Es 2 de agosto. Estoy bajando las escaleras del avión al llegar a Marrakech.
Mientras agarro la barandilla metálica escucho la voz de la azafata diciendo: «ni en broma me vendría aquí de vacaciones en verano».
Mi cabeza no quiere escuchar, total “ya sabía” que en agosto se alcanzan los casi 50 grados en ciudades como esta. Pero su voz no para de retumbar en mi cabeza mientras el aire desértico golpea mi cuerpo y solo pienso: «a ver si ahora está puesto el aire acondicionado en el interior de la terminal».
Hay un artículo escrito por Ana Salvá para El País, publicado el 24 de agosto de 2024 que se titula Los mejores planes para aliviar el calor de Marrakech.
«El calor no logra detener el pulso de Marrakech ni siquiera en verano. Entre las palmeras y los aromas de especias, sigue palpitando con energía, incluso cuando el termómetro alcanza los 40 grados. Pero más allá de la ciudad marroquí, un plan infalible es alquilar un coche y aventurarse por sus alrededores. Una libertad que permite al viajero descubrir joyas escondidas a su propio ritmo: desde hoteles con piscinas y jardines hasta restaurantes situados en medio del desierto».
Podemos apelar a mi situación personal de turista, pero es un hecho evidente para todos los trabajadores y ciudadanos que ocupan éstos espacios los 365 días del año, incluyendo los meses más sofocantes. Espacios que rastrean las posibilidades de ser habitados en condiciones extremas buscando maneras nuevas de transformarse, siendo la propuesta de Marrakech volverse un animal nocturno.
Una ciudad que se para de 12 a 20 horas para ser llenada cuando baja el sol. Restaurantes que no cierran sus cocinas hasta las 3 o 4 de la madrugada por la alta demanda. Y jardines llenos de vegetaciones diferentes diseñados para poder aportar frescor a una estampa cada vez más seca y desértica.
Un cambio en el diseño de la ciudad, sus usos y espacios de encuentro. Un cambio en la relación entre locales, turistas y las ofertas de servicios.
En 1947 Jacques Majorelle abrió al público su jardín botánico privado construido en torno a su chalet compuesto por plantas exóticas y especies raras que trajo de sus viajes por todo el mundo como: cactus, yucas, nenúfares, jazmines, buganvillas, palmeras o cocoteros.
En 1980 Yves Saint-Laurent y su pareja adquirieron este espacio incrementando el número de especies vegetales del jardín de 135 a más de 300. A día de hoy Los Jardines Majorelle son uno de los reclamos turísticos más populares de la ciudad de Marrakech. Un espacio constituido como museo donde poder escapar y aliviar el calor de esta ciudad.
Por desgracia, el mismo caso de Marrakech lo encontramos cada vez más en otros lugares sobre todo en los meses más calurosos del año que, de manera indirecta son aquellos en los que más movimientos se dan.
¿Cómo diseñamos nuevos modelos de existencia e interacción que ayuden a habitar estas realidades cada vez más comunes?
En este artículo para Psyche titulado How the buildings you occupy might be affecting your brain, Christian Jarrett describe cómo los espacios que ocupamos y la forma en la que están diseñados influyen en nuestra salud. En concreto, trata de cómo el diseño biofílico, es decir, aquel que incorpora elementos naturales en el diseño como plantas o luz natural afectan a la inflamación del cerebro.
Un estudio junto a la Universidad de Cambridge revelaba que los participantes expuestos a espacios con mayor biofilia mostraban menores niveles de inflamación cerebral. Este concepto muestra cómo las personas estamos vinculadas a la naturaleza siendo este contacto esencial para un desarrollo psicológico y físico en plenitud. Pese a que la historia de la humanidad ha transcurrido en estrecha relación con la naturaleza y sus ciclos, la vida tal y como la conocemos cada vez tiene menos presencia de lo natural. Vivir aislados de estos ciclos enfrenta cada vez más problemas relacionados.
¿Qué significa esto para los espacios cotidianos como los colegios, las oficinas o las viviendas? ¿Qué significa esto para los lugares como Marrakech que cada vez se vuelven menos habitables?
De nuevo, encontraremos las respuestas escuchando. Pero como concluye Christian Jarrett, diseñamos el mundo y de vuelta éste nos define.
«We design our world and, in turn, it shapes us. The built environments we interact with daily are not passive elements but active factors that can inhibit or – with thoughtful consideration – enhance our neurological state and holistic wellbeing».
La biofilia se sitúa como una estrategia de diseño e interacción necesaria para favorecer la vida y para promover la relación con otras especies, adaptando los ritmos biológicos.
Puede que vuelva a viajar a Marrakech y que la azafata me grite desde la escalera mecánica que es precioso ver cómo una ciudad se ha adaptado a vivir a 50 grados.