Si hay algo que está demostrado que funciona y ha sobrevivido a lo largo de la historia es la naturaleza. Y desde que el hombre está en la tierra, ésta ha sido una fuente de inspiración constante. Cuando quisimos volar nos fijamos en el pájaro, hemos construido casas térmicamente más eficientes imitando las estructuras de los termiteros que se autorregulan y ventilan, hemos resuelto problemas de aerodinámica en trenes copiando el pico de los martines pescadores o solucionado el problema de las algas y moluscos en los cascos de los barcos diseñando superficies antiadherentes inspiradas en la piel del tiburón. Como éstos hay miles de ejemplos que se enmarcan bajo la disciplina de la biomímesis, el arte de imitar a la naturaleza para solucionar nuestros problemas.
Pero la naturaleza no es un conjunto de seres y elementos muy bien diseñados. Ya lo decía Aristóteles, “el todo es más que la suma de las partes.” La verdadera magia está en cómo se relacionan todos esos seres y elementos, la interconexión entre el mundo mineral, vegetal, animal, el agua, el clima, etc. es lo que permite crear un sistema sostenible en el tiempo que vela por la supervivencia de todas las partes: los ecosistemas. La clave está en la observación de la naturaleza de una forma más amplia, como un todo. Un claro ejemplo son las cascadas tróficas, un proceso ecológico que comienza en la parte superior de la cadena alimentaria y avanza progresivamente hacia abajo. Un conocido ejemplo es cómo la reintroducción de los lobos en el parque de Yellowstone en 1995 no sólo cambió el ecosistema del parque por completo sino que provocó una alteración geográfica modificando el curso de los ríos.
Como parte activa del ecosistema al que pertenecemos, debemos relacionarnos con él con un enfoque sistémico. Y no hablo solamente de el día que salimos al campo de excursión o el reciclaje en nuestras casa, me refiero a la actividad que desempeñamos todos los días en nuestros trabajos. Nosotros hemos construido un sistema mercantil y económico al que dedicamos la mitad de nuestro día y que determina fuertemente nuestras vidas. Muchos no vivimos ya preocupados si lloverá suficiente para nuestras cosechas, si podremos dar de comer al rebaño con la hierba de la primavera, o si el frío nos obligará a desplazarnos hacia el sur. Lo que nos quita el sueño hoy es el precio de la luz, la política de aranceles de Trump o el miedo a no poder comprar la TV en el black friday.
Matar una araña de presencia discreta en nuestro dormitorio porque nos da asco puede provocar que proliferen los mosquitos, provocando un entorno más incómodo lleno de chupasangres que molestan día y noche. Pensar en el aquí y ahora tiene sus consecuencias en el futuro. Y en esas horas de oficina… ¿pensamos en el impacto colateral que van a tener nuestras acciones y decisiones sobre los productos y servicios que manejamos? ¿A qué se asimila matar esa arañita de nuestro cuarto en el entorno laboral?
Decidir poner a 10€ al mes el acceso a toda la música del mundo para que la escuches cuando y donde quieras, impacta no sólo en la venta de CDs, sino que transforma por completo la industria de la música. Desde cómo se consume — pasando del concepto de álbum a lista — hasta la forma de producirla, de álbum de estudio a single para YouTube.
Apostar por una movilidad más eficiente mediante un servicio para compartir trayecto y coche mediante un servicio digital, además de ser generador de empleo y esperanza para una ciudad mejor, puede provocar un fuerte rechazo, miedo y odio en otros sectores de la sociedad que se sienten amenazados por el cambio generando un conflicto.
Nunca llueve a gusto de todos, pero cuando estamos pensando en dar un paso, ¿reflexionamos y tratamos de visualizar las consecuencias negativas que podemos generar? ¿O acaso nos vemos obnubilados por nuestras ideas y lo mucho que van a mejorar el mundo?
Si no somos capaces de pensar de forma global nunca vamos a controlar realmente lo que hacemos y vamos a vivir en un desequilibrio constante, contrario a la armonía que tiene esa naturaleza que nos inspira.
Todo lo que hacemos tiene consecuencias, directas o indirectas. Es la ley de acción-reacción. Si no somos capaces de pensar de forma global nunca vamos a controlar realmente lo que hacemos y vamos a vivir en un desequilibrio constante, contrario a la armonía que tiene esa naturaleza que nos inspira.
En esta tesitura quiero introducir el término de relaciones simbióticas en el mundo del business. Hay diferentes tipos de simbiosis, pero haré foco el mutualismo, que son aquellas relaciones en la naturaleza en las que todos los individuos salen beneficiados. Tenemos que entender que en los ecosistemas no hay enemigos. Cada uno acomete su función, sabe cuál es el propósito de su existencia y esto permite que el sistema funcione. Este juego de roles, donde unos son depredadores y otros presas es una forma de regular el sistema y que todos salgan beneficiados. El lobo al cazar a la desmesurada población de ciervos que habitaba en Yellowstone permitió que se generase más vida porque el suelo dejó de erosionarse, reintroduciendo el equilibrio. ¿Habíamos llegado a un colapso del mundo del taxi? ¿Son empresas como Uber los lobos que van a traer el equilibrio de nuevo? El que en la naturaleza no se adapta muere, es la ley de la evolución.
Aunque los ecosistemas son un ejemplo de sostenibilidad en el tiempo, no son infinitos. ¿Dónde quedaron los dinosaurios o los mamuts? Y no fuimos nosotros los culpables, la naturaleza se autorregula y en ella nada dura para siempre. Ser consciente de ello así como conocer la longevidad de tu propia especie permite vivir de una forma más plena. Las moscas apenas viven un mes y en el otro extremo existen árboles de miles de años, pero ambos cumplen su misión durante su periodo vital. ¿Sabemos cuál es la longevidad media de nuestra empresa? ¿Sabemos en qué espacio de tiempo deberíamos acometer nuestra misión?
Existe otro principio en la naturaleza: nada crece sin fin. ¿Os imagináis árboles de 2km? No permitirían que la luz del sol llegase a la superficie y moriríamos. ¿Qué pasaría con una manada de ciervos de 3 millones de ejemplares? En Yellowstone había comenzado este problema, pero al final se reguló por la introducción del lobo. Cuando esto pasa en el entorno se llega al colapso, que es un sistema natural de autorregulación. Sin embargo en las escuelas de negocio nadie te dice el tamaño hasta el que tienes que crecer. La tendencia es el infinito: crecer, maximizar, expandir, internacionalizarse, incrementar… lo que provoca que casos como el de Take Eat Easy, una empresa de reparto en bicicleta que murió porque creció demasiado rápido sin conseguir más rondas de financiación que la sostuviesen. O cuántas grandes multinacionales se han vuelto inmanejables e ineficientes por el tamaño y complejidad al que han llegado por el hecho de vender más, valer más, estar en más países, etc.
La mentalidad del limitless desconecta a las empresas del propósito original por el que nacieron y por tanto se desconectan de las personas. Es en ese momento cuando aparecen nuevos players, más pequeños, más ágiles y con las ideas claras ocupando el lugar que las grandes han ido abandonando inconscientemente. Esto sucede en todos los sectores, como por ejemplo en la energía con HolaLuz, Podo o, en la banca, con N26, Bnext o Revolut, que vienen a traer de nuevo la transparencia, la sencillez y la cercanía con la que nacieron los grandes mamuts de hoy. ¿Estamos a las puertas de una nueva extinción? ¿No es acaso esto parte del proceso natural de la evolución?
Juan Martino
Estrategia e innovación en Soulsight
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