Del tiempo que dediqué mi vida profesional a las artes del espectáculo, he recogido infinidad de cosas que hoy me siguen dando aliento y perspectiva en el entorno corporativo, a pesar de parecer mundos antagónicos.
Bajo mi punto de vista, el teatro juega a representar la vida: a veces satiriza y desde el humor le sube el volumen a algunos aspectos de nuestra conducta que nos hacen poner atención a cosas que pasan inadvertidas en el día a día; otras veces, elige la frialdad o la crudeza para destapar ó endulza para abordar disparates que no serían digeribles de cualquier otra forma. Juega con situaciones complejas a las que el director, y su puesta en escena, aplican una pátina del género con el que busca trastear para generar contraste. Y es desde ahí donde hacen visibles los temas que quieren abordar.
El teatro toca en la partitura de la vida; es un diálogo constante que le devuelve al público la pregunta y su contestación. Es, al mismo tiempo, mensaje y altavoz. Hay en el teatro una mirada transversal porque se cruzan múltiples dimensiones: la realidad, la ficción, lo social y lo íntimo.
En el metateatro de las organizaciones, hay sed de transversalidad
Vivo a diario situaciones en las que los profesionales con los que trabajamos sufren tensiones que están directamente relacionadas con quedarse mirando al árbol y no saber ver el bosque. Se identifican retos que atienden al momento que vivimos como sociedad y su impacto en el negocio, al tiempo que la manera de abordar internamente esos temas choca con los ritmos de desarrollo del propio business, sus procesos y/o las necesidades de las personas.
Dependiendo de la naturaleza de la empresa, en ocasiones se convive con inercias antiguas que siguen alimentando los argumentos que impiden el cambio; la inmovilización se viste de excusas sujetas al pasado, se pierde perspectiva aumentando la distancia entre objetivos, áreas de negocio y en definitiva, de nuevo entre personas. En otras, instalado ya un mindset de comprensión y búsqueda de sentido, el reto sigue siendo alimentar culturas que unan a la gente, impulsen la inteligencia colectiva y promuevan la conversación y la reflexión conjunta como trampolín hacia la construcción de futuros más prometedores, más sentidos, más humanos.
Claro, para el teatro es sencillo: basta con sentarse frente al escenario y que te presenten la situación que busca ser comprendida. Al espectador se lo sirven en bandeja. En el contexto empresarial no contamos con la misma suerte, quedarse mirando no es una opción.
En la empresa nos toca saber ser actor y espectador al mismo tiempo. En el teatro, la transversalidad rompe los muros; en la empresa, rompe los silos. En el mundo del espectáculo, el iluminador sabe y conoce qué está haciendo el actor, y el diseñador de vestuario entiende el ritmo de la música y conoce los pasos del baile. Todo converge en la obra. ¿Hay acaso un elenco acompasado en el ecosistema empresarial? ¿Sabemos qué hacen los demás? ¿Y cómo suma eso a nuestro propio trabajo? ¿Somos conscientes del impacto que tiene lo que hacemos sobre el trabajo de los otros?
Lo ideal sería claramente que ese acompasamiento se diera, que hubiera conocimiento y consciencia sobre el resto de las piezas del puzle que hacen que la empresa funcione, pero la realidad es que no siempre es así. Bajo mi punto de vista, aquí el quid de la cuestión reside en la cultura.
Sé que el diseño y la manera en la que se pensó y se diseñaron las estructuras y la organización internas de una empresa importan, y que cambian mucho si hablamos de IBEX 35 o nos referimos a empresas de menor capitalización y liquidez, pero también conozco el poder movilizador de la cultura cuando esta se sostiene sobre pilares tan sólidos como el SENTIDO, LA COHERENCIA y LA GENEROSIDAD y eso no depende del tamaño. La magia sucede cuando la cultura se encarna.
Comprender la cultura de una empresa implica comprender que todo está conectado.
Todo proyecto de evolución, fusión o transformación cultural implica conocer en profundidad la complejidad de una organización, sus entresijos. Muchas veces nos encontramos en situaciones en las que la cultura se entiende como parte del dominio del área de RR.HH.; en otras ocasiones existen departamentos de Cultura… cada organización es todo un mundo. Y no es que sea necesario que exista uno u otro área en el que se desarrolle esta labor; al contrario, a mi modo de ver, lo que perdemos aquí es la capacidad expansiva de la cultura y la comprensión de su conexión directa con el desarrollo del negocio.
Solo si comprendemos la cultura de una organización como un elemento transversal que atraviesa todos y cada uno de los rincones de la misma, estaremos conociendo su espíritu y desarrollando todo su potencial. Y no es que sea todo coser y cantar; como anunciaba antes, para mí tiene su fórmula: sentido, coherencia y generosidad.
Para alimentar o construir culturas con sentido, conocer la visión de la compañía, su lugar en el mundo hoy, el lugar que desearía ocupar mañana y las aspiraciones a largo plazo que definan cómo pretende ir recorriendo ese camino, es imprescindible entender su propósito, conocer por qué y para qué existe. Una empresa que quiere construir una cultura con sentido debe, al menos, recordar hacia dónde apunta su brújula y si es necesario reubicarla de nuevo.
Para alimentar o construir culturas coherentes, las organizaciones necesitan alcanzar una comprensión profunda sobre su estrategia y revisitarla cuanto sea necesario. Conocer los objetivos del negocio, leer el mercado y el contexto tanto como para dar con preguntas poderosas que descubran nuevas oportunidades, que planteen nuevos caminos. Visualizar la estrategia y equilibrar lo que el negocio necesita para alcanzarla: ¿qué implicaciones tendrá esto para el desarrollo del negocio? ¿Y para el talento de la empresa? ¿Necesitaremos talento nuevo? Y un largo etc. En definitiva, la coherencia aquí se manifiesta como conexión y concordancia con lo que nuestro tiempo nos reclama.
Para alimentar o construir culturas generosas hay que perderle el miedo al tiempo, nutrir una escucha genuina y entrenar la conversación. Las agendas y los objetivos pueden ser grandes enemigos de la generosidad en las empresas. La cuenta de resultados marca el tiempo que le dedicamos a las cosas e incluso a las personas y en ocasiones nos distrae de mantener la mirada en el largo plazo. No nos interesa lo que hace el otro, por qué lo hace o incluso cómo puede sumar eso a que mi trabajo adquiera más significado, porque no podemos dedicarle tiempo a comprender. Las culturas generosas son aquellas en las que las personas entienden el tiempo como un regalo con el que poder ir más lejos, los líderes son ejemplo de aprendizaje constante y la comunicación cobra un valor exponencial. Destinan tiempo a la reflexión conjunta y al pensamiento colectivo, porque saben que solo ahí reside la innovación y pueden hallar nuevos caminos, otras vías.
En definitiva, la cultura irradia transversalidad.
Porque está y se proyecta en toda la empresa y sin ella la empresa no es. El negocio no es.
La cultura existe por sí misma, es orgánica y se da; ahora bien, en muchas organizaciones hay que calmar su sed, esa sed de transversalidad.