Llevo los últimos 10 años de mi vida profesional dedicándome a comprender la vida en las organizaciones y soy consciente de que me encuentro muy lejos de llegar a comprenderla, pero tengo por seguro que es en ese misterio de lo desconocido en el que reside la magia. La cultura de una organización es la principal forma de expresión de su vida interna, aquello que deja constancia de su existencia, habla de los entresijos que consiguen que la organización en cuestión respire, evolucione, crezca o por el contrario desfallezca. La cultura de una organización habla de las conexiones que se establecen entre los diferentes sistemas que la componen, nos cuenta la esencia de su complejidad: las relaciones humanas.
Afortunadamente, he podido ver a lo largo de diversos proyectos cómo la cultura de las organizaciones ha ido ganando relevancia en la estrategia de las propias empresas. Su conexión con el negocio es clave, pero nos ha costado verlo mucho tiempo. No nos juzgo, es difícil medir aquello que no se ve. Es costoso comprender la necesidad de abrirse a entrenar una mirada compleja, profunda y sensible en un contexto en el que nuestro marco mental está dominado por la técnica y la utilidad, enfocado al beneficio inmediato y relegado a unos tiempos acongojantes. Es costoso, porque requiere tener fuerza para entrenar, predisponerse al aprendizaje y abrirse al asombro, y eso conlleva el esfuerzo de salir del sonambulismo cotidiano en el que deambulan muchas organizaciones.
La cultura empresarial precisa de tiempo para que las reflexiones reposen y las posibilidades emerjan. Demanda espacios para el encuentro y la conversación, necesita fortalecer los lazos entre las personas y entenderse como un ente vivo que hay que alimentar. La cultura empresarial evoluciona y muta tanto como lo hacemos los seres humanos, pero el cambio incomoda, porque reclama atención y cuidado.
Desde Soulsight nos hemos encontrado muchas veces grandes compañías que se resisten al cambio porque están decididas a no escuchar cómo evoluciona el contexto del que formamos parte, prefieren mantenerse en sus cámaras de eco. Empresas que no comprenden por qué hablar de cuidado es una cuestión que atañe directamente al negocio y a la viabilidad de que prospere una organización y sea capaz de dejar un legado que trascienda. No comprenden la importancia de ser relevantes en el tiempo en el que operan, ni de la responsabilidad que conlleva desarrollar su actividad en el mundo. Y ha sido en esas ocasiones, y no en otras, en las que hemos visto más claro que nunca la necesidad de promover el amor en las organizaciones. El amor por nuestra especie como seres humanos, por lo que somos capaces de conseguir a través de él, y por el potencial creativo que tiene nuestra dimensión comunitaria y colectiva si somos capaces de reconocernos, reconciliarnos, unirnos y en definitiva amarnos.
Y habiendo vivido numerosos proyectos con realidades diferentes, he podido observar que los dolores culturales que viven las empresas pueden agruparse de alguna forma en cinco dimensiones. En ellas pivotan diferentes desafíos sobre los que trabajamos cada día y en los que a día de hoy seguimos profundizando. Cinco dimensiones que hoy enmarco como estas pero que mañana, está claro, serán otras:
- La necesidad de liderar en la complejidad
- Partir de un sentido y visión claros
- Los afectos, las relaciones y el cuidado
- Desplegar todo el potencial creativo del talento
- Encontrar narrativas que conecten y emocionen
1. La necesidad de liderar en la complejidad
¿Por qué?
Vivimos en la era de la Posmodernidad, un momento contextual al que nos ha llevado largos años de historia llegar, y que determina dónde nos encontramos hoy como civilización.
Comprender el momento social en el que vivimos es comprender el mundo en el que intervenimos como organización. Las empresas necesitan estar en conexión constante con la sociedad para poder operar en ella de forma significativa, aportando valor como una institución capaz de generar un gran impacto, y diseñando y ofreciendo productos o servicios que estén conectados con las necesidades actuales de las personas.
