Cada noche se alquilan unas 40 mil habitaciones alrededor del mundo. Particulares de distintas ciudades ofrecen sus servicios sin las comodidades de un hotel y, por tanto, a un precio mucho más accesible. La idea es eliminar lo prescindible y quedarse con lo importante, una buena ubicación, un diseño cuidado, y unas referencias que avalen la decisión tomada.
Coches, ropa, barcos, espacio, todo se comparte a un módico precio. ¿Para qué comprarnos algo si podemos disfrutarlo? O mejor, ¿por qué pagar más pudiendo pagar menos?
La lógica de mercado es aplastante. Es mejor acceder que poseer. Y además, sientes que estás consumiendo de una forma mucho más responsable. Disfrutando del uso y el reuso, o poniendo a disposición de la comunidad cosas que pueden reportarte un beneficio económico. Compartir es más rentable que no hacerlo. Y bajo esa premisa comienza mi reflexión.
Cuando empiezas a participar en estas iniciativas te das cuenta que tu comportamiento como usuario cambia. Eres mucho más empático, generas otro tipo de vinculación con el servicio, te vuelves más confiado, al fin y al cabo entre el tomador y el prestador hay muchas cosas en común. La principal, el propósito de querer formar parte de algo distinto.
Disfrutar de lo que otros comparten te transforma como persona, te hace estar más cerca. Los que lo habéis experimentado alguna vez ¿sabéis a qué me refiero?
Disfrutar de lo que otros comparten te transforma como persona, te hace estar más cerca.
Me gustaría que por un momento pensáramos qué pasaría si en vez de compartir nuestras habitaciones, coches o trasteros, compartiéramos la falta de salud, de comida, de energía o de educación.
Puede sonar raro, pero estoy convencida de que compartir estos “grandes problemas”, tan alejados de nuestra realidad, aunque fuera por unas horas, nos ayudaría muchísimo a todos a buscar soluciones innovadoras y diseñar propuestas disruptivas.
Al saber qué se siente no teniendo luz, conectaríamos más rápidamente con las necesidades de esas personas, y es donde el compartir cobraría otra dimensión, amplificando nuestra empatía.
Afortunadamente, hoy muchos profesionales están trabajando para ver cómo la tecnología y la creatividad nos van a permitir en décadas ser capaces de resolver muchos de estos desafíos, pasando de la escasez a la abundancia.
En África, por ejemplo, se han saltado una generación tecnológica pasando directamente al móvil, sin pasar por el fijo. La penetración crece tan rápido que un Masai puede acceder a educación y salud. El móvil se convierte en profesor, doctor, etc., en una puerta de entrada muchísimo más económica al conocimiento y a servicios.
Parece que no es un tema de recursos, sino de mentalidades, lo cual en cierta medida es alentador. Al menos somos conscientes de que el 99% del planeta no tiene que vivir jodido por escasez de nada, más que de voluntades.
Carmen Bustos
Socia fundadora de Soulsight
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