A primera vista, la única diferencia entre Google Maps y Waze es la interfaz gráfica. Si eres usuario de las dos, sabrás que Waze es más interactiva y te avisa y/o puedes informar de radares móviles, obras, o controles de policía. Aunque, desde que Google la compró por casi 1000 millones de dólares en 2013, poco a poco también va incluyendo muchas de esas funcionalidades en su famoso mapa.
Sin embargo, la gran diferencia se puede observar cuando al poner el mismo destino en los dos navegadores, cada uno te manda por un camino y una duración diferente. ¿Y qué significa eso? ¿Cuál tiene un algoritmo peor?
En mi opinión, lo relevante de esta diferencia no está en si hay un algoritmo mejor o peor, sino el propósito con el que fueron concebidos. Mientras que Google quería ofrecer a sus usuarios el camino más rápido y/o más corto, Waze buscaba, no sólo beneficiar al individuo, sino a la comunidad de usuarios-conductores y a la ciudad. Es decir, descongestionando las calles más atascadas al llevar a sus usuarios por caminos alternativos para aliviar el tráfico. Mientras uno nacía con una visión individualista, el otro abogaba por una visión comunitaria, donde el bien individual estaba conjugado con el bien común.
Es importante mencionar que lamentablemente esta diferencia apenas se aprecia hoy en dia. Hay estudios que demuestran que este tipo de apps, al ser usadas por tanta gente a diario han dejado de ser efectivas, incluso contraproducentes como bien explica este artículo. Esto es una muestra de lo complejos que se están volviendo los problemas que afectan a nuestra vida cotidiana.
Pero desde que descubrí esta diferencia de propósito, no ha dejado de resonar en mi cabeza. Y es que a lo largo de mi experiencia trabajando en Soulsight en proyectos de diferentes sectores, hemos vislumbrado la relevancia de este tipo de modelos comunitarios durante nuestras intensas fases de investigación y reflexión.
Ahora mismo me encuentro inmerso en un proyecto de investigación e innovación de la Unión Europea cuyo objetivo es incrementar la participación activa del usuario en el mercado energético. Y sí, otro proyecto más de esos en el que el enfoque user centric es una de las palabras que más resuenan en el briefing. No es necesariamente malo que las empresas e instituciones se hayan dado cuenta de que ya no solo pueden velar por el bolsillo de sus accionistas. A los clientes, que son los que al final pagan gran parte del pastel, también hay que cuidarlos un poco. Durante nuestro periodo de investigación nos hemos dado cuenta una vez más de lo importante que es la dimensión comunitaria en el sector energético. Hace un par de años ya fue objeto de discusión (y discordia) en nuestras conversaciones sobre comunidades solares con una de las grandes empresas energéticas de nuestro país.
Tan relevante consideramos la dimensión comunitaria que se ha vuelto en una parte troncal del proyecto. Y esto es así porque estamos buscando una solución de flexibilidad energética. Este concepto es poco conocido para el público de a pie, también lo era para mí antes de empezar. Por lo tanto, primero voy a explicar por qué la flexibilidad energética es importante, especialmente para los años venideros.
Todos soñamos con un mundo impulsado por energías renovables, ¿verdad? y, por tanto, libre de centrales térmicas altamente contaminantes (no me meto hoy en el debate de las nucleares). También soñamos con un mundo menos dependiente de los combustibles fósiles: coches eléctricos a tutiplén, paneles solares en nuestras casas que calientan el agua y nos dan electricidad, etc. Todo eso está muy bien, pero ante un mundo cada vez más electrificado y una generación de electricidad con mayores inconsistencias (nosotros no decidimos ni cuando sopla el viento ni cuando luce el sol), inevitablemente tendremos que lidiar con más y mayores problemas de estabilidad en la red.
Hoy en día, si hay un pico de consumo por un partido como el clásico, le damos a un botón, encendemos un nuevo reactor de la central y listo: demanda satisfecha. Pero en nuestro sueño eso ya no va a poder ser así, por lo que vamos a necesitar un sistema más flexible. ¿Qué quiere decir? Que debemos tomar consciencia de cómo se genera la energía que usamos y adaptar nuestros comportamiento de consumo para tener en cuenta las limitaciones de un sistema eléctrico más sostenible. De esta forma nos hacemos más “flexibles” a las necesidades del planeta y menos dependientes de las de nuestro ombligo.
Es decir, cuando haya un pico porque todas las teles de nuestro país estén encendidas por el partido, se nos pedirá, por ejemplo, el esfuerzo de no encender el horno para hacernos una pizza, o intentar hacerlo antes o después del partido. Y no bastará con que una persona lo haga, necesitaremos un buen puñado de buenos ciudadanos dispuestos a hacer el esfuerzo por el bien de todos. ¿Cuáles son las consecuencias de no hacerlo? Subidas del precio de la luz, subida de impuestos para mantener la red o incluso más riesgo de apagones.
Este ejemplo es solo uno de los muchos que ya hay e irán apareciendo. A medida que nuestra sociedad avance, surgirán más problemas complejos para los que vamos a necesitar soluciones sistémicas. Eso supone involucrar y coordinar a la comunidad entera. Y aunque somos un ser social, aún tenemos mucho que practicar. No tenemos por lo general un buen historial con las reuniones de vecinos… aun seguimos mirando a nuestro ombligo. Pero no nos queda otra, seguiremos viviendo en bloques de pisos y dentro de (cada vez más grandes) ciudades.
Esta es la crónica de una muerte anunciada del usuario-centrismo per se. Aunque no quiero ser yo el que lo mate, porque vivimos muy bien cuando nos tratan como personas. Pero sin que se no se nos olvide que no vivimos solos, que somos parte de algo mucho más grande: de una sociedad maravillosa, a la que echamos de menos en estos tiempos de pandemia y confinamientos, y de un planeta aún más maravilloso, que todavía clama de dolor por la falta de cariño que le hemos dado.
Juan Martino
Estrategia e innovación en Soulsight