Cada día tienen más presencia y fuerza los algoritmos en nuestra vida, los aceptamos y nos guiamos por ellos con total confianza, como si fuera algo que ha estado ahí toda la vida y no requiera de cuestionamiento alguno.
Hace unos días disfrutaba de una excursión por la montaña, con nieve y sol incluida, y nuestro guía, que en este caso era un amigo, caminaba todo el rato mirando el reloj para ver hacia donde teníamos que ir, para comprobar que íbamos por la ruta previamente marcada. En algunos momentos de esfuerzo y conversación dejaba de mirar al reloj y nos paraba y corregía el rumbo un par de metros a la derecha o a la izquierda; el reloj le había vibrado porque nos estábamos desviando. (Esto me recordaba a las pulseras de alejamiento de los presos de las películas pero debe ser que sólo me pasaba a mi).
Durante la ruta todos seguimos el reloj, nadie lo cuestionó, es más, lo que se comentaba era la exactitud y precisión del mismo y la necesidad de no quedarnos sin batería. Estábamos en un entorno natural dependiendo totalmente de la tecnología, es curiosa la situación y abre todo un debate ya conocido, pero este no es el tema que quiero compartir.
La pregunta que me surgió en esta situación fue ¿Dónde está la belleza hoy en día? ¿en la pantalla del móvil, reloj, etc o en la montaña nevada?. La belleza creo y espero que siga residiendo en la montaña, pero, ¿y la satisfacción de las personas?, sobre esto tengo mis dudas. Está claro que mi amigo disfrutó de la ruta, el entorno, las vistas y los amigos, pero creo que obtuvo más satisfacción con que su reloj fuera capaz de acortar la ruta por el cansancio del grupo y llevarnos con exactitud milimétrica hasta el destino final. Todos sanos y salvos gracias a su reloj de alta tecnología, a su algoritmo en la muñeca.
Al final mi amigo obtuvo satisfacción gracias a un agente externo, el algoritmo, y además lo tomó como un éxito propio. Fue un fiel seguidor de la máquina, no cuestionó ni pensó nada y obtuvo no sólo la satisfacción propia, sino que además se llevó el aplauso del grupo.
Y aquí radica mi preocupación en torno a la sociedad actual, en la cual hemos dejado de pensar para que otros lo hagan por nosotros, a través de máquinas y algoritmos, y además si les obedecemos sin cuestionamiento tenemos una doble satisfacción, la nuestra y la del grupo.
Pues yo, la verdad, prefiero pensar y equivocarme.
Eduardo Beotas
Estrategia e innovación en Soulsight