Últimamente he tenido varias conversaciones con amigos y conocidos en las que se manifiesta abiertamente el agotamiento, la desesperanza, la pérdida de ambición por hacer cosas en las que antes encontraban momentos de felicidad… El malestar se hace cada vez más explícito y aunque cuesta ubicarlo en un hecho concreto, intuyo que la raíz de este desasosiego generalizado se llama futuro.
Poder borrar la palabra futuro de nuestro vocabulario sería hoy el mejor modo de estar en el mundo. Encontraríamos quizás, otra forma de sentir y vivir el presente. El hoy sería pleno. Suficiente.
Bonito sí, pero ¿inalcanzable?
Hace poco leí en algún lado (lo siento, pero no recuerdo dónde), que el progreso de nuestra especie es un síntoma de la incomodidad que nos produce habitar el mundo y que vivimos en una permanente desazón porque nunca nos encajan todas las piezas. No somos capaces de encontrarnos en ningún lugar.
Simplemente no encajamos en el mundo o, mejor dicho, es el mundo el que no nos acaba de encajar a nosotros. Y avanzamos, y avanzamos, pero en realidad, nunca llegamos a alcanzar la plenitud que buscamos. Esto ha sido para nosotros el futuro hasta hace bien poco, una huida hacia adelante en búsqueda de una posibilidad de mejora. Sin embargo, hoy, el futuro es el vacío y es por esto por lo que el presente, se vuelve cada vez más incómodo. Hay una relación entre esa mirada constante hacia adelante y nuestra forma de vivir el presente. El futuro se construye de muchos presentes y es por esto, que nuestro futuro está vacío.
La parálisis de la sociedad es la consecuencia de todo esto.
Formamos parte de una civilización resignada y entregada al azar. Cambio climático, desigualdad, el impacto de la tecnología, inestabilidad económica, pandemia… Colapso. Ante esta realidad que es la que es (y es inmutable) la única forma de tener un impacto real es construir relatos posibles de futuro, encontrar en el colapso la oportunidad de ser, a nivel individual y colectivo. Colapso también puede significar cambio.
Sí, es fácil caer en la tentación de venirse abajo y sentarse a esperar al próximo gran evento que impactará en nuestras vidas y es difícil imaginar que puede que no esté todo perdido y que somos capaces de reparar muchas de las cosas que están mal. Esto nos cuesta más, precisamente, porque no encontramos herramientas en las que apoyarnos para construir nuevos relatos de futuro. No nos han enseñado en ningún lado que un futuro deseable existe. Nunca nos han contado esa historia, puede que a los de mi generación (voy a cumplir 45) alguna vez, allá por los 90, nos hicieran creer que eso era posible, que en el futuro nos esperaba lo mejor, pero los 90 quedan ya muy atrás y parece que, a mis amigos y conocidos, como a muchos otros, ya no les queda nada de aquel mantra del “todo se puede si uno quiere”. Pero yo soy de las que se niega a pensar que todo está perdido, porque el vacío, contiene en sí mismo la posibilidad de ser llenado y simplemente, necesitamos encontrar con qué hacerlo.
Una parte fundamental del ser humano ha sido la creación de narrativas (tanto individuales como colectivas). Las individuales a día de hoy, no existen, dejamos que nos las cuenten, no las creamos nosotros. Personalmente creo que podríamos comenzar a superar la necesidad de llenar cualquier espacio de información con narrativas de futuro pesimistas. Y también de escucharlas. No, no estoy proponiendo vivir de espaldas a la realidad, mas bien propongo habitar este contexto de un modo más positivo. Añadir un poco de esperanza a nuestra existencia no nos viene mal, colmar ese vacío con una respuesta positiva a nuestros “para qués” es fundamental y además es el único modo de llevarnos a la acción. Sólo tenemos que contarnos una nueva historia sobre “lo que ha de ser”. Y despertar.
Natalia Cisterna
Estrategia e innovación en Soulsight