Si cada vez nos movemos más, vivimos en casas más pequeñas, tenemos vidas más inciertas y acceso a todo aquello que podamos necesitar cuando queramos y donde queramos, ¿no es más lógico que prefiramos la fluidez del acceso y la responsabilidad compartida en comunidad en lugar de la esclavitud de poseer bienes materiales que nos atan para siempre?
La propiedad es el dominio que un individuo ejerce sobre un bien o recurso producido, explotado o consumido en beneficio propio. Y cuando hablamos de la idea de propiedad privada, estamos hablando de la base del sistema capitalista que rige hoy en día.
La llamada economía colaborativa, con modelos de producción, gestión y acceso comunitario, ha generado una gran controversia sobre la idea de propiedad privada frente al procomún colaborativo.
Y esta no es la primera vez en la historia que se plantea tal dualidad. Ya a principios del siglo pasado, el debate intelectual estaba dominado por los economistas Ronald Coase y Harold Hotelling. El primero defendía la asignación de derechos de propiedad como solución al problema de asignación eficiente de recursos, mientras que el segundo defendía que las infraestructuras deberían ser estatales.
Las tecnologías surgidas durante la Revolución Industrial implicaban grandes inversiones en infraestructura y logística, así como elevados costes de producción. Esto favoreció que para poder incentivar la inversión en dichas tecnologías debía articularse un sistema de propiedad privada, ya que, de no ser así, nadie invertiría en ellas.
El debate concluyó con la llamada Tragedia de los comunes, siendo el procomún colaborativo el gran perdedor. En este artículo, publicado en la revista Science a finales de los 60, se afirmaba que cualquier activo gestionado sin derecho de propiedad privado bien asignado estaba condenado a la sobreexplotación, ya que ninguno de los miembros del procomún tenía incentivo alguno para cuidar ese activo. De este modo, se instauró la idea de propiedad privada como el único medio de gestión eficiente de los recursos. Y tal fue el grado de privatización, que a finales de los años 70 se llegó incluso a privatizar el acervo genético de la humanidad.
Pero lo que diferencia la Revolución Digital que vivimos hoy, de la Revolución Industrial en su día, es el surgimiento de una nueva sociedad de coste marginal cero, a la que Jeremy Rifkin dedica su último libro. Gracias al software libre, el movimiento Open Source y el Creative Commons, no es necesaria tal inversión en infraestructura y logística, lo cual no sólo acelera la velocidad de innovación, sino que pone de nuevo en entredicho la necesidad de privatizar la propiedad.
En cuanto al debate intelectual, Elinor Ostrom, Premio Nobel de Economía en 2009, ha dado un nuevo giro a lo concluido en la Tragedia de los comunes, gracias a sus aportaciones investigando el gobierno de los bienes comunes.
Tras estudiar en profundidad formas de gestión en procomún en sociedades históricas y actuales regidas mediante gestiones colaborativas (en muchas ocasiones por locales), Elinor ha demostrado la efectividad de este tipo de gestión.
Es posible que estemos ante un cambio de paradigma aún mayor del que nos imaginamos, afectando no sólo al comportamiento de los usuarios o los modelos de negocio de las empresas, sino a todo el sistema económico que nos gobierna.
- En 1979 Ananda Chakrabarty fue el primero en adquirir una patente para un microorganismo diseñado genéticamente para eliminar petróleo del océano.
Leticia Alameda
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