Hace 200 años los románticos se situaron ante la naturaleza y redescubrieron el concepto de lo Sublime. Este sentimiento aparece cuando se supera la capacidad humana para entender la complejidad de la naturaleza. Se vive como un sobrecogimiento del alma, que llega a provocar sufrimiento. Kant lo describe como una magnitud inconmensurable, de la que es imposible tener experiencia. Asociada a esta impresión, dice Kant, hay toda clase de sensaciones extrañas e indeterminadas pero sobre todo seriedad, respeto y sobrecogimiento. Sin embargo a pesar de la conmoción que supone enfrentarse a lo sublime, para los románticos era, sobre todo, una puerta a la creación y el descubrimiento. Les permitía seguir pintando, escribiendo, conversando y pensando. Lo sublime era una fuente inagotable de belleza.
Hoy esa misma complejidad, nace de la tecnología y de la forma en la que hemos decidido representar el mundo. No dejo de pensar que se trata de la misma complejidad pero representada con más definición, simplemente hemos añadido resolución a la imagen que tenemos del mundo. Nuestra especie necesita representar el mundo para entenderlo. Primero pintando, como los románticos y hoy recogiendo datos. La cantidad de datos creados en el mundo en 2018 fue de 33 zettabytes (1M de terabytes) y como todo parece que crece exponencialmente, en 2035 serán 2.142 zettabytes, lo que ha llevado a algunos a pensar que seremos testigos de un autentico “Big Bang” de datos. Sin duda, sabemos más, pero el sobrecogimiento al que se refería Kant, permanece.
La complejidad no ha cambiado, ha cambiado lo que percibimos en ella, el efecto que tiene en nosotros. La diferencia entre la complejidad de hoy y la de los románticos es que la nuestra, no es fuente de belleza, es fuente de incertidumbre. Un fenómeno que parece que no nos podemos permitir. Por ejemplo, la influyente teoría económica de Expectativas Racionales, que se desarrolla a partir de los años 70, se construye sobre la creencia de que a partir de valores pasados de los mercados se pueden proyectar expectativas futuras de precios y que los posibles errores son solo fenómenos aleatorios aislados. Para muchos esta teoría nos ha llevado a uno de los mayores desastres económicos de la historia. Esta teoría nace de la creencia de que la incertidumbre es un fenómeno que podemos dominar y del que podemos prescindir.
Pero hemos aprendido que los datos del pasado no son tan buenos anticipando el futuro y que probablemente lo que si consiguen es perpetuar el presente.
Nos habíamos acostumbrado a tomar decisiones con toda la información disponible, anticipar los hechos y evitar riesgos innecesarios. Pero hemos aprendido que los datos del pasado no son tan buenos anticipando el futuro y que probablemente lo que si consiguen es perpetuar el presente. Hay una frase del arqueólogo Eudald Carbonell que explica muy bien las virtudes y los peligros del pasado: -“Lo único que no nos sirve del pasado es su inercia”
Aparte de la teoría de las expectativas racionales existen otras soluciones que tratan de dar solución al problema de la incertidumbre: algoritmos, computación cuántica, smart cities, IoT, 5G… son la solución que las grandes tecnológicas dan a la complejidad. El argumento de base es que disponemos de más información de la que podemos procesar y existen unos limites biológicos que hacen imposible que nuestra especie preste atención a toda la información a la que tiene acceso. Pero para vender la solución, las grandes tecnológicas necesitan vender primero el problema. De ahí que el relato de la complejidad inevitable y la incertidumbre indeseable sean tan habituales hoy en día. La promesa de fondo es que podemos ordenar la complejidad si disponemos de una foto completa del mundo.
Pero muchos creemos que este es un relato peligroso, que simplifica lo humano para añadir valor a la tecnología, que empobrece y limita nuestra evolución como especie y que, por tanto, deberíamos empezar a construir un relato alternativo. La incertidumbre podría ser una variable esencial para la evolución de nuestra especie. Pensar que nuestra especie ha dejado de evolucionar equivale a pensar que estamos en los albores de nuestra extinción, así que mejor pensar en la incertidumbre como algo inevitable, sin el que toda creación o mejora se hace innecesaria.
Es cierto que la tecnología ha tomado un papel predominante para completar nuestra evolución, pero no para sustituir cualidades esenciales y complejas que han permitido nuestra supervivencia hasta ahora. Paul Virilio desarrolla claramente esta idea cuando asocia la tecnología a una prótesis que nos permite ir más lejos, pensar más rápido, ser más fuertes… pero esto es algo que debe hacerse sobre una base humana. La sensibilidad humana, la misma que utilizaban los románticos, no necesita disponer de toda la información relevante para tomar una decisión. La sensibilidad, de alguna manera completa los huecos de información y nos permite convivir con la incertidumbre. Hacerla soportable y útil.
Manuel Vázquez
Estrategia e innovación en Soulsight