A lo largo de estos veinte años en Soulsight no he podido evitar reflexionar sobre el verdadero valor que aportamos y entregamos a nuestros clientes. Cuando te dedicas al mundo de los servicios profesionales y uno de tus principales activos es el talento, te inquieta estar a la altura estratégica de los retos de negocio y de la confianza que han depositado en ti y en el equipo.
Desde que comienza el proyecto, deseas descubrir y encontrar la mejor solución: aquella que sea relevante para las personas, responsable con el entorno y su impacto, viable para el negocio y que por supuesto, aporte ese elemento diferencial para contribuir al valor de la marca. Y es ese deseo, impulsado por el amor y nuestro compromiso con la verdad, el que nos exige transitar días y semanas de mucha incomodidad, convencidos de que tenemos que tener paciencia y ser capaces de transmitírsela a nuestros clientes. Porque las verdaderas respuestas, salvo contadas excepciones, no son las que están en la superficie. Por eso, nos verás pocas veces contarte cómo lo deberías hacer basándonos en experiencias que hemos tenido con otros clientes, como si lo que a ellos les ha funcionado te fuera a funcionar a ti. No creemos en la consultoría estratégica paquetizada.
Esta premisa es innegociable. Igual que saber que cada proyecto es único, y más aún, en retos de tanta complejidad. Durante nuestros proyectos, es inevitable sentir la frustración de no saber por dónde vas. La mayoría de las veces, este es el punto de inflexión más complicado de gestionar por lo que representa para muchos clientes. ¿Cómo que no sabemos dónde vamos?, ¿cómo que estamos perdidos?, ¿cómo que todavía seguimos haciéndonos preguntas?
Obviamente, ya son muchos años, cientos de proyectos e innumerables clientes que, tras haberse sentido así, siguen confiando para que les acompañemos en sus proyectos más estratégicos. Por eso, la gestión de estos puntos críticos ya la hacemos con mucha naturalidad y con mucha paz. Porque esos mismos clientes que buscaban respuestas nada más empezar, terminan confiando en su tripulación (nosotros), tal y como lo hizo Odiseo en su regreso a Ítaca para evitar los cantos de sirena, aquellos que aunque le prometían conocimiento y gloria, era consciente gracias a la Diosa Circe que de seguirlos no vería completada su misión.
En el mundo de la empresa, esos cantos de sirena se disfrazan de fórmulas, frameworks, datos y modelos que lo explican todo y que, aunque muchas veces te hacen creer que tienes un mayor conocimiento y tranquilidad, no dejan de ser una forma de simplificar la realidad. Representaciones que tratan de calmar nuestra inseguridad a través de la formulación de certezas simples y reduccionistas.
Esa incomodidad de adentrarte en lo desconocido sin saber si llegaremos a algún lado, ese estrés de pasar tanto tiempo profundizando, reflexionando, cuestionando, en vez de ir directamente a buscar las soluciones, es una forma de hacer que persigue aprender del proceso, del propio viaje, de cada cosa que surge… pero no por el puro placer, sino con el objetivo de adentrarnos en el territorio, en la complejidad del reto, en la necesidad de comprender la realidad para poder desentrañarla, reformularla y plantear soluciones creativas. Porque una cosa es conocer la realidad y otra muy distinta es comprenderla.
Nos gusta decir que toda esta frustración, incomodidad y estrés, además de ser materia prima para la creatividad y la resolución de problemas complejos, es señal de que estamos yendo por un camino interesante. Porque, como ya nos advertía Korzybski, el mapa no es el territorio. Y cuanto antes seamos conscientes de ello, mayores serán nuestras posibilidades.
Modelos y realidad: una visión desde la complejidad
En 1931, el matemático Alfred Korzybski presentó una visión innovadora sobre cómo las matemáticas y el lenguaje se convierten en herramientas fundamentales para comprender la realidad. A través de su metáfora del mapa y el territorio, Korzybski destacó la importancia de entender que los modelos que creamos para interpretar el mundo no son el mundo en sí, sino simplificaciones necesarias para navegarlo.
Esta visión no se limita a una perspectiva técnica, sino que abre la puerta a profundas reflexiones filosóficas sobre cómo abordamos el conocimiento y la complejidad en el mundo de la empresa, donde lo que nos encanta es precisamente reducir todo a la mínima expresión. No sólo por el hecho de entender la realidad, sino por la necesidad de transmitírsela a un montón de personas. El problema surge cuando no somos conscientes de que esas representaciones de la realidad son inherentemente limitadas, dado que reflejan una comprensión parcial y buscan ser prácticas más que completas.
