¿Quién se iba a imaginar que, en este mundo de cambios acelerados y de transformaciones, los humanos nos íbamos a sentir más cómodos confesándonos ante una máquina que con otro ser humano? Pues esto, que podríamos tomarlo como una consecuencia lógica de la tecnología, es en realidad un cisne negro en nuestro modo de relacionarnos con la empatía y la vulnerabilidad. ¿Y cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué significa que un algoritmo, desprovisto de sentimientos, se convierta en el nuevo refugio emocional para tanta gente?
Cisnes negros, cisnes blancos
El concepto de «cisne negro», acuñado por Nassim Taleb, se refiere a eventos muy improbables que resultan en un impacto trascendental y que, una vez suceden, nos enfrascamos en racionalizarlos como si hubieran sido predecibles. En contraposición, el «cisne blanco» se refiere a un escenario posible donde la situación es conocida. Aquí pues, el cisne negro no es solo la tecnología que facilita esta interacción íntima, sino el cambio inesperado en nuestra psicología colectiva: preferimos la neutralidad de una máquina frente a la complejidad emocional de otra persona. ¿Realmente es un avance o es una señal de que nos estamos dejando algo de humanidad en el camino?
Menuda paradoja: diseñamos las máquinas para comprendernos mejor y nosotros mismos nos alejamos cada vez más del entendimiento mutuo. ¿Será porque las máquinas no juzgan, no se cansan, no nos traicionan…? ¿No vemos ninguna red flag precisamente en eso, en esa falta de humanidad en la que depositamos nuestra confianza? ¿Cómo habla de uno mismo el buscar apoyo y comprensión en algo que no lo ha necesitado nunca, que no conoce la desconfianza o el miedo? Así, el cisne blanco (lo predecible, lo esperado) sería un repunte de la búsqueda de apoyo en comunidades, en tejer nuevas redes y relaciones humanas. Pero aquí tenemos a nuestro cisne negro, al descubrir que en un mundo hiperconectado nuestras conexiones humanas se desvanencen. Y esto hace replantearse nuestra empatía, qué significa confiar. ¿Confiamos en una máquina para evitar depositar la confianza en otro ser humano, por el riesgo emocional que puede conllevar?
Somos seres complejos en busca de la sencillez
La mente humana tiende a simplificar, a reducir la complejidad, a hacer todo «más manejable», según Taleb. Es posible que confesar nuestros miedos a una máquina sea una manera de reducir la incertidumbre y de evitar las emociones imprevistas que podríamos desencadenar al hacerlo en un entorno humano e impredecible. ¿Pero no es eso precisamente, el manejo de la incertidumbre, una característica propiamente humana? ¿No es en el desorden y en el caos donde encontramos el crecimiento, el significado y la conexión?
Es posible que estemos adaptándonos a un cambio sin cuestionarlo y que, en la búsqueda de respuestas urgentes, simples y fáciles, ignoremos las preguntas más importantes: ¿qué perdemos cuando elegimos a la máquina frente a la complejidad humana?, ¿qué tipo de personas seremos si nos dejamos guiar por la neutralidad artificial en lugar de la profundidad de lo humano?
Este cisne negro no es solo una cuestión tecnológica, sino un replanteamiento de qué significa ser escuchado, comprendido… aceptado. Y como tal, nos emplaza a ahondar en lo evidente, a cuestionarnos y a mirar a la cara a la incertidumbre de lo que significa ser humanos, en este mundo que cada vez más se intenta regir por lo artificial.