Poco tiempo antes de que la pandemia azotase nuestras vidas y desahuciara cualquier otro tema de interés sobre el que conversar, se hablaba en el ámbito urbano de la ciudad de los 15 minutos, una ciudad de proximidad, libre de estrés, que permitiera a sus habitantes acometer sus funciones básicas sociales en un entorno cercano. Este concepto es una propuesta del urbanista Carlos Moreno y la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, se propuso incluirlo en el programa de su segundo mandato.
Entonces ya era relevante hablar de una ciudad más pequeña, más accesible, amable, pero ahora, ocho meses más tarde, resulta crucial. Hagamos fast forward, nos encontramos en una situación de rebrote de la pandemia, donde los gobiernos y las distintas administraciones siguen sin encontrar el modo de controlar eficazmente el impacto del virus.
Entre tanto, los ciudadanos, unos con más privilegios que otros, sortean su vida laboral, doméstica y de ocio -lo que Ray Oldenburg llamó el Tercer Espacio- como pueden.
Los habitantes de los barrios del sur de Madrid se manifiestan indignados porque se les permita desplazarse para trabajar a otras zonas no sometidas a restricciones de movilidad (siempre con la consiguiente justificación), mientras se les impide disfrutar de su barrio para socializar.
Vivimos en urbes grandes, con barrios transformados en ciudades dormitorio, como diría el paseante y poeta Sergio Fanjul. Así pasamos de vecinos a usuarios. Esta dinámica ha desvirtuado la relación que muchas personas tienen con los comercios de su entorno, de su comunidad, hasta el punto de que el negocio que solo tiene clientes de paso, como los turistas, en estos momentos sufre. Un ejemplo claro lo tenemos en el distrito de Centro con la Puerta del Sol y aledaños como prueba de una zona que ya no tiene vida de barrio.
Un amigo que regenta una taberna castiza en Chamberí me comentaba recientemente que la actual dinámica que pone de moda determinadas zonas, y las abandona con la misma velocidad, no permite plantear la vida de un negocio más allá de cinco años. Él lleva tres.
David (así se llama mi amigo) se lamentaba de lo difícil que resulta para un negocio, del sector que sea, ser viable a largo plazo si su modelo está basado en una relación puramente transaccional y no construye relaciones de apego con sus clientes. En definitiva, necesita fidelizar. Por eso, cualquier comercio debería tener como objetivo integrarse en el ecosistema de la zona. Al fin y al cabo cumple una función social, es un eje fundamental de la vida de barrio.
En el momento en que el negocio se limita solo a dar servicio al que viene de fuera se pierde la conexión con el vecino. Esto lo hemos visto demasiadas veces en las ciudades globales del siglo XXI. Es muy tentador lucrarse con un modelo transaccional basado en el turismo, pero en circunstancias como las actuales, como una pandemia que ha dejado a los turistas sin viajar, en sus casas, somos conscientes de que el modelo es demasiado vulnerable.
De la COVID vamos a aprender muchísimas cosas, lo va a cambiar todo, pero hay algo que no debemos perder de vista: la importancia del ecosistema que nos rodea, el vecindario, el comercio de proximidad, las administraciones locales… en definitiva, quienes están a nuestro lado.
Si no lo cuidamos, todo esto puede desaparecer, así que defendámoslo al igual que protegemos nuestro patrimonio artístico o arquitectónico.
Santiago Fernández Michel
Estrategia e innovación en Soulsight