquiera creo. Ante esa inercia tan vacía. Ante esa corriente que tarde o temprano nos arrastrará hacia el diván de un terapeuta, Manuel resaltó que siempre cabe una posibilidad: la posibilidad de la resistencia.
Y la infraestructura de esa resistencia es el amor.
Un sentimiento que exige presencia, atención, elección consciente. Que te invita a ver al otro como un ser único y no como un recurso intercambiable.
Salimos de CERTEZAS con esa pregunta, con la incomodidad de quien ha nombrado algo que normalmente no se nombra, y con una especie de calor en el pecho, de brillo en la mirada y de ilusión en el corazón que solo puede ser una cosa: amor.