¿Qué es la «economía de la abundancia»? ¿Por qué hoy se habla tanto de la «economía de la abundancia»? ¿Qué es lo que es hoy tan abundante que ha dado la vuelta al paradigma clásico, que se construía sobre la escasez? En la teoría clásica, los recursos para satisfacer las necesidades y deseos del ser humano eran limitados. Limitados eran los medios de producción, limitadas eran las fuentes de energía y limitadas, también, las horas de trabajo disponibles. El mercado era, o eso dicen, una negociación entre capital, recursos y mano de obra. Y ninguno era abundante. Es más, desde Aristóteles, para quien la economía se ceñía a mantener la despensa llena, hasta Ricardo, que incorpora la extenuación de la mano de obra en el proceso productivo, la escasez era el motor de la economía.
¿Qué es lo que ha cambiado desde entonces? En términos prácticos, con la imposición de la globalización de la explotación tanto de los recursos como de la mano de obra, estos dos factores han crecido considerablemente. Son mucho más abundantes que hace 50 años, efectivamente; pero aún siguen siendo limitados. Un crecimiento que se ha visto multiplicado, además, por la eclosión de la tecnología, ya sea extractiva, productiva o logística. Sí, ahora producimos más, consumimos mucho más y, en consecuencia, contaminamos muchísimo más. Pero siempre en cantidades limitadas.
Sin embargo, mucho antes de la globalización y la tecnología, la teoría económica basada en la escasez ya había sido cuestionada. Ya en el primer volumen de El Capital, Marx indica que las necesidades y los deseos del ser humano no son ilimitados, sino que están enmarcados dentro de un contexto social con sus propias dinámicas y presiones, por lo que es fácil suponer que, en determinados contextos sociales, su satisfacción tendría un límite, y que, una vez alcanzado éste, la tecnología sería capaz de explotar los recursos de tal manera que se podría hablar de «súper-abundancia».
¿Es de esta «súper-abundancia» de la que hoy se habla? Va a ser que no. Hoy no se habla de limitar el consumo, sería como limitar la cantidad de satisfacción posible para el consumidor –una traición al mercado tal como hoy se entiende–; hoy de lo que se habla es de la abundancia de medios de producción, recursos y mano de obra –aunque no sea de todos los medios, recursos y mano de obra. Y, derivado de esa prodigalidad, quizá quieran referirse a la superabundancia de capital.

Ni tampoco se habla de aquella otra abundancia de la que se hablaba desde el otro espectro del conocimiento económico, el neoliberalismo. Cuando estos hablan de abundancia se refieren, fundamentalmente, a precio y accesibilidad. Así, por ejemplo, hablaban de la abundancia del cobre y lo argumentaban sobre que hoy, a pesar de ser más escaso que nunca, era más barato y se conseguía de forma más rápida que nunca hasta ahora. Así como el marxismo hablaba de la abundancia desde la transformación del ser humano a través de la transformación de la sociedad, el neoliberalismo lo hace a través de la transformación del mundo. Pero ninguna de las dos hablan de abundancia tal y como hoy se habla, en términos de «súper-abundancia».
Porque hoy se habla de abundancia más allá de la accesibilidad y precio y no tanto como una transformación del ser humano. El ser humano, en este contexto, es ya un ser acabado y no requiere de más transformación que su consciencia como agente económico. O eso dicen. Esta «súper-abundancia» está muy ligada con aquel planteamiento finalista que entendía la historia como algo terminado –en términos de Fukuyama, nunca de Hegel, a quien ni han leído… es decir, el ser humano había llegado a su planteamiento definitivo, el mercado proveía su satisfacción y mientras más inserto en él estuviera, mayor serían sus cotas de contento. Bueno, más o menos. Y digo más o menos porque en esa acepción hay tantos elementos discutibles que ni siquiera es útil como marco de referencia; pero más allá de esa crítica –que, a pesar de ser fundamental, no es el objeto de este escrito, pero pensar que el ser humano es un proyecto acabado no habla tanto del fin del ser humano como de que lo que está acabado es ese proyecto– a ese postulado sobre la historia como algo periclitado y al mercado como proveedor de satisfacción inmediata e infinita le fallaba un elemento: la sempiterna escasez de las materias primas, tan obstinadas ellas.
