Los territorios rurales hoy en día son la frontera de la transformación. Como señala Rem Koolhaas, «el pueblo está cambiando mucho más rápido que la ciudad más avanzada». Y pese a que a nivel narrativo se ha puesto el foco en la aglomeración de personas en las grandes ciudades para el año 2050, en las zonas rurales se vive también una transformación proporcionalmente mucho más intensa que en las ciudades, al experimentar de forma simultánea, tanto saltos de digitalización en sectores primarios como migraciones estacionales, transformaciones del uso del suelo, subsidios cambiantes y nuevas conformaciones sociales y territoriales.
Desde la pandemia, y sumado a muchas situaciones que se viven en las grandes ciudades -como los efectos del cambio climático, el alto valor de adquisición de vivienda, el costo tan alto de vida y las dificultades para mantener una calidad de vida- algunas familias se han empezado a plantear el poder migrar, es decir, irse de la ciudad y vivir en «el pueblo», «el campo» o «la naturaleza», sin saber exactamente qué tipo de espacio es el que están imaginando y muchas veces tampoco lo que conllevaría tal cambio. Con esto vamos a intentar desarrollar la dificultad que tiene esta narrativa y que puede dificultar el movimiento orgánico de personas de las ciudades a otros puntos del mapa: la falta de definición de esos espacios que nos estamos imaginando.
Pero, ¿qué es una zona rural? Las zonas rurales siguen en descenso, pero lo más importante es que siguen sin definirse. Textualmente, los términos medio rural, paisaje rural, zona rural y otros más aluden a conceptos que identifican al espacio geográfico del campo, visto o calificado como opuesto a lo urbano (lo relativo al pueblo por oposición a la ciudad). Aunque el concepto de lo rural se aplica, en distintas escalas, al territorio de una región o de una localidad cuyos usos económicos son las actividades agropecuarias, agroindustriales, extractivas, de silvicultura y de conservación ambiental. Dependiendo de cada legislación, hay figuras jurídicas que lo protegen o delimitan (como área no urbanizada o no urbanizable, diferenciada de las áreas urbanas o de expansión urbana), especialmente para la limitación del crecimiento urbano (Wikipedia).
La importancia de la definición y la categorización surge de cara a mitigar una problemática existente: la diversidad cultural, económica y social que se otorga por la distinta geografía de lo que llamamos «zonas rurales». Dicho de esta forma, las llamadas «zonas rurales», actualmente y en el pensamiento común, pueden albergar cualquier tipo de espacio que no esté dentro de las colindancias de las grandes ciudades. De forma que un pueblo de León de 2,000 habitantes es zona rural, y también lo es Mondéjar, a tan solo 60 km de la Puerta del Sol en Madrid. Es por eso que, de cara a abordar retos sociales, culturales, migratorios y de innovación, nos urge una definición más amplia, más sistémica y más integradora, que tenga en cuenta esta cantidad de variables que van mucho más allá de la distancia a una urbe o el número de habitantes.
La clave de esta nueva definición radica en pensar en la diversidad cultural. Si pensamos en categorías de zonas rurales clasificadas por número de habitantes, por ejemplo, si tenemos una categoría en donde entran pueblos que tienen menos de 5,000 habitantes, pueden compartir el número pero, desde luego, serán tan distintos un pueblo de Cantabria como un pueblo de Málaga (a nivel social, económico y cultural).
Somos los pueblos, todos somos los pueblos. Tendríamos que pensar en múltiples ruralidades y no como una sola.
Por eso se apuesta por llamar «ruralidades» y no «zonas rurales o zona rural», como muestra de la enorme diversidad y variabilidad que representan. Esta diversidad, que hoy se presenta compleja para categorizar e intervenir, es también una representación del valor de la posible pérdida de memoria histórica y cultural de lo que nos conforma como sociedad. Es decir, somos los pueblos, todos somos los pueblos. Tendríamos que pensar en ruralidades multi-diversas y no en una sola.
Esta falta de definición y de claridad, sumado a la natural capacidad de romantización o imaginación que tenemos los seres humanos, en donde somos capaces de crear nuevos ideales, prácticas y quehaceres en una vida que vemos lejana, ha hecho que se romantice lo rural. En este imaginario existen escenas de personas cultivando sus alimentos, dando paseos diarios en caminos preciosos al lado del río, de eternas tardes a la sombra de un árbol y un estado de relajación permanente. Esto tiene mucho que ver con los imaginarios colectivos (pero no entraremos hoy en ese tema) pero sobre todo tiene importantes consecuencias a la hora de abordar retos de despoblamiento y también de integración social. ¿Por qué?
