Ya no hay vuelta atrás, hemos entrado en el Antropoceno, una nueva e impredecible fase geológica caracterizada por las consecuencias de la acción humana sobre el planeta.
En menos de 75 años hemos triplicado la población mundial, y con ello la necesidad de explotar los recursos naturales. Si en 1950 éramos unos 2,5 mil millones de personas, ahora rondamos los 7 millones. Por si fuera poco, esta expansión reduce el espacio para que otros animales vivan, así que nuestro progreso ha supuesto la extinción de la mitad de las especies en tan solo 40 años y contando. Cada vez más los desastres naturales arrasan el planeta con mayor intensidad dejando a miles de personas desamparadas. Por no hablar de las consecuencias de lo artificial en nuestra salud.
Estos cambios, unidos al cambio climático, pueden ser fruto de la naturaleza o de la casualidad, pero es más probable que la razón esté en un mar de plástico flotante del tamaño de un país, en las industrias de producción “fast” y reciclaje “slow”, en los altísimos índices de CO2, en la deforestación, la invasión de espacios naturales y en un infinito etcétera de razones que provienen de la mano humana.
Y una vez más, parece que estemos leyendo otro de los depresivos artículos que se regodean en una visión pesimista y distópica sobre el futuro del mundo.
Sin embargo, una vez reconocida la realidad y las causas del presente no estamos condenados a contar ese futuro.
Necesitamos contarnos historias de progreso y visiones optimistas por una razón: si logramos imaginar historias positivas de futuro estamos mucho más cerca de que sucedan. Para ser guapo primero hay que creérselo ¿no? Y como bien decía el futurista Fred Polak, “cuando la imagen que una sociedad tienen de sí misma es positiva y floreciente, la flor de su cultura también acabará por florecer”. La imaginación precede a la realidad. Si somos capaces de modificar el mundo para mal, podemos diseñarlo también para bien. Estoy segura de ello.
Diseñar para el planeta es diseñar para nosotros mismos con responsabilidad y visión a largo plazo sobre las consecuencias de nuestros actos.
Aún así, evitemos caer en la ingenuidad, más que nunca debemos ser críticos. Pero una buena crítica es aquella que propone soluciones, que no se limita a analizar sino que propone alternativas. Nuestro objetivo debe ser diseñar y construir soluciones que beneficien a nuestro planeta y en consecuencia a todos nosotros.
Diseñar para el planeta es diseñar para nosotros mismos con responsabilidad y visión a largo plazo sobre las consecuencias de nuestros actos.
¿Y si creamos productos y servicios que coexistan de una manera respetuosa con lo que nos rodea? ¿Y si dejamos de pensar por un instante en lo que quiere el humano para pensar en lo que necesita el mundo más allá de nosotros mismos y de nuestras necesidades?
Os invito a empezar un proceso que empiece por diseñarnos a nosotros mismos, replantearnos las cosas y rediseñar nuestras acciones, comportamientos, economías y sociedades. Así construiremos juntos un mundo vivo, un mundo que de verdad merezca la pena vivir.
Stef Silva
Estrategia e innovación en Soulsight
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