No ha existido nunca la ciudad perfecta. La ciudad perfecta no existe. Nuestro hábitat de cemento no es un entorno natural que evoluciona por si mismo, de una manera orgánica. La ciudad es un producto del ser humano que evoluciona con nosotros y al igual que nosotros, no ha llegado, ni llegará nunca, a la perfección. Y esto a pesar de parecer algo negativo, a mí me parece bello. Desde que existen las ciudades hemos buscado alternativas a la realidad, proyectando a través de las utopías, otras opciones de convivencia y distribución de la riqueza. Ciudades ideales para una sociedad ideal. La imaginación nos ha llevado siempre a buscar la mejora de lo actual proyectando otros futuros, siempre positivos y aunque irrealizables, con un ingrediente de posibilidad. Las utopías nos han inspirado a lo largo de la historia, nos han dado alas para creer que nuestra convivencia, nuestro entorno, puede ser de otro modo, mejor.
Son muchas las imágenes o lecturas utópicas que podemos rescatar y a través de ellas, también detectar los anhelos de la sociedad en cada momento histórico. La ciudad ideal de Platón y la división de la sociedad bajo funciones a cumplir en favor de una ciudad común. La “Ciudad del Sol” de Campanella, basada en el conocimiento y en la educación de los pobres para hacer frente a las clases más ricas. Las “Ciudades Jardín del Mañana” del libro de Howard, ciudades saludables colmadas de zonas verdes que desde luego han servido de inspiración a los urbanistas de épocas posteriores. Resaltar también las viviendas octogonales de Fowler que iluminó a la “Sociedad de Emigración Vegetariana” para construir su ciudad para vegetarianos en Allen, Kansas. La utópica Atomurbia (1947), que proyectaba una ciudad bajo tierra para protegerse del ataque de bombas nucleares y que aunque nunca se construyó, fue la musa para los estadounidenses durante la Guerra Fría, que incluyeron en el diseño de sus casas, refugios subterráneos. Las ciudades suspendidas de Fuller, que más tarde fueron el punto de partida para mejorar el transporte urbano a través el diseño y creación del Zeppeline. También está en esta lista Le Corbussier con su ciudad Radiante (1924), que aunque nunca se materializó como tal, sí fue el inicio del diseño de viviendas de alta densidad, nuestros edificios de hoy. Y por último citar a la isla de Tomas Moro, Utopía. El punto de partida de un sueño hacia lo perfecto.
Hoy vivimos en ciudades sin rumbo, atrapadas en imaginarios distópicos, ciudades sin modelo, a la deriva.
Hoy, en cambio, la distopía es lo que se lleva y el miedo, es su disparador. La distopia es el reflejo de la falta de apego, de la impotencia. Nos hemos tragado el discurso de que el futuro está escrito y que nuestro único destino no existe porque nosotros nos lo hemos cargado. Hoy vivimos en ciudades sin rumbo, atrapadas en imaginarios distópicos, ciudades sin modelo, a la deriva. Hemos arrancado de nuestras creencias toda posibilidad de mejora y solo somos capaces de dibujar alternativas de destrucción.
A principios del s.XXI decidimos, con el apoyo de la regulación, que nuestras ciudades fueran infinitas, que crecieran sin medida y para ello, con la ley en la mano, convertimos la periferia campestre en suelo urbanizable y construimos sin parar. Las grúas y los grandes rascacielos e urbanizaciones eran nuestro horizonte mientras, el centro de la ciudad se degeneraba. En 2008 llegó la crisis y todo cambió. Se diseñaron nuevas leyes para incentivar la regeneración, la rehabilitación de lo construido y le devolvimos al centro de la ciudad el lugar que le pertenecía. Años después, bajo esa pátina de cuidado del patrimonio, asistimos al maquillaje de los edificios y a la expulsión de los vecinos de las zonas centrales de la ciudad para convertirlas en centros turísticos y en templos de consumo. Podemos añadir a los desequilibrios propios de lo urbano un escenario nuevo al que nunca antes nos habíamos enfrentado: el cambio climático o la degradación medioambiental. Si a esta realidad indiscutible le sumamos el imparable desarrollo tecnológico, el discurso catastrófico está servido. A mi parecer, un discurso mal gestionado y peligroso, que nos deja vacíos de esperanza y con pocas ganas de imaginar que existen mundos alternativos a esas grandes y nuevas ciudades donde todo está controlado y medido, siempre con la excusa de ordenar ese inmenso caos que nos acecha provocado por el “indiscutible” crecimiento demográfico en la urbes venideras.
En el s.XX las distopías se basaban en la percepción de un riesgo palpable, las de hoy se basan en la incertidumbre, en las de una humanidad sin destino, en las de una ciudad perdida, sin rumbo. No por esto, las distopías actuales que proyectamos son inútiles, pues son el reflejo de nuestra sociedad, airean nuestros miedos. En nuestras manos está el combatirlos. Alejemos de nuestro futuro aquello que no queremos que esté en él. El futuro, como siempre digo, no contiene una sola posibilidad, sino infinitas. El futuro será lo que queramos que sea. Debemos confiar en él y no despojarlo de esperanza y eso debemos hacerlo desde el presente. Creemos que estamos sumidos en una realidad que no somos capaces de negar, de la que no tenemos escapatoria. Pero eso no es cierto. Sólo necesitamos parar, imaginar y actuar. Recuperar nuestra capacidad de soñar, que la tenemos. Escribir otros discursos, confiar y dejar de hablar de lo que pudimos haber sido para imaginar que seremos lo que siempre quisimos ser.
Natalia Cisterna
Estrategia e innovación en Soulsight