Hay dos hechos que son comunes a todas las personas: nacer y morir. Y no podemos elegir ninguno de los dos. Podemos decidir poner fin a nuestra vida, pero no podemos decidir ser concebidos ni evitar morir algún día.
Morir y vivir se unen por muchos caminos. De hecho, en sí misma, la vida es un camino, y este camino tiene un indicador que te sitúa: la salud. Te sitúa dentro de la sociedad en la que vives y formas parte.
En sus inicios salud se definía como la ausencia de enfermedades biológicas. ¿Tienes la peste? Estás fuera. La suciedad y la mierda como una barrera de entrada.
¿Estoy sano? Estar sano te incluye o te excluye de un sistema productivo. Un sistema productivo que tiene su origen en la Revolución Industrial: tenemos que estar sanos para poder producir y alimentar la cadena de valor. La salud como un indicador social.
Como todo indicador evoluciona y se resignifica. En 1948 amplió su definición como “el completo bienestar físico, mental y social”. De repente los factores emocionales y psicológicos son sensibles a condicionar a todo ser humano obligado a emplear sus aptitudes dentro de una sociedad. Y no sólo eso, sino que el propio ámbito social evalúa si las condiciones de tu entorno condicionan tu propio bienestar y, en consecuencia, el que tú condicionas.
En conjunto todo son filtros de entrada y salida. ¿Qué ocurre? Que estos mismos filtros cambian al mismo tiempo que desarrollamos nuevos marcos políticos y culturales. De repente la condición sexual se convierte en una enfermedad mental y su diagnóstico te expulsa del sistema. Del mismo modo que un déficit de atención te incapacita para desarrollar tus aptitudes académicas al 100%: te conviertes en objeto inválido. Si no sirves, no produces, si no produces, ¿de qué me vales?
Valemos para otro sistema. De repente este diagnóstico desfavorable te introduce dentro de un sistema que tiene su propia producción. Curarnos. Medicarnos. Porque si todos estamos sanos, ¿dónde está el negocio?
El diagnóstico tiene un circuito propio y cerrado donde las compañías farmacéuticas, los centros de dietética, las empresas de rehabilitación, gestionan que el individuo traspase la barrera que le separa del sistema. Un diagnóstico que tiene sus propias soluciones para incluir a sujetos que se consideran inservibles. De esta manera el tratamiento de una patología no se interpreta como un problema de salud, sino como una herramienta para gestionar que puedas incluirte en la Sociedad de nuevo. La respuesta del diagnóstico siempre es una herramienta para que vuelvas a tener sentido en la vida como ser de una sociedad.
Este pensamiento, que no es tan generalizado, tiene además un factor clave: el conocimiento. Adquirimos mayor conocimiento y las personas, de repente, somos más conscientes y conocedoras de la cadena de la que formamos parte. El conocimiento nos empuja a tener una mayor autorresponsabilidad, ¿qué puedo hacer yo para estar sano? Evitar tener que formar parte de ese diagnóstico físico, mental y social.
¿Qué pasaría si eliminásemos las barreras de entrada? ¿Qué ocurriría si esa responsabilidad de excluir o incluirse en el sistema recayese en el propio individuo?
Laura Martín
Estrategia e Innovación en Soulsight
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