Y ahí empezó la obsesión por la «súper-abundancia». Si la economía iba a redimirnos de las carencias necesitaba que no hubiera carencias. Es decir, esa pretensión neoliberal del ser humano como un proyecto finalizado requería transformar el mundo, y es el mundo donde ese ser humano encuentra y explota los recursos. Y, como eso es complicado, el mundo es lo que es y sus límites no los pone la economía –esa era la tarea clásica de la epistemología, pero ésta ha sido desterrada ya de ese ser humano casi plenamente satisfecho: ya no necesita conocer, basta con que haga–, había que transformar cómo entendemos el mundo o, mejor dicho, había que transformar sobre qué se construye la economía: la tricotomía clásica que definía la economía y, por tanto, el desarrollo del capitalismo, como la negociación entre capital, recursos naturales y mano de obra ya no valía. De los tres elementos, el único fundamental, inamovible, era el capital; los otros dos pasaban a ser disponibles. Sin quererlo, habíamos inaugurado el poscapitalismo. O, más fácil, sin quererlo habíamos alcanzado el «súper-capitalismo», al hacer del capital el medio de producción hegemónico. Sea como sea, habíamos alcanzado el punto donde la mano de obra no es un factor en la constitución del precio, ya desde Menger y su teoría subjetiva del precio. ¿Y los recursos naturales?

Dado que no pueden ser explotados infinitamente porque el mundo tiene sus propios límites, irrevocables, las leyes de la física, sí que podemos emanciparnos de esa tiranía de lo real y convertir en explotable la información que generan esos propios recursos naturales. Así visto, esa idea de la «súper-abundancia» es el redibujo definitivo de la relación entre la economía, el ser humano y el mundo, convirtiéndose en una disciplina centrada únicamente en el capital y su desarrollo. No es casualidad que la «súper-abundancia» se explique muchas veces a través de Minecraft y su Creative Mode.
Minecraft es un videojuego en el que el usuario debe alcanzar un cierto bienestar, que no es otra cosa que no morir, mediante la explotación de recursos naturales y la construcción de objetos, desde hachas a rieles de trenes. Y todo, para escapar de unos monstruos que pueblan la noche, y que tienen la facultad de matarle de formas variopintas. Sin embargo, Minecraft permite un modo de juego, el Creative Mode, en el que todos los bienes están permanente e indefinidamente disponibles con los que el jugador, que puede hasta volar, puede construir lo que quiere sin apenas trabajo. Basta entrar en Youtube para ver todo lo que los jugadores pueden hacer: y como pueden hacer cualquier cosa, abundan los Taj Mahal, las murallas chinas o las catedrales góticas.

¿Pero, y en el mundo real?
En el mundo real, como siempre que se trata de imponer una idea y no se quiere hacer una revolución, y el poscapitalismo súper-capitalista no está para revoluciones –bastante tiene con lo suyo, que es mantenerse como ideología hegemónica–, los cambios no pueden ser sino procesos de imposición más o menos lenta: el desarrollo de las tecnologías de la alimentación, la explotación de todo como información, la transformación de la idea de propiedad y la implementación de modelos económicos. Y, quizá lo más interesante, es que esos la imposición de esos tres procesos tiene consecuencias inesperadas, que no hacen sino profundizar, y afianzar, el cuestionamiento sobre la pervivencia del capitalismo.
Primero, los procesos:
Del laboratorio a la mesa.
Hace unos meses se anunció que ya es posible producir carne, o mejor dicho: proteína cárnica, a partir de células madre. También que se está desarrollando un modelo de depuradora de aguas fecales de bolsillo y extremadamente barato. Desde hace unos años los medios disfrutan apabullándonos con algunas noticias espectaculares sobre el desarrollo tecnológico y su capacidad para acabar con el hambre en el mundo. Eso sí, esos desarrollos tecnológicos muchas veces no pasan de ser eso: meros desarrollos tecnológicos. Y, cuando han llegado a comercializarse, no han solucionado el problema que anunciaban iban a solucionar. Los transgénicos o los biocombustibles, por ejemplo, son dos ejemplos de tecnologías que, lejos de solucionar los problemas que prometían solucionar, los has complicado aún más.
El mundo entendido como información, no como materia.
