En los últimos meses hemos aprendido a apreciar la maravilla de las cosas pequeñas y normales, salir a pasear o disfrutar de un atardecer al aire libre. Estamos cambiando, y nos damos cuenta de la importancia que tienen las cosas del día a día, nuestras rutinas. Son las que nos generan estabilidad y felicidad.
No todos somos Steve Jobs, El Rubius o Rafa Nadal y en ocasiones subestimamos la vida de millones de personas por no tener el canon de éxito que nos han inculcado, pero esto ahora está cambiando. Nos hemos dado cuenta de la importancia que tiene poder continuar con nuestro día a día, trabajar, pagar la compra, ir a ver a los abuelos, llevar al niño al cole…
Hace unos días un compañero (de los que molan, fuente de inspiración y cuestionamiento. Gracias Antonio) me pasó un artículo muy interesante que hablaba sobre la reivindicación de las vidas normales, vidas de personas sencillas que han decidido sacrificar sueños grandes y “cool” por conseguir otros aparentemente más sencillos. Aplaudía los estilos de vida sencillos y súper necesarios en el mundo de cara a obtener una felicidad más silenciosa, a formar comunidades que se protegen unas a otras y a reconocer personas que viven con uno de los propósitos más ambicioso: ser feliz y hacer feliz a los de su alrededor. Una reivindicación de lo normal y de la libertad de hacer lo que te dé la gana.
Y aunque en los últimos meses hemos valorado un poco más lo sencillo y lo normal, estamos sometidos a presión y bombardeados con tendencias, aceptaciones sociales y modas. Pero no son sencillamente campañas de marketing o cuestiones virales, tienen la capacidad de cambiar el rumbo de los acontecimientos, de las sociedades y de la cultura, desde los criterios estéticos hasta las ideas políticas que de pronto se pueden ver como algo positivo o no, según la tendencia. Cada vez hay menos espacio para la reflexión. El mundo y la sociedad cada vez más aceptan como bueno lo que socialmente está aceptado como tal. Esto se debe en gran medida a la cantidad de flujos de información que suceden hoy en día a nivel global. La globalización de la información y de la comunicación ha creado una ola de homogeneidad global en donde cada vez es más difícil reconocer lo auténtico, lo sencillo y lo estable. La “súper personalización” de canales de contenido digitales no son más que un amago de individualidad cuando en realidad estamos viendo lo mismo que ven todas las personas en todos los rincones del mundo, perdiendo la capacidad de reflexión, de exploración y serendipia.
En un momento en el que la reivindicación y la fuerza del grupo puede hacer mucho bien, cada vez vemos con más normalidad la forma en que el poder del grupo hace despegar proyectos y retos de una manera extraordinaria. Pero… también ese poder puede generar un silencio en lo que no es tendencia, lo que no mola. ¿Qué pasa con los retos silenciosos, con las vidas cotidianas que llenan la sociedad de gente feliz y sostenible?.
Y si hablamos de salud, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre cuando la información no fluye, fluye demasiado o en direcciones que no debería? Con el Covid-19 hemos visto como la información transparente e inmediata y la responsabilidad mediática y social son claves para que el mundo no se pare. Pero este flujo de información no sucede con las enfermedades que son menos populares, que afectan a menos personas o provienen de malos estilos de vida. ¿Qué ocurre con toda esa gente que tiene la circunstancia de tener una enfermedad de la que no es fácil informarse? ¿O que socialmente no está aceptada? Al igual que lo normal y cotidiano, hay enfermedades que quedan apagadas con un estigma que lo silencia.
Existen enfermedades que se relacionan con estilos de vida poco saludables, de los que no nos sentimos orgullosos o muestran partes vulnerables de nuestra vida, enfermedades que lejos de tratarse con igual importancia que el resto, se han guardado en el cajón generando un “tabú” de la misma. Esto tiene implicaciones más allá de esto, ya que la falta de información no facilita el derecho a curarse por parte de los pacientes. La información es prevención y con ella podríamos salvar vidas, aumentar la calidad de vida de muchos pacientes o incluso minimizar el dolor y gestionar mejor la enfermedad, tanto de los pacientes como de los familiares que los acompañan.
Las asociaciones de pacientes hacen un trabajo inmenso para paliar esta falta de información, pero no es suficiente. Tenemos que poner en el mapa social las enfermedades más estigmatizadas o que están menos aceptadas. Las que se relacionan con el alcohol, las drogas, el tabaquismo o simplemente cualquier enfermedad mental.
Es momento de aplaudir lo normal, lo sencillo, anular estigmas que levantan barreras y usar el poder de la reivindicación y del grupo a salirse de la tendencia y romper la burbuja.
Hay que generar una conciencia social activa que facilite la atención sobre estos pacientes y construya alrededor de la prevención y cuidado. ¿Cómo podemos revindicar la información como una fuente de cuidado? ¿Qué papel tenemos que desarrollar como sociedad para eliminar estos estigmas?
Enrique Ricart
Estrategia e innovación en Soulsight