La complejidad del momento que vivimos no es observable a simple vista, para ello es necesario entrenar la mirada.
2. Partir de un sentido y una visión claros
Como pilar estratégico de la cultura
Cuando el entorno es cambiante, lo importante es entender hacia dónde estamos yendo y por qué. Saber cuál es nuestra razón de ser y qué valores y principios nos guían. Que las personas que lideran el proyecto sean ejemplo con sus decisiones y comportamientos de aquello que se ha propuesto es clave si queremos hacer las cosas con coherencia y partir de aquello que nos legitima como organización.
Las empresas necesitan tener una razón de ser, un relato, que unifique todos estos elementos para ayudar a las distintas audiencias a comprender qué hacen, cómo lo hacen y para qué. El sentido es la brújula que guía las decisiones.
3. Los afectos, las relaciones y el cuidado
Cuidar de aquello que es «invisible» dentro de las organizaciones es crucial, porque va a determinar la calidad de las relaciones que se establezcan en ella. Cómo los empleados se relacionan y se desenvuelven en el entorno laboral, cómo se comportan y se cuidan.
Uno de los grandes desafíos de las empresas es cuidar de esos espacios que afectan directamente al sentir de las organizaciones, a las conexiones más emocionales entre los empleados. Las empresas tienen que invertir en el bienestar de los empleados porque de ello depende la calidad del desarrollo e implicación personal de esas personas. Alinear la visión con los equipos, con las personas, implica trabajar en el liderazgo y en las relaciones en los distintos niveles de la organización.
4. Desplegar todo el potencial creativo del talento
Los seres humanos somos por naturaleza seres creativos. Tanto en el trabajo como en la vida cotidiana, la realización personal pasa por potenciar nuestras capacidades creativas y consiguiendo con ellas alcanzar nuevos lugares que marquen un antes y un después en la manera de hacer las cosas.
Los cambios contextuales y el mercado laboral exige unas habilidades al talento en las empresas que tienen que ver con desarrollar su capacidad de adaptación. El cuidado de estas personas y del entorno en el que se desarrollan beneficiará o anulará la capacidad de desplegar la creatividad de cada empleado, y por ende, generará un impacto en el negocio. Fomentar la creatividad es estratégico para las empresas. Es necesario crear espacios, fomentar comportamientos y diseñar rituales que potencien la creatividad de los equipos, que los inspiren y los lleven a la acción. Siendo capaces de este modo de encarnar la cultura de la organización involucrándoles en el diseño, desarrollo y activación de iniciativas que pongan en marcha el cambio.
5. Encontrar narrativas que conecten y emocionen
Los seres humanos somos seres narrativos, que nos contamos y contamos el mundo en el que vivimos a través de historias, y es en el lenguaje donde nos apoyamos para generar un impacto sobre la realidad que queremos promover o construir, porque el lenguaje crea realidad.
El relato es una representación coherente y estructurada de la historia, los valores, el propósito y los objetivos de una compañía. Alinear la visión con el relato implica trabajar la comunicación interna para elaborar narrativas que impulsen conexiones significativas.
Para construir el universo de emociones y valores de la organización a través de las palabras es imprescindible cuidar cómo nos contamos, los mensajes en los que nos apoyamos y los conceptos y términos que forman parte de nuestro glosario.
Si me gustaría enfocar en algo mis próximos 10 años a nivel profesional es en seguir conociendo más sobre nuestra naturaleza como seres humanos y, en concreto, sobre nuestra forma de relacionarnos en el ecosistema empresarial.
Como diría Eduardo Galeano, o aquel hombre del pueblo de Neguá del que habla en uno de sus textos mas famosos, «El mundo es eso. Un montón de gente, un mar de fueguitos».
Trabajar la cultura de una organización es —o al menos así lo vivimos en Soulsight— aportar mucha y muy buena leña a un fuego que tiene mucho que alumbrar. Pero, claro, ¿a quién no le incomoda levantarse del sofá?