No sé hasta qué punto pensar en soluciones disruptivas acerca del consumo nos acerca aún más a la necesidad de identificarlo como algo de lo que no podemos desprendernos, y eso da miedo.
Si queremos cortar de raíz el problema al que conlleva el consumo compulsivo e insaciable del que nos rodeamos en la actualidad, tenemos que despertar del consumismo y ser conscientes de que salir de él va a suponer “no seguir bailando la misma canción que el resto en la pista de baile”.
Pero, ¿hasta qué punto somos capaces de ir a contracorriente o hasta qué punto queremos llevarlo a cabo? En una sociedad en la que se crece identificando las estaciones del año con momentos de consumo (como lo pueden ser los campamentos de verano, que implican comprarse todo el equipo para irse 15 días, las navidades, la primavera de el ECI…) las decisiones que tomamos se ven influenciadas totalmente por esos momentos. No se trata ya de consumir una cosa u otra, sino de verte empujado a consumir para pertenecer al mundo donde, si no te subes al carro, no formas parte de él.
Pero podemos estar tranquilos, tenemos libros de autoayuda que te enseñan cómo cuidar a tu pareja, entender a tus hijos, a ligar, a superarte a ti mismo, y no descarto que haya libros que te digan cómo y cuándo tienes que cagar para ser mejor persona. Se trata de ir tapando huecos, sin darnos cuenta de que vamos abriendo poco a poco uno más grande.
Nuestra necesidad de consumo no viene sólo del consumo material sino de otro lugar, emocional, espiritual…
No es más que un círculo vicioso, o un devenir del que no somos conscientes hasta que paramos a analizarlo (si nos paramos), y en el que ni siquiera ésas reflexiones nos inundan tanto como para ir en su contra de forma disruptiva.
Ansiedad es lo que creo que queremos calmar a la hora de consumir (más allá de nuestras necesidades primarias), sin darnos cuenta de que esa ansiedad viene de otras carencias que provocamos de personas a personas o de yo-persona a mí mismo.
De ahí que seamos consumidores insaciables, porque nuestra necesidad de consumo no viene sólo del consumo material sino de otro lugar, emocional, espiritual… llámalo como quieras, que nos hace preguntarnos por qué nacemos y qué podemos hacer para que nuestra vida tenga sentido. Demasiado engorroso meterse ahí…
Es mucho más fácil desahogarnos (hablando de gente que posee dinero) creyendo que si me compro el coche más chulo voy a ser más y mejor considerado en el trabajo, y por un minuto calmar esa inquietud con nosotros mismos, y respirar minutos de tranquilidad. Pero es absurdo, el consumidor es insaciable porque la sociedad es insaciable, y lo que se consume está diseñado para que se consuma ahora y de nuevo se vuelva a crear la necesidad de seguir consumiendo.
Se podría decir que es una obsolescencia programada a nivel global, creamos cosas que tengan sentido consumir aquí y ahora pero que presenten un fin cada vez más inmediato, como nuestra necesidad.
¿Por qué no soy capaz de ofrecer soluciones disruptivas? Porque lo siento así, y encuentro el consumo en el ADN de las personas, igual que lo siento en mí (me guste o no) y tendría que deshacerme de educación, formas de vida, creencias, más allá de eliminar centros comerciales o estilos de comercio.
David Hume dijo alguna vez: “Esta avidez de adquirir bienes y posesiones para nosotros mismos y nuestros más cercanos amigos es invariable, perpetua, universal y directamente destructiva para la sociedad.”
Aquí está el problema. Producir una ruptura brusca en una sociedad de consumo, ¿es cargársela? ¿Desde dónde? ¿Es necesario? ¿Acaso podemos?
Cristina Bucero
Estrategia e Innovación en Soulsight
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