Cada día tomamos decisiones que moldean nuestra manera de trabajar, de colaborar y de adaptarnos al entorno. Pero, ¿cuánto de ese trabajo depende de nuestra capacidad de imaginar? Este texto cuestiona la idea de «la imaginación» como un recurso accesorio y lo reivindica como una capacidad estratégica. Para ello necesitamos adaptar el propósito del diseño y que también sea un acto cultural capaz de activar y movilizar lo necesario en nuestras organizaciones y nuestra sociedad.
Movimiento no es lo mismo que crecimiento. Zygmunt Bauman, en la Modernidad líquida se refiere al movimiento como algo fundamental para entender la civilización contemporánea, distinguiéndola del crecimiento en tanto que no es un movimiento lineal ni necesariamente progresivo, sino fluido y adaptable. La genial Hannah Arendt nos ayuda a profundizar en esta idea, con su diferenciación entre labor, trabajo y acción. Para ella, labor y el trabajo se centran en cubrir necesidades biológicas que mantengan la vida y la producción de objetos tangibles, pero la «acción» nace de la interacción entre seres humanos. La acción por tanto se realiza en el dominio de lo público y lo político donde los individuos se expresan, revelan su identidad e interactúan, contribuyendo a la construcción y reconstrucción de la cultura predominante. Bauman y Arendt nos ayudan a entender la importancia del «movimiento» en la condición humana. Nuestra especie, a diferencia de otras, necesita recursos tangibles e intangibles, lo que equivale a mover producto procesado por la industria y producto procesado por la cultura. «Mover» ambos, objetos e ideas, de la forma adecuada es lo que permite que la sociedad se adapte y perdure.
Pues bien, históricamente se ha relacionado el diseño como la capacidad de imaginar algo que tiene que reproducirse para consumirse. Esto, que empezó como un atributo, ha pasado a ser un estigma, el de un diseño que ha de ser «tangible». No solemos considerar el diseño como una disciplina capaz de hacer perdurar algo que puede ser útil en el futuro… ¿verdad? De la imaginación nace un tangible como una tetera o un intangible como una canción. Cualquier proceso de diseño es un acto cultural intangible y cualquier proceso cultural es imaginación tangible. Cualquier acción humana es posible considerarla como un «mestizo» de realidad tangible e intangible. Industrial y cultural, física y conceptual. Desde mi punto de vista, es un error separar estas realidades.
Igual que Tim Ingold, pienso que gran parte del valor del diseño es su capacidad de imaginar una forma de estar y participar en el mundo. El diseño crea símbolos, imágenes, sentidos, significados… y sobre ello construimos innovación, nuevas forma de organización social, nuevos valores y principios de acción a través del tiempo. Esa imaginación no se proyecta solo al futuro, porque la historia también se imagina. A veces es difícil recopilar la información dispersa del pasado y reunirlo en una sola imagen. A veces la interpretación de hechos históricos es simplona o perpetúa imágenes preexistentes simplemente porque es difícil imaginar otra cosa.
La imaginación es el recurso o capacidad humana que moviliza la cultura, y con esto estoy tratando de lanzar una invitación a considerar el diseño como un acto cultural tan tangible como todo lo contrario. Imaginar no es un ejercicio separado de la realidad tangible, contribuye a la construcción, mantenimiento o cancelación de la cultura predominante, no es un acto de proyección abstracto e inerte. La imaginación no es un producto. El producto de la imaginación es la cultura.
Imagen:
Dolmen Pedra da Arca. (Vimianzo). Manuel Vazquez, 2024. 79×52 cm.