Ante situaciones que nos incomodan, saber dar con algún incentivo que nos permita poner la energía y empeño necesarios en sentirnos más cómodos, es clave para no abandonar a la primera de cambio. Las personas somos así, y funcionamos a través de mecanismos e instintos que nos ayudan a sobrevivir, afortunadamente. ¿Y qué es la motivación sino un instinto más?
Está claro que, superar los baches que te pone la vida no es solo cuestión de estar motivado, y que ese “impulso de positividad repentino” no es un elemento mágico que te hace invencible y capaz de superar todo lo que venga, ¡Por supuesto que no!
Pero igual que el ser humano posee muchos instintos, también tiene una gran capacidad de conocimiento, desarrollo, exploración y cuestionamiento. Y esta habilidad de introspección personal, de búsqueda y de crecimiento, puede ser crucial, teniendo consciencia de uno mismo, para conocer qué cosas te motivan.
En definitiva, la motivación forma parte de nuestras vidas y me atrevo a decir que incluso de nuestro día a día. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos hacemos las cosas motivados por diferentes impulsos, necesidades o emociones. Esos impulsos nos mueven a hacer, con más o menos acierto, pero nos mueven.
¡Ahí la clave!, una de las características más significativas que tiene la motivación es precisamente que te pone en movimiento, te empuja a tomar una decisión, te activa y de pronto te sorprendes afrontando situaciones desde otro lugar, situaciones que a priori no sabías cómo afrontar. ¿Qué sucede cuando todo esto lo trasladamos al día a día dentro de una organización?
Entonces, esa motivación tiene un contexto muy concreto. Los problemas y las situaciones a las que te enfrentas tienen detrás más personas, que como tú, pueden enfrentar su rutina con más o menos ganas.
Ya no estás solo con tus aprendizajes y tus motivaciones individuales, sino que formas parte de un grupo, y cuando los retos se enfrentan en equipo, la motivación también tiene que ser de alguna manera, colectiva.
El poder de las personas es incuestionable, o al menos eso creemos nosotros después de la experiencia trabajando en transformaciones culturales con grandes organizaciones.
Así como podemos trasladarnos los unos a los otros pensamientos negativos y crear un ambiente de pesimismo absoluto, cuando somos capaces de transformarlo en algo positivo, en lo que la gente crea y le encuentre un valor real, entonces la motivación sí que consigue hacer magia.
Todos sabemos el poder que tienen las masas, la gente confía en gente y se ve representada por gente. Por eso, cuando enfocamos la motivación a este tipo de procesos transformadores, y contamos con que nuestra principal herramienta para que las cosas pasen son las personas, la motivación pasa a tener una función muy específica: mantener la energía del cambio en movimiento.
Pero no podemos pasar por alto una cuestión importante: cuando hablamos de mantener la energía en el punto adecuado siempre nos vamos a encontrar con personas que estén en momentos diferentes. Independientemente de que la motivación colectiva (de la que hablábamos antes) sea en muchos casos suficiente para mover a las personas en una dirección y con un propósito claro, siempre van a existir grados de motivación y más si el proceso que estamos viviendo va a llevar tiempo.
Estar motivado no significa ser un loco positivista ni un suicida, significa encontrar una razón que tenga el valor y significado suficiente para mantener una energía y un grado de implicación constantes.
Y no hay una fórmula perfecta que dé con un nivel de motivación colectivo adecuado para cada situación, ni vamos a poder convertir a los “desmotivados por antonomasia” con los que nos topemos dentro de la organización. Estar motivado no significa ser un loco positivista ni un suicida, significa encontrar una razón que tenga el valor y significado suficiente para mantener una energía y un grado de implicación constantes.
Pero, ¿qué pasa cuando nos enfrentamos a proyectos que se prolongan en el tiempo, que no van a obtener resultados hasta pasados los años?, en estas situaciones mantener esa energía constante se convierte en un reto en sí mismo.
Y como todo reto, antes de enfrentarnos a él necesitamos entenderlo. Poner sobre la mesa todas aquellas cosas que pueden influir en el desarrollo de ese cambio a largo plazo, nos ayuda a visualizar la foto global, y coger perspectiva. Pongamos un ejemplo para entendernos mejor;
Imaginemos que nos han invitado a un viaje de aventura, nos van a llevar a ascender uno de los picos de montaña más altos y técnicos del mundo, y nos han reunido para contárnoslo. ¿Cómo podremos estar 100% seguros de que somos capaces de sobrevivir a dicha experiencia, y sobre todo a poder disfrutarla? ¿qué podemos hacer si queremos evitar abandonar?.
Sólo si nos cuentan cómo va a ser la experiencia, por dónde vamos a pasar (desde los mejores momentos a las situaciones más difíciles), qué necesitamos preparar, con qué materiales nos tenemos que hacer, qué gente nos acompañará en todo momento, a quién podremos acudir cuando nos encontremos mal, y cómo está planificado hacer el viaje… solo entonces, sentiremos que podemos estar más o menos preparados para hacerlo.
Pues lo mismo sucede cuando transmitimos la necesidad de que las personas estén motivadas en pro de generar un cambio positivo dentro de una organización. No se trata de algo que podamos reclamar sin más.
Y esto se acentúa mucho más cuando se habla de cultura, porque la cultura de una organización la conforman las personas que trabajan en ella, con las relaciones que se establecen entre los trabajadores y con cómo se afrontan los mil y un acontecimientos que les suceden. La cultura son esas personas que trabajan en trasladar al mundo su propósito y que lo hacen posible en su realidad.
Por lo tanto, la motivación no sale de cualquier sitio, no nace de la noche a la mañana ni sirve universalmente para todas las situaciones y personas. La motivación en las transformaciones culturales funciona y consigue sacar el mayor potencial de las personas en tanto en cuanto se ha entendido por qué se la necesita, en un contexto determinado y con un objetivo concreto.
Digamos entonces, que ese momento en el que se les presenta la gran foto a nuestros empleados, es el momento clave en el que tenemos que saber transmitir bien qué esperamos de ellos, cómo les vamos a ayudar a conseguirlo, y qué cosas van a ir sucediendo en el camino. Si somos capaces de encender bien la hoguera en este punto, entonces, mantener la llama será cuestión de turnarse para controlar el fuego.
Cristina Bucero
Estrategia e innovación en Soulsight
Si estás interesado en conocer mejor lo que hacemos, ponte en contacto a través de info@soulsight.es y estaremos encantados de contártelo.