Existen palabras poderosas que provocan inquietud. Están llenas de historia, suenan constantemente a nuestro alrededor y en ocasiones nos persiguen como si quisieran decirnos algo. Es el caso del liderazgo.
Se habla constantemente de liderazgo, de tantas formas que pareciera como si éste hubiera quedado indefinido. Hay quienes emplean el término para referirse al jefe, al que coordina y al que tiene el poder de tomar decisiones; otros se refieren a alguien inspirador, carismático, un guía… Se utiliza de tal manera, que llegamos incluso a la contradicción. ¿Qué significa ser un líder?
Me gustaría dedicar unos minutos a reivindicar su matiz más trascendental.
Vivimos unos tiempos cargados de incertidumbre y cambio. Estamos inmersos en una sociedad que corre el riesgo de perder el sentido, repleta de hiperactividad y aceleración. El filósofo coreano Byung-Chul Han habla del infarto del alma, provocado por el exceso del rendimiento. El mundo parece que progresa, pero nos rodean desafíos innumerables. ¿Hacia dónde vamos?
Necesitamos personas que reflexionen y entiendan la esencia del ser humano, personas que tomen decisiones con criterio y generosidad, personas con sensibilidad que impactan positivamente en el mundo.
Necesitamos dar sentido al mundo en el que vivimos. Necesitamos personas que reflexionen y entiendan la esencia del ser humano, personas que tomen decisiones con criterio y generosidad, personas con sensibilidad que impactan positivamente en el mundo. Necesitamos líderes. No me refiero a más jefes, sino a referentes de vida, sea cual sea el status, personas genuinas y coherentes, que construyen con el ejemplo su autoridad moral.
Todos tenemos una inmensa responsabilidad a la hora de generar narrativas que aporten valor, porque aumentamos las posibilidades de que se hagan realidad en el futuro. Mark Fisher, escritor británico, introdujo el concepto de “Hyperstition”. Hace referencia a una ficción que se hace realidad cuando todo el mundo la asimila como cierta. Frederik Polak, uno de los padres del estudio de los futuros decía: “Aquellas sociedades que son capaces de imaginarse a sí mismas como florecientes aumentan las probabilidades de ser así. Por el contrario, cuando la imagen empieza a decaer, la cultura no sobrevive mucho tiempo.” Estas reflexiones me llevan a concluir la importancia de utilizar un significado de liderazgo profundo y aspiracional.
Por tanto, ¿Cómo sería el liderazgo perfecto?
El escritor James C. Hunter habla del liderazgo como una paradoja. En uno de sus libros lo describe como: “El arte de influir sobre las personas para que trabajen con entusiasmo en la consecución de objetivos en pro del bien común”. La paradoja reside, en que para Hunter, la mejor manera de dirigir es sirviendo a los demás. El líder no es el primero, sino que es el último.
Cuando Hunter habla de servir, no se refiere a satisfacer cualquier deseo. Esto llevaría a la esclavitud. Se refiere a las necesidades legítimas de los demás, aquellas que conducen al crecimiento y hacia ser una mejor versión de uno mismo. Cuando uno sirve a las necesidades legítimas de los demás, forja su autoridad sobre la gente. Es en ese momento cuando se gana el derecho a ser llamado líder. Por tanto, es más líder aquel que más sirve.
El liderazgo que necesitamos tiene que ver con perseguir el bien común y con el arte de influir para bien en las personas, de inspirar comportamientos que ayuden a crecer, de generar vida a tu alrededor, de impulsar a otros a alcanzar sus sueños. Esto no se aprende en escuelas de negocio, es cuestión de actitud y de decisión personal.
Olvidamos una parte fundamental y apasionante del líder: su imperfección.
Por otro lado, tendemos a mitificar el liderazgo, a considerarlo un ideal al alcance de unos pocos. Olvidamos una parte fundamental y apasionante del líder: su imperfección. Es lo más característico, algo que nos define profundamente como seres humanos. Todas las personas sentimos miedo, hemos vivido experiencias dolorosas, tenemos carencias y dificultades…Todos fallamos, nos equivocamos y tenemos la opción de recomenzar.
Esta imperfección es la que nos hace especiales y la que nos permite aprender, profundizar y construir con criterio en base a la experiencia. Es nuestra imperfección la que nos ayuda a entender y empatizar con los demás. Es el punto de partida que nos empuja a soñar, ya que si fuésemos perfectos no podríamos aspirar a algo más grande que nosotros. Nos permite ser creativos y colaborar unos con otros hasta llegar a cosas inimaginables. Es lo que define y enriquece nuestro sello humano.
Sólo alguien que tiene el coraje de aceptar su imperfección es capaz de ser un líder que acepte, entienda e influya en los demás. Es la experiencia de la propia vulnerabilidad la que aporta la capacidad de escuchar frecuencias que otros no escuchan, y de impactar fuera de uno mismo. Cuando un líder inspira es porque conecta con los demás, crea puentes con la originalidad imperfecta de otros.
Por eso, el líder perfecto es imperfecto. Es de carne y hueso. Es alguien como tú, que brilla por su autenticidad. Necesitamos líderes, y todos podemos serlo si aprendemos a abrazar nuestra maravillosa imperfección.
Beatriz Cornejo Mazzuchelli
Estrategia e innovación en Soulsight
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