Hay una experiencia extraña que todos hemos vivido alguna vez: volver a una fotografía de hace unos años atrás, releer una carta, un correo o un diario antiguo, escuchar una canción que fue nuestro bucle un tiempo atrás, escuchar una historia sobre nosotros mismos contada por alguien que nos conoció en otra etapa de la vida.
Y preguntarnos, aunque sea por un instante: ¿Es era yo? o ¿Sigo siendo yo?
Una pregunta bastante normal porque somos conscientes que muchas cosas, a lo largo del tiempo, han cambiado y nos han cambiado…nuestras ideas, nuestros afectos, nuestras prioridades, nuestra manera de mirar y entender el mundo, nuestro pensamiento crítico. A veces incluso cambia la forma en que nos contamos nuestra propia historia, las historias y los amores que nos han atravesado.
La filósofa y escritora Maura Gancitano en su último libro «Animali narrativi» recuerda la obra de Paul Ricœur dedicada a la relación entre tiempo, historia e identidad.
«La pregunta de la que parte en los tres volúmenes de «Tiempo y Narración» y en «Sí mismo como otro», publicados entre 1983 y 1990, es esta, en esencia: qué nos autoriza a pensar que la persona que se despierta cada mañana es la misma que se fue a dormir la noche anterior, la misma que hace veinte años tomó ciertas decisiones y que en veinte años sufrirá las consecuencias?»
En «Sí mismo como otro», Ricœur teoriza dos formas de identidad que las lenguas romances se superponen, y que en cambio es bueno distinguir. La primera es la «mismismeza» (que hace que el latín sea idem), es decir, la permanencia en el tiempo de algo que permanece igual a sí mismo, como una huella digital o el perfil del ADN. La segunda es la identidad como «ipseidad» (que traduce el latín ipse), es decir, el mantenimiento de uno mismo a través del cambio, esa forma de continuidad que pertenece a quien puede prometer, comprometerse, responder de sus propias acciones aunque mientras tanto se haya convertido en otro.
Si la identidad personal fuera solo la «mismismeza», deberíamos concluir que no existe, ya que el cuerpo cambia, los pensamientos cambian, los deseos cambian, y nada permanece idéntico a lo largo de una vida. La identidad personal, sin embargo, no es ese tipo de cosas. Es más bien lo que Ricœur llama «identidad narrativa», la forma de continuidad que emerge cuando se cuenta una vida. «La identidad narrativa» —escribe Ricœur— «es esa especie de identidad a la que un ser humano accede gracias a la mediación de la función narrativa».
Porque los seres humanos convivimos con una paradoja permanente: cambiamos continuamente y, al mismo tiempo, necesitamos sentir que existe algo que permanece (creo que la mayoría de nosotros a estas alturas de la vida admitirá la necesidad de tener cierto control por lo mucho que deseamos fluir y danzar con la vida…).
Por eso la identidad es una cuestión tan fascinante que suele aparecer justamente por los cambios que vamos transitando. Si nada cambiara, probablemente nunca necesitaríamos preguntarnos quiénes somos.
O la identidad aparece como pregunta existencial simplemente cuando alguien nos pide contestar a esa pregunta, a veces incómoda, de definirnos en pocas palabras…A mi esta pregunta me incomoda porque somos muchas cosas a la vez y muchas veces dependiendo del contexto y del momento vital que estamos atravesando.
Pero, aunque solemos pensar que la identidad es una especie de núcleo estable, algo que permanece intacto debajo de todas las transformaciones, si reflexiono sobre mi identidad con el pasar de los años, sí que la puedo imaginar como aquello que sigue siendo reconocible a través del cambio.
La filosofía lleva siglos intentando responder a esta cuestión. La famosa paradoja del barco de Teseo plantea una pregunta aparentemente sencilla: si sustituimos una a una todas las piezas de un barco, ¿sigue siendo el mismo barco? y de la misma manera, ¿qué hace que una persona siga siendo reconocible después de años de transformaciones?
¿Qué permite a una comunidad mantenerse unida a través del tiempo? ¿Cómo algo puede cambiar sin convertirse completamente en otra cosa? En este caso, la identidad podría entonces parecerse más a un hilo que conecta versiones distintas de nosotros mismos.
Un hilo que no elimina las transformaciones, pero les da continuidad porque es imposible pensarnos como seres que no pueden ni necesitan permanecer iguales pero, lo que sí necesitamos, con el paso del tiempo y los cambios, poder reconocernos.
La identidad también se construye a través de los límites
Existe otra dimensión menos evidente de la identidad.
A veces pensamos que nos define aquello que elegimos pero también aquello a lo que renunciamos. Es decir toda identidad establece fronteras que no son necesariamente para excluir, sino para orientarse.
Saber quién soy implica también saber qué no soy, qué estoy dispuesta a defender, qué considero importante y qué límites no quiero o estoy dispuesto a cruzar. Cada elección afirma un camino y descarta otros y cada decisión construye identidad precisamente porque abre y cierra posibilidades.
Por eso resulta paradójico que vivamos en una época obsesionada con mantener abiertas todas las opciones, donde queremos habitar múltiples versiones de nosotros mismos y permanecer disponibles para cualquier posibilidad futura.
Pero esta apertura sin criterio origina una identidad sin límites que acaba convirtiéndose en algo difuso.
Sin fronteras no hay claridad.
Sin renuncias no hay forma.
Y sin forma resulta difícil reconocerse.