Una de esas palabras es «Miedo». Una palabra que se ha convertido en el hit de nuestros tiempos. La narrativa dominante. La explicación por defecto. El outfit nuestro de cada día.
Te despiertas. Sales de la cama y, antes de dar el primer sorbo de café, ya está ahí. «Hola, malos días» te espeta el muy condenado y se queda tan ancho.
Para resistir su primer embate, decides hacerte el sueco: distraerte, no pensar. Porque si no piensas, parece que no existe. Así que te metes en las redes sociales. Mala idea. Con cada nuevo scroll te vas poniendo más y más tenso. Llegas a trabajar con un nudo en el estómago (y eso que aún no has abierto el mail). Y entre reunión y reunión, entre miedo y miedo, van pasando las horas. Entre el miedo a un mail bomba y el miedo a no saber qué decir. Entre el miedo a no ser suficiente y el miedo a que una IA te quite el trabajo. Entre el miedo a EEUU y el miedo a China.
Pero ojo, el miedo está ahí porque tiene que estar. Es una reacción ancestral, física, que nos prepara para huir o luchar ante un peligro inminente. Es el Pepito Grillo incrustado en nuestro ADN que nos ha permitido sobrevivir como especie, el que nos hace retirar la mano del fuego.
Pero cuando ese miedo se vuelve crónico, cuando se enquista, cuando se convierte en la palabra que da sentido a todo, deja de ser un aliado y pasa a ser un carcelero. Nos paraliza, nos hace buscar refugio en lo de siempre, nos impide ver más allá.
Pero ¿y si gran parte de lo que sentimos en esta época de cambios acelerados, de viejas estructuras que se tambalean, no fuera únicamente miedo? ¿Y si hubiera algo más? Para el filósofo Juan Carles Mèlich, ese algo más es el vértigo.
El vértigo no es solo la reacción a una amenaza externa. Es parte de la condición misma de la existencia. Es la sensación que nos invade al asomarnos a un espacio radicalmente abierto: el de la posibilidad infinita de la vida. Y esa conciencia puede ser y de hecho es, mareante y angustiosa. Pero hay una diferencia crucial con el miedo: el miedo nos empuja a retroceder, a cerrar los ojos ante lo desconocido.
El vértigo, aunque nos haga temblar, nos dice que hay que seguir avanzando
Vivimos tiempos vertiginosos. Las viejas formas de trabajar, de relacionarnos, de entender el mundo y la empresa, caducan a una velocidad pasmosa. Se nos pide innovar constantemente, rediseñar modelos de negocio, reinventar carreras, liderar equipos en medio de la incertidumbre. Y la tentación es llamar «miedo» a la ansiedad que esto genera. Pero si solo vemos miedo, nuestra respuesta será defensiva, reactiva, inmóvil. Nos obsesionaremos con minimizar pérdidas, controlar lo incontrolable, buscar culpables.
Reconocer el vértigo, en cambio, abre otra perspectiva. Implica aceptar la incertidumbre no como algo a erradicar, sino como una condición inherente a la vida.
Implica entender que la incomodidad de no tener todas las respuestas es, precisamente, el terreno donde puede aparecer lo nuevo. El vértigo, así entendido, es un reto. No de intentar eliminar la incertidumbre, algo tan inútil como intentar detener las mareas, sino de aprender a habitar el presente con más conciencia, más humanidad y menos pánico.
Intentemos respirar hondo en medio del mareo. Miremos el mundo, a nosotros mismos y a los otros con los ojos bien abiertos. Atrevámonos a abrirnos a la inmensidad de lo posible, aunque sea con vértigo.
¿Saltamos?