Porque «las ruralidades», al ser tan diversas, tampoco lo son para cualquiera y distan mucho de ese tipo de imaginarios que mucho se han recreado en consecuencia de las redes sociales. Depende mucho de cuál sea la zona, pero normalmente las zonas rurales están cargadas de falta de servicios, inviernos duros, leyes y normativas urbanas impracticables en estos contextos, entornos sociales cerrados y, sobre todo, un contexto completamente lejano a darnos «baños de bosque». Además, el principal problema de estas zonas no urbanas es la falta de empleo. Si se quiere vivir o habitar (que no es lo mismo) en una zona rural, tenemos tres opciones: trabajar para una empresa de una gran ciudad (teletrabajar), trabajar a muchos kilómetros de la zona rural para ir a la ciudad más cercana con empleo, o montar un negocio.
Independientemente, cualquiera de las tres opciones imposibilita mucho ese imaginario romántico de lo que es vivir en una zona rural o en el campo y guarda una estrecha relación con la diferencia entre vivir en un territorio y habitar el territorio. Es común ver personas que han migrado y poblado nuevos espacios rurales, llevar una vida exactamente igual que si vivieran en una gran ciudad. Sin ninguna vinculación con el territorio, con altos índices de estrés y una vida bastante acelerada.
La vinculación con el territorio tiene todo que ver con la cultura. Las culturas son permeables y diversas, formadas por saberes, rituales y prácticas que a menudo cruzan fronteras, interactúan y se transforman a través del contacto y el intercambio con otras culturas. «Habitar la cultura» (Montesino, 2023) implica, por tanto, dedicar tiempo, una participación activa, integrándonos en las dinámicas, tradiciones y valores que nos rodean, y enriqueciendo a la vez el espacio cultural a través de nuestras propias aportaciones.
Vivir de esta manera, habitar la cultura y el territorio en un ciclo de reciprocidad y respeto, es un compromiso con el entorno y con la comunidad, un acto de conciencia que nos invita a cuidar tanto el espacio físico como las relaciones que lo configuran. Así, el territorio y sus habitantes se nutren mutuamente, forjando espacios resilientes y sostenibles. Habitar el territorio en este sentido implica construir una identidad común, que integre el respeto y el reconocimiento de la diversidad, estableciendo una responsabilidad compartida en el uso de los recursos, el fomento de la cohesión social y la preservación del entorno natural y cultural. Así, tanto el lugar como sus habitantes se fortalecen, asegurando una continuidad que beneficie a generaciones futuras.
Cuando «habitamos la cultura», no solo formamos parte de un grupo, sino que también contribuimos a construir y transformar los elementos comunes que unen a sus miembros
Habitar la cultura es habitar lo común (Montesino, 2023), porque la cultura representa el conjunto de significados, valores y prácticas que compartimos colectivamente y que nos dan una identidad compartida. Cuando «habitamos la cultura», no solo formamos parte de un grupo, sino que también contribuimos a construir y transformar los elementos comunes que unen a sus miembros. Este acto de habitar implica asumir una relación de reciprocidad con la comunidad y el territorio, participando activamente en la vida social, en las tradiciones, en los símbolos y en los espacios comunes que nutren a la comunidad.
Implica también reconocer que lo común va más allá de lo material o geográfico: incluye lenguajes, historias, rituales, significados, gestos, emociones y saberes que no solo heredamos sino que enriquecemos en nuestra convivencia. De esta manera, habitar lo común a través de la cultura es contribuir a un entramado de significados compartidos que atraviesan generaciones, creando un sentido de pertenencia y responsabilidad mutua. En este espacio, simbólico, es donde convergen nuestras historias y se forjan las bases de nuestro futuro colectivo.
Por eso, los espacios de construcción cultural y social son tan relevantes. Tanto en las grandes ciudades como en las zonas rurales, se aclaman urgentemente espacios en donde se pueda retomar la acción de creación cultural social y participativa, en donde las personas participen no como observadores, sino como individuos activos en las manifestaciones culturales, pero también en las políticas. Y pensamos en espacios no solamente como espacios físicos, sino también como actividades, reuniones, momentos de intercambio y diálogo, así como de escucha intergeneracional, en donde seamos capaces de ver y escuchar el legado del pasado y, a la vez, construir e imaginar hacia el futuro, tanto los individuos como las organizaciones.