Friedrich Hayek, uno de los padres del Neoliberalismo, pensaba que la sociedad se rige sobre un sistema automático y auto-dirigido; un orden espontáneo creado por millones de personas que persiguen únicamente su propio beneficio. Las teorías de Hayek consideran el egoísmo como un motor de gobierno de nuestra la sociedad. Bajo este paradigma, no es casualidad que desde el Neoliberalismo se premien aquellas conductas vinculadas a valores racionales y pragmáticos, que se diluyen en nociones como la falta de empatía, la indiferencia emocional, y la ausencia de responsabilidad individual y social.
Si analizamos el patrón de conducta que Hayek propone, desde un punto de vista psicológico, estamos hablando claramente de un perfil psicópata. Recientes estudios certifican que el 1% de la población son psicópatas, sin embargo, éste índice se multiplica por cinco entre líderes políticos y empresarios [1]. Joseph Stiglitz identifica el 1% de la población cómo el más rico y poderoso en un sistema que retroalimenta siempre a los mismos. Si el 1% de los humanos en la tierra son psicópatas, y la riqueza y el poder mundial está gobernado por el 1% de la población: ¿Es demasiada especulación pensar que se trata de un mismo porcentaje?
Lo que está claro es que el desenfrenado interés personal e individualismo radical, promovido y apologizado desde la lógica del capitalismo de fin de milenio, se ha replicado incansable e irresponsablemente en nombre de la democracia. La escuela de la competitividad de “Business as usual” reforzaba la ideología del suma zero: ganar o perder no entra dentro de la escala de grises posibles. Desde ésta perspectiva es un auténtico triunfo para Hayek haber construido un conjunto de creencias y teorías que se han interiorizado como dogmas de fe dentro de la cultura occidental.
Hemos dejado que el capitalismo se apodere estructuralmente de ésta psicopatía y lo hemos asumido como si se tratase de un proceso natural.
Ahora bien, pensemos por un momento que la teoría de Hayek solo es válida para precisamente ese 1% de la población. ¿Por qué hemos consentido que éste modelo mental tenga tanto impacto en resto de la población? ¿Somos todos algo psicópatas? Yo creo que no. Pero hemos dejado que el capitalismo se apodere estructuralmente de ésta psicopatía y lo hemos asumido como si se tratase de un proceso natural.
Inspirándonos en la figura del ironista que tan vigorosamente defendió el pragmatista americano Richard Rorty; imaginemos que a través del proceso de socialización hemos recibido un lenguaje equivocado, y que por ese motivo nos hemos convertido en la especie errónea de ser humano[2]. Para el filósofo la ironía es el remedio para aflojar la rigidez de nuestros modelos metales, y nos ayuda a ser conscientes del problema. El ironista abraza abiertamente la irremediable contingencia del lenguaje. De esta forma, el lenguaje no es más que un gran conglomerado de metáforas y modelos mentales en continua transformación. Si todo lo que reconocemos como verdad irónicamente es contingente; de la misma forma que nos distanciamos de lo aprendido, podemos aproximarnos a nuevas ideas y construir nuevos mundos posibles. Supongamos que el fin último de nuestro sistema económico no se basa en el egoísmo, ya que “hemos aprendido el lenguaje equivocado”: ¿Es posible un sistema económico basado en la solidaridad? ¿Es posible colaborar para ser más competentes?
Afortunadamente no somos los únicos, además de Rorty, que nos hemos hecho esta pregunta; hoy en día hay muchas empresas y organizaciones que ya se la están jugando inventando y apostando por nuevas reglas en el juego del capital.
[1] http://www.20minutos.es/noticia/2247156/0/psicopatas/lideres/poderosos/#xtor=AD-15&xts=467263
[2] Rorty, Richard. 1991a. Contingencia, ironía y solidaridad. Barcelona: Paidós. Pag. 93
Esther Achaerandio
Estrategia e Innovación en Soulsight
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