Suele pensarse que es la tecnología la responsable de esta transformación y no es así. El mundo entendido como información no es sino el corolario de un proceso que comienza mucho antes: la formalización del mundo por la mathesis pre-moderna y contra la que tanto protestó Adorno. Es, mucho más que el resultado de un proceso económico o tecnológico, el resultado de una ambición epistemológica. Que entendamos, y explotemos, el mundo como información es el colofón de un proyecto intelectual que comenzó con Descartes en el s. XVII y que Foucault definió como el estudio, y definición, cuantitativo del mundo. En sus propias palabras: « …le rapport de toute connaissance à la mathesis se donne comme la possibilité d’établir entre les choses, même non mesurables, une succession ordonnée. En ce sens l’analyse va prendre très vite valeur de méthode universelle…» Se trataba, en una palabra, de pensar y, por tanto, conocer un mundo ordenado, sólo así inteligible para la mentalidad moderna. Y de aquellas aguas estos lodos: de aquel mundo cartesiano, ordenado y secuencial, pronto no escaparía nada. Todo tendría que ser contado, y ese recuento lo englobaría todo. Todo debería ser mensurable para poder ser. Y todo lo que es mensurable es gestionable como ¡información! Y, así, incluso cosas que no son, son. Porque no hay nada tan mensurable, ordenable y cuantificable como la información. Como los genes, que no son sino unidades cuantificables de algo que no es sino… ¿información? La información, entonces, es la última frontera de lo mensurable, que es lo que constituye el mundo.
Y, a partir de ahí, ¿cómo no iba a ser explotada por la economía y administrada por la tecnología, esos dos saberes herederos de la mathesis? La información es, y lo será cada vez más, la materia prima definitiva. Accesible, ubicua, fácil de almacenar y transportar… ¡lo tiene todo! De ahí que no sea extraño que hoy las empresas que triunfan sean aquellas que han conseguido explotar o bien directamente la información, como en el caso de los buscadores de internet, o bien aquellas que están empezando a interpretar lo material como información. Ahora, que la «súper-abundancia» pueda serlo, que sea una posibilidad real, depende en gran medida de que la interpretación que hoy empieza a darse en cuerpos, semillas, animales, música, libros, cine, coches, casas, trabajo… sea impuesta en todos los ámbitos. Que lo consigan o no, eso es otra cosa.
La obsolescencia de la idea de propiedad.
La propiedad es el uso, no la pertenencia. Tienes porque usas, no porque posees. Así podría resumirse el clamor antipropietario actual. Es lo que Rifkin llamaba la «economía del acceso».
La propiedad, convertida en una relación de uso, libera al poseedor del compromiso que adquiría al adquirir la propiedad. Hay quien afirma que esto no es más sino un síntoma más de una sociedad alérgica a los compromisos, que entiende toda responsabilidad como una atadura. Sea como sea, lo que sí es cierto es que, a partir de la noción de propiedad, el propietario no sólo adquiría responsabilidades sino también derechos. ¿No afirmaba Locke que era la propiedad la que constituía al sujeto como sujeto político? ¿No era la condición de dueño de su trabajo lo que le permitía prosperar?
La economía circular.
Quizá esta sea la respuesta del sistema capitalista a la sobre-explotación de los recursos y el creciente deterioro medioambiental. No es la primera y, vistos los problemas de implementación, tampoco será la última. Se trata, por resumir, en implementar un proceso recursivo de producción, uso y reciclado de acuerdo a la siguiente lógica:
producción → uso → reciclado → producción
Con lo que la industria, cada industria y todas las industrias, conseguirían la independencia material definitiva: liberadas de la dependencia de recursos y energía. Eso es lo que buscan las compañías cuando proponen implementar procesos de economía circular.
Por otra parte, en cierta medida, ese bucle cerrado de bienes eternamente reciclados y reciclables es, en cierta medida, otra metáfora de la informatización del mundo: las cosas ya no son lo que son sino el estado que ocupan en el proceso. Una mesa, por ejemplo, ya no será aquel tablero con cuatro patas que constituía el arquetipo «mesa» sino los estados que ocupan mesa y tablero en el proceso continuo y circular de producción, uso y reciclado. La mesa deja de ser un objeto para ser un proceso. La mesa pasa a ser ¡información! de un estado.
De los tres procesos, quizá el más complejo de imponer sea el segundo, el relativo a la propiedad. La idea de que el dueño del tractor deje de ser propietario del tractor, que simplemente tenga acceso a su uso y no pueda disponer de él como le venga en gana parece difícil que se haga real. Sin embargo, es lo que General Motors, primer fabricante del mundo, está defendiendo en los tribunales de los Estados Unidos. O es, por no salir del mismo sector industrial, lo que Monsanto lleva haciendo décadas. Y si ya se ha hecho con semillas, ¿por qué no iba a hacerse con tractores?

Y, ahora, las consecuencias.
La confluencia mundo-información gestionado por la tecnología, la obsolescencia de la idea de propiedad y la implementación de la economía circular nos va a conducir a eso que Rifkin llama la economía de coste marginal 0, una economía en la que la producción abarate tanto sus costes que entremos en la «súper-abundancia». Porque la información hará que todo sea más accesible. Porque habrá tantos bienes para el disfrute y todos fácilmente renovables que la propiedad ya no será necesaria. Y porque la industria, independizada de los recursos energéticos y materias primas, producirá todo a coste 0. O casi. Habremos entrado en la era de la post-escasez, habremos dejado atrás la necesidad y todos los problemas que acarrea.
