La diversidad humana es una realidad social y psicológica. La diversidad hace referencia a la identificación de la persona por la que cada cual es como es y no como nos gustaría que fuera. Su identidad. Pero el individuo siente un fuerte impulso natural identificarse con algo que represente su propia identidad en un grupo o colectivo. Necesitamos pertenecer a cosas que nos representen como individuo y extiendan nuestra identidad más allá de nosotros mismos.
La aceptación de la identidad de una persona por parte de un grupo es lo que definirá su nivel de inclusión en la sociedad. Buscamos la afinidad con nuestros iguales, reconocer lo que nos identifica en otros o en ideas comunes. Nuestra identidad es una convicción tan nuestra e irrenunciable que provoca que nos cueste mucho aceptar y gestionar al diferente. Muchas veces nos ciega y no nos permite ver más allá. En la mayoría de los casos, el rechazo al diferente se produce por miedo o desconocimiento. No estamos dotados para llegar a compromisos y acuerdos con grupos de extraños o competidores.
La inclusión es la actitud, tendencia o política de integrar a todas las personas en la sociedad, con el objetivo de que éstas puedan participar y contribuir en ella y beneficiarse en este proceso. La inclusión busca lograr que todos los individuos o grupos sociales, sobre todo aquellos que se encuentran en condiciones de segregación o marginación, puedan tener las mismas posibilidades y oportunidades para realizarse como individuos.
Desde el inicio de nuestra existencia como especie, nuestra fuerza como ser humano reside en nuestra capacidad de colaboración.
Desde el inicio de nuestra existencia como especie, nuestra fuerza como ser humano reside en nuestra capacidad de colaboración. Esto nos ha hecho ser capaces de ser la especie dominante en el planeta y transformar entornos y ecosistemas a nuestras necesidades.
La necesidad de colaborar responde a nuestras propias limitaciones como especie y como individuos. Nuestra desventaja precisamente nos obliga a tener en cuenta la riqueza de la diversidad de las personas dentro de un grupo para poder aprovecharnos de ella. Aceptamos la diversidad siempre dentro de unos límites y códigos comunes. Siempre tiene que haber un hilo de conexión que nos identifique con el diferente para llegar a aceptarlo por completo. Por ejemplo, podemos simpatizar con un partido político y nuestra pareja con uno radicalmente diferente, pero existe un amor que nos une. Puedes ver un partido de fútbol con un aficionado de un equipo rival, porque os une una amistad. Existe un vínculo superior que une a las personas que une las diferencias en torno a este vínculo.
La diversidad y la inclusión son dos caras de la misma moneda y no pueden vivir la una sin la otra. Esto me lleva a preguntarme, ¿somos realmente capaces de aceptar la diversidad de otra persona sin ese vínculo superior? ¿Ejercemos realmente una inclusión verdadera y honesta de las personas o prima nuestro interés común por encima de ello?
Carlos Murillo.
Estrategia e innovación en Soulsight
Si estás interesado en conocer mejor lo que hacemos, ponte en contacto a través de info@soulsight.es y estaremos encantados de contártelo.