Parece claro, que el sistema económico con el que venimos funcionando desde hace décadas necesita una dosis de transformación y unos cuantos ajustes.
Recesión, decrecimiento, desigualad… nada nuevo bajo el sol, excepto que el “ansiado nuevo modelo” todavía está en proceso de definición y, mientras tanto, seguimos funcionando como siempre.
Algunos ya experimentan las bondades de modelos alternativos al margen del sistema. Y cada vez son más los profesionales en la materia que hablan de la necesidad de avanzar hacia otro tipo de capitalismo, un modelo híbrido donde el valor vaya más allá del producto y se centre en el poder de las personas. La idea suena muy bien, sobre todo teniendo en cuenta que el actual modelo no ha valorado en absoluto el potencial humano.
En este momento es importante tener en cuenta que cualquier cosa que queramos transformar necesariamente debe pasar por basarse en otro sistema de valores. Tal y como ya se está demostrando.
Y aquí es donde entra la empatía, no en su acepción más cotidiana, como la capacidad que tenemos para entender los sentimientos de los demás, sino vista como el compromiso de comprender y trabajar por el bienestar de las personas.
El modelo, todavía vigente, premia la eficiencia y el crecimiento por encima de cubrir las necesidades de las personas, y así es imposible transformar nada, sobre todo en este momento histórico en el que nos encontramos.
Por eso me pregunto, ¿qué pasaría si el sistema económico se reestructurara de tal forma que pusiéramos la empatía en el centro?
Quiero imaginar que habría un nuevo orden de prioridades. La preocupación por la educación de los niños, el cuidado de una sociedad que cada día está más envejecida, la lucha contra las injusticias sociales, conservar el planeta… serían temas claves en la agenda.
A esto se añadiría la necesidad de otro tipo de monedas, menos vulnerables a las fluctuaciones y que transciendan al puro valor financiero. Monedas que ya han demostrado su enorme valor al entender que cualquier ser humano es capaz de contribuir a hacer de su entorno un sitio mejor. El tiempo, la confianza, el cuidado… de nuevo la empatía.
Y que a diferencia del dinero tradicional, son ilimitadas, su pertenencia no trae ningún beneficio o especulación. Al revés, sólo cuando se comparte libremente, su valor se multiplica.
La empatía, el compartir y la cooperación pueden alimentar una economía en la que todo el mundo puede definirse a sí mismo como un contribuyente valioso. Quizá sea el momento de poner definitivamente a las personas por encima del Sr. Don Dinero.
Carmen Bustos
Socia fundadora de Soulsight
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