O casi.
Porque en ese escenario se plantean dos grandes cuestiones, oportunidades para unos o problemas para otros.
El primero es ¿tiene sentido la economía de mercado cuando el mercado es infinito? O, dicho de otra forma, la tienda del legendario tendero de Smith no tendría sentido: ¿con qué iba a comerciar si todo estuviera disponible en todo momento y en todas partes? Y, tan importante como eso: ¿en qué moneda iba a cobrar? O, dicho de otra forma, ¿quién le iba a pagar por algo que él habría conseguido gratis? El mercado, tal y como lo hemos entendido hasta ahora, dejaría de existir; y, con él, el medio de pago del intercambio: el dinero. ¿Cómo se hace para que algo valga más que algo cuando todo es igual de disponible y vale lo mismo para todos? ¿Y con qué se paga algo que está siempre alcance de la mano? Un mundo sin economía de mercado ni teoría monetaria: ¡cuánto economista parado!
Y, hablando de parados, que sea el desarrollo económico el responsable de las postrimerías de la ciencia económica tendría algo de irónico. Pero más allá de los chistes, la consecuencia derivada del fin de la economía de mercado y de la teoría monetaria es otro fin, y también fundamental para la construcción del capitalismo tal y como lo entendemos: el fin del trabajo. ¿Para qué va a trabajar nadie si todos los bienes son accesibles y a coste 0? ¿Y para qué va a trabajar si no hay dinero para pagar su esfuerzo?

Bueno, quizá nunca llegue a pasar, pero he de reconocer que a mí me gustaría. Un mundo sin dinero y sin trabajo. Sin facturas, hipotecas o directores de sucursal. Y sin nóminas, jefes ni clientes. Quizá no sea el paraíso pero, lo cierto, a un mundo así me apunto. De cabeza. Pero, y vuelvo al principio, ese futuro no va a llegar: y es que nosotros no sabríamos vivir en un mundo abundante, no estamos hechos para eso. Sin pretender extenderme en esto, que da para un par de libros, un ejemplo: ¿Qué sucede cuando uno entra en un parking y hay muchas plazas disponibles? Que no sabe dónde aparcar. Primero opta por una plaza, enseguida escoge otra, aún no ha aparcado en esta segunda y ya opta por una tercera. Al final, escoge una cuarta plaza. Y cuando deja allí el coche, lo hace con la duda de que esa plaza no era la mejor. Nosotros, para actuar, tenemos que reducir el número de posibilidades antes de poder decidir. Y la escasez es un modo que obliga a reducir posibilidades. Demasiadas variables amplían las posibilidades de error o, al menos, las posibilidades de que uno sienta que no ha tomado la mejor opción. Lo mismo pasa en el lineal de yogures del supermercado: si uno no tiene claros sus gustos, un ejercicio de predefinición que exige tiempo y conocimiento y que no siempre estamos dispuestos a invertir –¡tanto pensar para un yogur!–, muchas veces uno opta por, ni siquiera, acercarse al lineal. Yo no tomo yogures porque no me gustan tanto como para superar esa curva de aprendizaje con ciertas garantías de éxito…
Porque a partir de las necesidades más básicas, la abundancia genera muy pronto eso que Veblen llamó consumo conspicuo. Ese consumo que no es sino una forma de derroche. La «economía de la abundancia» bien puede traducirse como la «economía del derroche». Y si no, ¿qué sucede cuando un ser humano vive en la abundancia absoluta? ¿Quién vive en la abundancia absoluta? Así, a bote pronto, se me ocurren los hijos de los jeques árabes o Paris Hilton. ¿Y cómo viven? Sin entrar en detalles, no creo que ninguno pueda ser expuesto como modelo de comportamiento: un mundo de consumo conspicuo en speed: sexo pornográfico, videojuegos y música pop. No, el ser humano no sabe vivir en la abundancia. Ni lo necesita. De hecho, hoy todos podríamos vivir, si no en la abundancia, sí en un mundo en que todo lo necesario estuviera cubierto de forma suficiente. Y sin caer en la banalidad del consumo conspicuo. Bastaría, eso sí, la voluntad de querer repartir los bienes que hoy existen, que son muchos, con equidad. Porque, y valga como resumen, conseguir la «abundancia» es un problema económico, pero disfrutarla es un problema moral. Y estos suelen ser mucho más complicados de solucionar.
Luis Montero
Estrategia e Innovación en Soulsight
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