Aunque no sea imprescindible haber leído la primera parte de esta reflexión para leer este artículo, aquí puedes acceder Construir identidades en contextos de cambio (parte I).
La necesidad de ser reconocidos
En la configuración de nuestra identidad cabe una dimensión relacional que tiene que ver con la mirada del otro, con nuestra necesidad de ser reconocidos, de que nuestra existencia encuentre algún tipo de reflejo en los demás (no es debilidad…somos seres “sanamente” interdependientes).
El filósofo, Axel Honneth, sostiene que gran parte de los conflictos humanos son, en el fondo, luchas por el reconocimiento.
Para Honneth, el reconocimiento es una necesidad humana fundamental. Las personas necesitamos ser reconocidas por otros para poder desarrollar una identidad sana y una relación positiva con nosotras mismas. Queremos que nuestra voz sea escuchada, que nuestra experiencia sea validada, que aquello que consideramos importante sea visto por otros y cuando ese reconocimiento falla o se niega, surge el sufrimiento, la lucha social y el conflicto.
Honneth distingue tres formas distintas de reconocimiento, cada una con su espacio social y su consecuencia psicológica:
- El amor en las relaciones íntimas: familia, amistad, pareja. Genera autoconfianza. Es el reconocimiento más básico y el primero que recibimos. Cuando falla, produce vulnerabilidad emocional profunda.
- El derecho en la esfera jurídica y social. Ser reconocido como sujeto de derechos iguales genera autorrespeto. Su negación produce humillación y exclusión.
- La solidaridad en la comunidad y la cultura. Ser valorado por las propias capacidades y contribuciones genera autoestima. Su negación produce invisibilidad y menosprecio.
Honneth toma esta idea de Hegel y la reformula: el motor de la vida social es el deseo profundo de ser reconocido. Cuando ese reconocimiento se niega, las personas y los grupos luchan para recuperarlo.
La identidad, por lo tanto, se construye desde dentro pero también en relación y eso a veces hace que muchas crisis de identidad sean, en realidad, crisis de reconocimiento. Momentos en los que la imagen que tenemos de nosotros mismos deja de coincidir con la forma en que somos percibidos.
Probablemente, será por eso que hoy vivimos en una época tan obsesionada con la visibilidad donde nunca habíamos tenido tantas herramientas para mostrarnos y, sin embargo, pocas veces hemos sentido tanta incertidumbre sobre quiénes somos.
La identidad como legado
Existe una última dimensión que rara vez exploramos. Hablar de identidad implica tener una mirada sobre el pasado y el presente, como venimos viendo hasta ahora, y también tiene que ver con el futuro, con aquello que permanecerá cuando ya no estemos. Nuestra identidad no termina en nosotros. Continúa en los efectos que provocamos.
Las personas dejamos huellas en quienes nos rodean, en las conversaciones que mantenemos, en las decisiones que tomamos, en las vidas que tocamos…
Por ello una pregunta que nos convoca es: ¿Qué quedará de mí? No me refiero a un ejercicio de trascendencia, esta pregunta nos sirve más bien como un recordatorio de que toda vida transforma algo más allá de sí misma.
Aunque solemos reservar estas reflexiones para la esfera personal, las organizaciones conviven con exactamente el mismo desafío. También ellas cambian constantemente: cambian las personas que las integran, sus productos, el territorio que la marca ocupa, los mercados, las tecnologías, su propósito (sí, el propósito tampoco es fijo y va evolucionando y por ello necesita ser revisitado para entender si aún nos reconocemos en él como organización).
Y, sin embargo, siguen enfrentándose a una pregunta muy parecida a la que nos hacemos los individuos: ¿Cómo seguir siendo reconocibles cuando todo a nuestro alrededor cambia?
Durante años muchas organizaciones han intentado responder a esta cuestión hablando de esencia, ADN o valores permanentes. Pero a la luz de todos lo que hemos analizado una organización tampoco funciona así.
Lo importante aquí es preservar aquello que permite mantener una continuidad de sentido mientras todo lo demás evoluciona porque las organizaciones, igual que las personas, necesitan transformarse para seguir vivas. Pero también necesitan conservar algo que las haga reconocibles para quienes trabajan en ellas, para quienes se relacionan con ellas y para las comunidades de las que forman parte.
Sin continuidad, la transformación se convierte en dispersión y sin transformación, la continuidad se convierte en inmovilismo. En esta tensión entre ambas una compañía diseña su identidad dando paso a una evolución de la misma.
En definitiva, podríamos pensar que evolucionar consiste en distinguir qué debe cambiar y qué merece ser preservado. Por eso, la pregunta más importante sobre la identidad debería virar desde “¿quiénes somos?” (tenemos múltiples facetas como comentaba al principio) a “¿qué merece permanecer mientras todo lo demás cambia?”
Pensar en estos términos nos permite abandonar la idea de la “identidad como definición” y repensarla como la forma particular en que cada persona, comunidad u organización atraviesa la transformación sin perder por completo aquello que hace que merezca la pena seguir existiendo.