Era 1968. París se revelaba por un futuro mejor que incluyese la imaginación. En Madrid nos teníamos que conformar con que IBM instalará uno de los 4 superordenadores, con inteligencia artificial, que existían en el mundo. Una acción que permitía llevar la incipiente ingeniería del conocimiento un paso más allá desde el Centro de Cálculo de la Universidad Complutense.
La alegría española se hizo notar con un seminario para que ingenieros de la información y artistas contemporáneos pudieran trabajar con la máquina y crear arte. Nada más y nada menos. Y así comenzó una experiencia frustrante atendiendo a la incapacidad de los artistas de entender una supercomputadora con interfaces imposibles y anti-humanos. O los ingenieros que no alcanzaban a conectar ni comprender los egos, deseos e iluminaciones conceptuales de artistas incapaces de resolver una ecuación simple.
El caos fue total… hasta que a alguien se le ocurrió introducir la figura de un intermediador. Un arquitecto. Así se crearon grupos de tres donde el arquitecto lograba conectar la matemática ingeniera con la sensibilidad artística, dos escenarios de los que el arquitecto era un profundo conocedor. Juntos se convirtieron en la inspiración de lo que serían los primeros prototipos del Photoshop. Los arquitectos se convirtieron en intermediarios de lo humano en la máquina.
Y lo más alarmante: la máquina inteligente ya DECIDE.
Esa es la necesidad 40 años después. Intermediación para lograr humanizar la máquina inteligente. La nueva electricidad en forma de Inteligencia Artificial se extiende desde lo digital a lo físico convirtiéndose en una nueva capa que lo está transformando todo. La máquina ya es inteligente, habla y aprende profundamente, mira con recelo y escucha con descaro. Y lo más alarmante: la máquina inteligente ya DECIDE.
Más que nunca la tecnología necesita ser intermediada. Y no sólo desde la regulación general como propone la Comunidad Europea, también desde la sensibilidad. Las humanidades y el arte deben dar un paso adelante y conformarse en el valor capaz de intermediar y evitar el desastre total: un mundo insensible y siempre eficaz donde el dato no atiende a contextos emocionales ni humanos.
Desde las empresas, los diseñadores o los botmasters debemos dejar de ser idiotas — insulto usado en la antigua Grecia para expresar la incapacidad de un ciudadano a pensar en el bien común, y no sólo en el suyo propio. Porque o dejamos de ser idiotas e introducimos humanidad y sensibilidad en el bigdata y el Excel de resultados o correremos el riesgo de vivir en un futuro en el que el libre albedrío sería el destello de un glitch en un mundo automatizado en colapso medioambiental. Tal cual.
Por eso realizamos este llamamiento: usted amante de las artes, la filosofía, la antropología, la ética, o la pedagogía, usted puede ser una perfecta intermediaria. O al menos le pedimos que deje de ser otro idiota más y empuje un futuro sensible (con imaginación).
Pedro (Furby) Enríquez de Salamanca
Strategic & Innovation en Soulsight