La Metáfora del mapa y el territorio
Korzybski utilizó la metáfora del mapa y el territorio para ilustrar cómo construimos representaciones del mundo. Y sin duda es una maravillosa metáfora sobre la que reflexionar en el ámbito empresarial para no dejarnos llevar por los cantos de sirenas.
1. Los mapas no son universales: el peligro del reduccionismo
Cada mapa responde a un propósito específico, pero no puede abarcar toda la realidad. Por ejemplo, el mapa del metro de Londres es ideal para orientarse en el transporte público, pero no sirve para explorar la ciudad en su conjunto. Cuando tratamos de parcelar el conocimiento en compartimentos aislados, corremos el riesgo de perder de vista la conexión entre las partes y el todo. ¿En qué medida cuestionas la implementación de modelos que funcionan en otras compañías?
2. La coherencia estructural: una guía para comprender la realidad
Un mapa útil refleja relaciones verdaderas del territorio, pero no es el territorio mismo. Por tanto el conocimiento debe ser capaz de integrar múltiples perspectivas. No basta con que un modelo sea «correcto» en un sentido técnico: debe ser capaz de articularse con otros modelos y contextos para enriquecer nuestra comprensión global. ¿Cuándo defines tus frameworks, cómo te aseguras de que se relacionan con los demás?
3. El mapa no sustituye la experiencia: la importancia de lo vivencial
Por más detallado que sea un mapa, nunca podrá transmitir la experiencia de estar en el territorio. Este punto nos recuerda que el conocimiento no puede reducirse a datos o teorías, también implica una dimensión humana y vivencial. El conocimiento debe ser integral, incorporando tanto lo racional como lo emocional y lo intuitivo. ¿Cómo integras esas múltiples realidades en tus KPIs?
4. La autorreflexión: el conocimiento sobre el conocimiento
Korzybski planteó que un mapa ideal incluiría un «mapa del mapa», en una reflexión infinita. Esta idea conecta con la noción de uno de mis filósofos favoritos del pensamiento complejo, Morin, quien habla de la autoecología del conocimiento, invitándonos a examinar críticamente cómo conocemos y a reconocer los límites de nuestras herramientas epistemológicas. Este ejercicio de autorreflexión es clave para evitar caer en dogmatismos y abrirnos a la incertidumbre inherente al mundo. ¿Cómo das espacio a la falta de certezas en tus modelos?
La urgencia de pensar en complejidad, la necesidad de comprender
«Aprender es seguir viendo la realidad como es, compleja, y no encajar cada experiencia nueva en un esquema cerrado y preconcebido. La juventud intelectual consiste en no perder nuestra capacidad de aprender»
—Ricardo Yepes
El mapa y el territorio. Ambos son importantes. Y eso es lo que intentamos que vivan y aprendan nuestros clientes cuando trabajan con nosotros. Que el trabajo creativo necesita de la valentía y la humildad de Odiseo para:
- Reconocer que nuestras creencias, ideas o modelos son incompletos y, a menudo, imperfectos.
- Adaptabilidad: Estar dispuestos a actualizar nuestros «mapas» cuando encontramos nueva información sobre el «territorio».
- Precisión en la comunicación: Ser conscientes de las limitaciones del lenguaje y esforzarnos por expresar nuestras ideas de la forma más clara posible.
Los modelos y las representaciones son tremendamente valiosas. Aún así, es importante estar abierto a trascenderlos y a no confundirlos con la realidad misma. Para hacerlo, necesitamos articular un pensamiento que respete la complejidad y las interconexiones, un pensamiento que no tema lo incierto y lo contradictorio. Un pensamiento abierto a profundizar y a seguir aprendiendo cada día. Viendo la complejidad, no como un obstáculo, sino como una oportunidad para enriquecer nuestra comprensión y explorar nuevas posibilidades.
En un mundo que tiende a la especialización extrema, estas reflexiones nos recuerdan la importancia de no perder de vista el poder de la interdisciplinariedad y de trabajar hacia una integración de los distintos campos del conocimiento científicos y humanísticos que respeten tanto las partes como el todo.