Hace unos años, igual que muchos, empecé a oír hablar de diseño ético en el entorno digital y, con ello, a reflexionar sobre la responsabilidad que los diseñadores tenemos sobre los efectos de aquello que diseñamos. Desde entonces, he podido ir profundizando poco a poco en la idea del diseño como elemento moldeador y creador de realidad y, en consecuencia, no paro de darle vueltas a la idea de que los diseñadores necesitamos ampliar nuestras capacidades si queremos ser responsables y comprometernos con la sociedad que, de alguna forma, estamos diseñando.
Voy a empezar desde el principio: el diseño tiene la capacidad de hacer que las cosas pasen. Por ejemplo, en uno de los proyectos en los que estoy involucrada, estamos tratando de conseguir que personas de a pie participen de la red eléctrica para generar mayor estabilidad y, a su vez, tener un mejor impacto en el planeta. El diseño centrado en el usuario es la base para conseguir el compromiso que se busca, es lo que nos permite pasar de un concepto abstracto o estratégico, de unas capacidades tecnológicas, a una realidad vivida por las personas.
A priori, el objetivo es en sí mismo loable, me atrevería a decir que casi cualquier profesional del diseño estaría feliz de afirmar que participa en un proyecto para conseguir la transición energética hacia una red sostenible y eficiente. Sin embargo, en el último tiempo, parece que nos hemos dado cuenta de que a día de hoy no es suficiente con que el objetivo de nuestro trabajo sea honorable, si no que debemos pararnos a pensar también en lo que vamos a provocar en el proceso de conseguirlo.
Recuerdo, por ejemplo, la primera vez tuve que trabajar con conceptos provenientes del behavioral economics. De repente, ya no estábamos hablando únicamente de conocer al usuario para generar experiencias satisfactorias, sino que nos planteamos cómo utilizar la psicología para enmarcar las comunicaciones de tal forma que pudiéramos controlar la percepción del usuario e inclinarlo hacia donde queríamos. Pensad en la responsabilidad que cae sobre nuestros hombros cuando tratamos con la psicología de las personas para cambiar percepciones y así conseguir objetivos de negocio. El uso de estas técnicas debería aflorar en nuestras preguntas, preguntas como: ¿qué cambios puede provocar esta alteración de percepción en nuestra sociedad? ¿justifica el objetivo de mi servicio la utilización de técnicas de manipulación?
Mi intención no es profundizar ahora en lo ético o no ético de behavioral economics, soy consciente de que probablemente estoy siendo injusta y simplista y que muchas veces lo importante es cómo se use la técnica más que la técnica en sí misma. Simplemente este es un ejemplo que me ayuda a explicar que existen muchas prácticas aceptadas, “buenas prácticas” como se titulan muchas veces, en el mundo del diseño digital que necesitan ser revisitadas y reconstruidas bajo el paraguas de la pregunta, ¿qué tipo de realidad se está construyendo?
Hablo de revisitar prácticas no sólo por su forma, como es el caso de behavioral economics, sino también por el resultado que esa práctica genera. Es decir, no sólo porque en sí misma la práctica pueda considerarse, por ejemplo, manipulación, si no porque esté generando impactos negativos en algunas personas, como puede ser el caso del like de Instagram y la baja autoestima de los adolescentes.
Este es un problema que algunos llevan enunciando mucho tiempo y que podemos ver cómo se extiende popularmente gracias al trabajo de diseñadores conscientes que tratan de concienciar a la población. Pienso, por ejemplo, en el conocido documental de Social Dilemma que se estrenó en Netflix hace algo más de un año. Muchas de las personas que están detrás de ese documental, como es Tristan Harris, llevan años tratando de concienciarnos de hasta que punto estamos alterando la sociedad de forma negativa con nuestros diseños de experiencia y nuestra obsesión por capturar y retener al usuario.
Ante esta situación, la pregunta que me hago es: ¿somos los profesionales del diseño capaces de enfrentarnos a la pregunta de “qué tipo de realidad estamos construyendo”?
A priori, mi respuesta es no. Creo que no entendemos la relevancia de lo que hacemos y que, aunque la entendamos, no somos del todo capaces de enfrentarnos a ella. Podemos, por ejemplo, concluir de forma sencilla que las RRSS afectan negativamente a los adolescentes, pero no somos del todo capaces de diseñar RRSS que potencien la sociabilización que tanto necesitan esos adolescentes de manera positiva, de manera que les ayude a crecer en ese periodo de maduración.
Pongo el ejemplo de las RRSS porque es quizás el más fácil de ver. Aunque estoy segura que podríamos pensar en muchos otros ejemplos en los que podemos identificar el problema pero nos es más complicado, como diseñadores, pensar soluciones que funcionen. Recuerdo, por ejemplo, un proyecto muy bonito en el que pude participar hace un par de años que consistía en ayudar a conceptualizar un producto digital enfocado en mejorar la vida de personas en una situación concreta de necesidad en el cual se quería introducir un sistema de gamificación. El producto tenía un foco muy claro en ayudar psicológicamente a esas personas, lo que nos dio la oportunidad de pensar en la gamificación de manera diferente, partiendo de una pregunta quizá inusual para un diseñador: ¿y si pudiéramos, con este sistema de gamificación, activar motivaciones intrínsecas de estas persona en lugar de extrínsecas o inmediatas como se suele hacer?
Fue un reto muy bonito, intentar pensar un sistema que despertara en la persona una sensación real de crecimiento, un entendimiento profundo de lo que hacía y del porqué lo hacía, en lugar de únicamente ofrecer recompensas numéricas o económicas. Sin embargo, no era un reto fácil, requería de un conocimiento más profundo de lo que es el ser humano, lo que le mueve, lo que le construye y lo que le destruye.
Esto nos lleva a preguntarnos cuáles son esas nuevas capacidades que necesitamos desarrollar los profesionales del diseño del siglo XXI. Porque, no sé vosotros, pero yo en este caso, como en muchos, apuesto por la formación. Creo que son capacidades más cercanas a las humanidades que a la tecnología; como son la psicología, la filosofía o la antropología. Quizás no podemos saber de todo ni tener la profundidad en esas materias que tienen los profesionales de las mismas, pero sí que podemos introducirlas en nuestros procesos. Puede que la clave está en aprender a colaborar con perfiles con los que no lo hemos hecho hasta ahora, introducir profesionales de la filosofía, la antropología o muchas otras en nuestros procesos de diseño digital. Incluirles y preguntarnos juntos: ¿qué tipo de realidad estamos creando?
Porque no dominaremos todas las técnicas, pero sí podemos hacernos preguntas y buscar en aquellos lugares que puedan respondernos.
Victoria Gómez Barredo
Estrategia e innovación en Soulsight