Ayer un amigo que vive en Inglaterra comentaba en Facebook como, al llegar a la cola del avión para volver a España por Navidad, la realidad de la picaresca española se hacía evidente. Gente colándose por donde podía, jactándose de cómo poder engañar haciendo trampas con el equipaje… en definitiva, ese “aquí el que no corre vuela” al que estamos ya tan acostumbrados que ni nos damos cuenta. Y decía, que no le extrañaba que nos fuera como nos va.
Vivir fuera te da mucha perspectiva y te hace ser muy consciente de que hay otras formas de hacer las cosas y, sobre todo, de relacionarnos los unos con los otros. Que hay un por qué para seguir según que reglas y normas, por el bien de todos. Y que, o empezamos a darnos cuenta de eso e intentar cambiarlo, o seguiremos como estamos, o peor.
Nunca se me olvidará cómo me impactó ver que en Copenhague por ejemplo, las madres dejan los carritos de sus bebés (incluyendo el bebé) fuera de las cafeterías, aparcados en fila, mientras ellas se relajan dentro sabiendo que no pasará nada. Dicen que los daneses son prácticamente una “tribu”, porque tienen tan arraigados ciertos códigos culturales como la confianza, que se pueden comportar de esa manera tan relajada, porque saben, confían, que todos respetarán esos códigos.
Los seres humanos, por naturaleza, necesitamos regirnos por ciertas normas y que del cumplimiento de las mismas depende que podamos seguir avanzando como sociedad.
No importa si ese marco de actuación es cultural o legal, lo que está claro es que los seres humanos, por naturaleza, necesitamos regirnos por ciertas normas y que del cumplimiento de las mismas depende que podamos seguir avanzando como sociedad.
Pues bien. Si en España continuamos arrastrando esa picaresca tan aceptada cultural y socialmente, que se ha convertido en nuestro ethos y que afecta también a nuestras instituciones, ¿qué podemos hacer para empezar a cambiarlo?
Empezar por nosotros mismos. Está muy bien ir a votar a las urnas o quejarnos como deporte nacional de cómo las instituciones o las corporaciones se aprovechan de nosotros. Pero hasta que no consigamos ese marco o sistema que corrija nuestro comportamiento como organizaciones y ciudadanos, y que ya vemos que nos puede llevar mucho, mucho tiempo, siempre podemos empezar por cómo nos relacionamos los unos con los otros, como personas, y de manera voluntaria.
Si queremos colaborar más, relacionarnos mejor y sumarnos en lugar de restarnos, tenemos que empezar por entender cómo se construye esa confianza, que no deja de ser un contrato bidireccional. No es fácil, pero tampoco es imposible.
Os dejo un esquema sobre la anatomía de la construcción de confianza que años de investigación académica han concluido:
Límites: comunica tus límites y respecta los límites ajenos.
Consistencia: si te comprometes a hacer algo, cúmplelo. Siempre.
Responsabilidad: si cometes un error, reconócelo, discúlpate y rectifica.
Discreción: si alguien te cuenta algo en confidencia, respétalo.
Integridad: haz lo que es correcto, no lo que es fácil.
Tolerancia: empatiza con los demás y no juzgues erróneamente sus debilidades.
Generosidad: elige pensar de un modo generoso, lo que significa asumir la mejor intención del otro.
Leticia Alameda
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