«A veces piensas que las cosas son así porque no hay alternativa ni espacio para cambiar nada. Así que rápidamente te resignas, bajas los brazos y dejas que el mundo gane».
Este fragmento lo he sacado del que se ha convertido en uno de mis libros favoritos (Cuando me disuelva, de Román Aday). Habla sobre una amistad entre dos personas, sobre su crisis existencial y la importancia de esa relación en sus vidas. Aparentemente, nada que ver con la consultoría o el liderazgo.
Sin embargo, mientras lo leía, no podía dejar de pensar en su paralelismo con el mundo empresarial. Nuestra vida está marcada por las relaciones que construimos con nuestra familia, amigos y compañeros de trabajo. Y, al igual que en la vida personal, en las empresas también tendemos a resignarnos ante lo que no funciona. Dejamos que las cosas sean como son porque creemos que no pueden ser de otra manera. Bajamos los brazos y dejamos que el mundo gane. Que tu compañero borde siga siendo borde. Que las injusticias pasen desapercibidas. Porque «así han sido siempre las cosas» y, al final, «¿qué puedes hacer tú para cambiarlas?». Pero déjame decirte algo: esto es un error.
¿Cuántas veces te has encontrado con frases como «siempre lo hemos hecho así», «ya lo intentamos y no funcionó» o «no tenemos tiempo para experimentos»? Son declaraciones que, más allá del escepticismo, esconden miedo, comodidad y apego a lo conocido. Son excusas que frenan la evolución de las empresas y de las personas que las conforman.
Y no es por ir de pedante ni de filósofa, pero la realidad es que los filósofos griegos (casi) siempre tienen respuestas para las grandes preguntas de nuestro tiempo. Y esto también aplica al mundo empresarial. Heráclito, con su famoso panta rei (todo fluye), afirmaba que resistirse al cambio no solo es inútil, sino que va en contra de la propia naturaleza de la realidad. ¿Qué pensaría él del «siempre lo hemos hecho así»?
El cambio es inevitable
Entonces, si el cambio es inevitable, ¿por qué nos empeñamos en resistirlo como si las reglas del juego no estuvieran cambiando a cada momento? La respuesta es fácil: porque el cambio es incómodo, impredecible y, seamos sinceros, da pereza. Pero Heráclito tenía razón: el estancamiento no es una opción.
Las empresas que entienden esto prosperan; las que no, acaban convertidas en casos de estudio sobre marcas que desaparecieron por no adaptarse. Pero la resistencia al cambio no es solo un problema de grandes corporaciones torpes. También ocurre en equipos, líderes y en cada uno de nosotros cuando nos enfrentamos a lo desconocido. Porque aceptar el cambio significa reconocer que lo que hicimos en el pasado, aunque funcionara, ya no es suficiente. Y eso duele un poco.
Los líderes que realmente impulsan el crecimiento son aquellos que no ven el conflicto como un problema, sino como una señal de que algo está evolucionando. No significa pelearse en cada reunión (aunque un poco de debate sano nunca viene mal), sino entender que el choque de ideas es lo que da lugar a soluciones mejores. Cuando todo el mundo en una sala está de acuerdo demasiado rápido, probablemente alguien no está diciendo lo que realmente piensa.
Entonces, ¿qué hacemos con esto?
¿Nos lanzamos al caos total y cambiamos todo cada dos semanas porque Heráclito dijo que todo fluye? No exactamente. Pero sí podemos aprender a identificar cuándo nuestra resistencia es legítima y cuándo es simplemente miedo disfrazado de prudencia.
Porque aquí viene el punto clave: el problema no es la falta de alineamiento entre líderes, sino confundir alineamiento con unanimidad. No se trata de que todos piensen igual, sino de que todos remen hacia el mismo horizonte, aunque tomen rutas diferentes. Un equipo donde nadie cuestiona nada no es fuerte, es frágil. Un equipo que debate, desafía y a veces incluso choca es el que realmente se adapta y crece.
En un mundo donde el cambio es la única constante, los mejores líderes no son los que buscan certezas, sino los que saben navegar con lo inesperado sin perder el rumbo. Los que no bajan. Los que se resisten al cambio cuando están convencidos de que lo nuevo no es mejor (porque a veces pasa), pero dejan la puerta abierta a la posibilidad de cambiar cuando haga falta. Los que ven el conflicto como una necesidad. Los que no dejan que el mundo gane.