El movimiento “Wellness” (Bienestar) es un término en inglés que se usa generalmente para definir un equilibrio saludable entre los niveles mental, físico y emocional de las personas. Dentro del ámbito de las organizaciones, éste término está ganando terreno a la hora de contribuir a una saludable conciliación entre trabajo y vida. La importancia de prestar especial atención a la cultura del bienestar dentro de las organizaciones está acusada por los enormes cambios que está sufriendo el mercado laboral, el mercado global y sus recientes consecuencias latentes.
Cada vez más es más notoria la decadencia del mercado laboral tal y como acostumbrábamos a entenderlo. Solo en España encontramos una tasa de paro actual de 20,4% de la población, y dentro de esa tasa el 45,3% son parados menores de 25 años y en ambos caso la mayoría son mujeres. Los índices de empleo nos están mostrando claramente la tendencia relativa de decrecimiento del trabajo asalariado, indefinido y a tiempo completo; en contraste encontramos el alzamiento de empleos atípicos, o eventuales. Posiciones ocupadas en su mayoría por jóvenes, mujeres, inmigrantes y minorías étnicas y que implican un coste económico y emocional que esta haciendo hueco a una nueva clase social que muchos ya conocen como el “precariado”. Una clase sin identidad profesional que rechaza las viejas ideologías políticas predominantes porque es incapaz de reconocerse en las mismas. Si hace un años el desempleo era una anormalidad del sistema, ahora se ha convertido en una variable redundante, un escenario avecina una transformación radical en las normas, valores y actitudes que conciernen al futuro del mercado laboral.
Muchos teóricos hablan de fin del trabajo, en términos sociológicos, como el fin de la centralidad del trabajo en el conjunto de las relaciones sociales, en particular en cuanto a la conformación de identidades colectivas. Nuestra realidad actual es fragmentaria y el trabajo está dejando de ser el canon estructurante de pertenencia de las personas a una sociedad. Esta pérdida de importancia del trabajo como un medio de realización vital, se relaciona con la pérdida de su función a la hora de generar de valor y propósito. Sin embargo, esta realidad está teñida de un carácter plenamente subversivo, dado que el trabajo sigue siendo, en términos económicos, la base que sostiene el tejido social y, por tanto, los cimientos de nuestros modelos de bienestar. El trabajo es aún para la mayoría de la población el único principio de cohesión social posible. Las personas somos aún dependientes psicológica, política y socialmente del empleo.
Si por un lado vemos como nuevas formas de entender el trabajo florecen, se reinventan roles, posiciones, modelos empresariales que albergan otras posibilidades, estas nuevas emergencias son aún minoritarias para el garantizar una sociedad del bienestar sostenible como conjunto de ciudadanos que compartimos un bien común: la cohesión social. La mayoría de las personas que se encuentran en disposición de trabajar e incluso aquellas que tienen la suerte de tener un empleo, por precario que sea, están atrapadas dentro de un sistema obsoleto en vías de cambio que aún no comprenden. La sensación de malestar no solo afecta al porcentaje de población actualmente desempleada, sino que la incertidumbre se ha convertido en una constante endógena en el clima de la mayoría de las organizaciones.
La aceleración tecnológica que hemos experimentado en los últimos años, está dejando de lado cualquier tipo de pronóstico sobre el futuro del trabajo, el futuro de la educación y en definitiva el futuro del bienestar de nuestras sociedades.
Además de las claves ya comentadas, encontramos que en estos nuevos desequilibrios un marcado crecimiento en la desigualdad de oportunidades dentro mercado laboral. Es evidente que la aceleración tecnológica que hemos experimentado en los últimos años, está dejando de lado cualquier tipo de pronóstico sobre el futuro del trabajo, el futuro de la educación y en definitiva el futuro del bienestar de nuestras sociedades. El futuro no pertenece a la época industrial del pasado, sino al desarrollo de una economía diferente que aún está por dibujarse. Todo trabajo que sea susceptible de ser industrializado por medios tecnológicos quedará obsoleto en los próximos años. Las inercias actuales de nuestros sistemas de gestión del bienestar no son capaces de albergar la obsolescencia del trabajo asalariado y reinventar nuevos roles, al mismo ritmo que marca la innovación tecnológica actual según la ley de Moore.
Ésta aceleración tecnológica, no solo está terminando con más trabajos de los que puede crear, sino que además, exige nuevas competencias y habilidades para afrontar retos que hoy en día aún son desconocidos. Los empleos del futuro nada tienen que ver con las exigencias hoy en día se demandan. Virginia Hefferman en un articulo publicado en el New York Times: “Education Needs a Digital-Age Upgrade” nos augura que el 65% los estudiantes de primaria de hoy, desempeñaran un trabajo que no se ha inventado todavía. Asimismo el envejecimiento de la población en los países más desarrollados pronostican un nuevo cambio en la forma de liderar lo que algunos llaman plantillas transgeneracionales. Donde las exigencias de los Baby Boomers, nada tienen que ver con sus sucesores los millennials.
Si unimos todos los aspectos problemáticos que se han comentado, encontramos un cóctel molotov que de forma muy evidente explota contra los principios básicos de nuestro actual sistema de bienestar, atacando en primera instancia las necesidades básicas de las que nos habla Maslow en su famosa pirámide. Si bien es cierto, que cualquier alternativa sistémica anuncia serios sacrificios económicos, las corrupciones que se están generando en nuestro actual sistema también tienen un alto precio. Investigaciones previas que hemos realizado con en el seno de grandes corporaciones nos han alertado de ciertos desequilibrios sistémicos en la gestión de los “básicos” que no son más que claros síntomas de un intercambio de consecuencias internas y externas obligadas a convivir. La crisis del 2008 en España es un claro exponente de agravamiento en la problemática. Fuga de talento, contratos “precarios”, inestabilidad económica, etc. No auguran un futuro prometedor a largo plazo. Es posible que la primera idea que nos venga a la cabeza sea incrementar los contratos indefinidos, incrementar las jornadas laborales, mejorar las políticas de compensaciones y beneficios al trabajador, procurar una mejor conciliación entre trabajo y vida etc… como respuesta a un idea que corresponde con una modelo del bienestar de un sistema industrial. Y si es cierto que estos son factores que hay que atender a corto plazo, no olvidemos que el reto que se nos presenta no es tan observable como parece. Si el trabajo ha dejado de ser o va a dejar de ser el medio de cohesión entre individuo y sociedad: ¿Qué nuevos tipos de relaciones tendrán las personas con su trabajo? ¿Qué se considerará trabajo? ¿Qué características tendrá este trabajo? ¿Cuáles serán sus jerarquías y estructuras si es que las tienen? ¿Cuál será su modelo de bienestar?
Esther Achaerandio
Estrategia e Innovación en Soulsight
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