¿Cuántas preguntas somos capaces de sostener sin respuestas inmediatas?
En algún momento, todos hemos vivido la situación de entrar a una reunión donde se expone un reto que resolver, y tras algunas preguntas que aportan contexto e incluso datos sobre la cuestión en sí, se empiezan a destilar soluciones.
Uno puede ver normalidad en esa foto. Porque hemos sido más y mejor premiados al dar las respuestas correctas o las más útiles, que al hacer las preguntas que más rompen lo establecido. Hemos entendido que llegar cuanto antes al final de cualquier proceso da resultado, por mediocre que sea; y que cualquier resultado es mejor que transitar y sostener un proceso que toma su tiempo en desembocar en resultados que ni siquiera se atisbaba.
Hay otra creencia que sustenta esa foto: la de los datos. Cuántas veces habremos oído que los datos nos permiten tomar decisiones con más rapidez, e incluso con más acierto. Y si bien es cierto que los datos son necesarios, hay fotos donde mirar el pasado impide trazar nuevas líneas de futuro.
“La sobreinformación es el funeral de la pregunta”, nos decía Jordi Nomen, profesor de Filosofía y Ciencias Sociales de la Escuela Sadako de Barcelona. Jordi fue uno de nuestras voces invitadas a Certezas, el evento anual que celebramos el pasado mayo junto a un centenar de directivos. Jordi nos vino a hablar del valor de la curiosidad en los equipos, ¿Qué perdemos cuando dejamos de preguntar en el momento que no tenemos la respuesta (o no la intuimos)?
La duda como inversión estratégica
Otra de las creencias que sobrevuelan en el día a día de las empresas es que transmitir duda es signo de debilidad, de no ser suficientemente competente, de falta de conocimiento o experiencia. En ese sentido, Jordi fue tajante: “hace falta mucha humildad intelectual como condición previa a la pregunta”. Porque la pregunta puede romper lo establecido, pero también es necesario querer mirar dentro de la grieta. Un “no lo sé, vamos a averiguarlo juntos” es una puerta de entrada a lugares de aprendizaje para dar con respuestas más ricas, que un “esto es así, ya fue comprobado”.
Otra condición previa a trabajar con preguntas radicales es la curiosidad. Jordi lo resume en la frase “trabajar por alternativas, no por certezas”: ¿Qué otras soluciones podemos elaborar para responder a ese problema? ¿Qué pasaría si en lugar de quedarnos con las tres primeras respuestas a una sola pregunta exploráramos más?
Tras la intervención de Jordi Nomen en Certezas, nos vamos con la idea de que la foto que de verdad necesitamos cambiar no es la de la reunión rápida y ejecutiva en sí misma, sino la de los encuentros que terminan sin la apertura y la curiosidad que las buenas preguntas dejan como poso hasta la siguiente vez. Quizás sea esa una métrica que nadie ha medido aún: ¿cuántas preguntas siguen vivas para el día siguiente?